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Carta de amor a Uruguay desde un barco

De Ushuaia (Argentina) a Las Palmas (España). En sus mapas no aparecía Uruguay más que de pasada. Jamás imaginaron que Montevideo se convertiría en un lugar tan importante en sus vidas. Los pasajeros y tripulantes del crucero australiano Greg Mortimer guardarán al ‘paisito’ para siempre en su memoria.

La imagen de un tripulante ataviado con una camiseta del equipo hondureño Real España, cuyos colores son los mismos que los del Peñarol -uno de los dos grandes del fútbol uruguayo- y una pancarta desplegada con la inscripción “Gracias, hermanos uruguayos”, vistas este martes, han sido las últimas declaraciones del cariño que las más de 200 personas evacuadas del barco han expresado al país que les ha permitido acabar con un crucero de pesadilla.

En pleno cierre de fronteras en el mundo, con muchos barcos expulsados de puertos en varios países, el Greg Mortimer, que llegó rebotado de varios lugares por fiebre de un pasajero, a una escala inesperada: Montevideo.

Muchos de los 127 pasajeros que fueron evacuados mediante dos corredores humanitarios que les permitieron ser repatriados a sus respectivos países (Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, entre ellos) expresaron el 10 y el 15 de abril, mediante gestos elocuentes, y posteriormente en redes sociales su agradecimiento hacia Uruguay.

Pancartas de “Gracias, Uruguay”, corazones dibujados o banderas del país suramericano fueron algunos de los detalles que se vieron en las dos evacuaciones previas, completadas este martes con el desembarco de 63 de los casi 90 tripulantes para ser alojados en dos hoteles de Montevideo y afrontar allí la cuarentena.

Sin duda, la imagen más emotiva fue la de un ciudadano australiano que, antes de abordar el vuelo hacia Melburne, besó el suelo de la pista aeroportuaria.

“Me agaché, me arrodillé e hice lo que el papa hubiera hecho: besé el suelo en señal de agradecimiento a esta maravillosa gente”, fue su mensaje posterior, una idea muy repetida por otros tantos viajeros que, tras sufrir un viaje poco deseado, sueñan con regresar a Uruguay, esta vez como turistas.

Steve y su esposa, otros dos pasajeros, escribieron una misiva al volver a casa, en la que reiteraron “un inadecuado agradecimiento” por los protocolos “de distanciamento social”. “Sepan que lo hacemos con lágrimas de nuestros ojos y sonrisa en nuestros corazones. No les volveré a molestar por un tiempo, pero cuando el fútbol vuelva, nosotros volveremos con él”, agregaron.

Igualmente Margaret envió una carta que la Cancillería de Uruguay hizo pública y en ella describió la “deuda de gratitud” que sentía. “Ustedes son un pequeño país con un corazón enorme”, concluía su texto.

Todos ellos pudieron recorrer la Rambla, el paseo a orillas del Río de la Plata y punto más emblemático de Montevideo, donde todo el mundo pasea, hace deporte o simplemente se reúne a tomar mate y charlar sobre la vida, pero en autobuses y escoltados por el dispositivo policial rumbo al Aeropuerto Internacional de Carrasco.

Eso sí, en esas caravanas pudieron advertir el cariño que también habían despertado en los montevideanos, que salieron a saludar a ventanas y balcones con banderas de Uruguay o a aplaudir.

“Uruguay está mostrando al mundo que en las (situaciones) difíciles está, cuando las papas queman el país responde. A los países, como a las personas, se las ve en las difíciles”, declaró este martes el canciller uruguayo, Ernesto Talvi, en el puerto durante el operativo de evacuación de los tripulantes.

También sintió aplausos este martes la chilena Carolina Vásquez, que ha dado positivo hasta en tres ocasiones diferentes y que fue una de las tripulantes evacuadas.

“Por supuesto voy a volver después de la pandemia a dar las gracias a cada uno y a conocer esta ciudad maravillosa, que es primera vez que estoy y en estas circunstancias”, dijo a la prensa en la puerta del hotel donde afrontará la cuarentena.

Además de Vásquez, una mujer bajó del autobús con un cartel de cartón con la inscripción “Thank you Uruguay” (gracias Uruguay) y una cara sonriente. Junto a ella bajó un hombre que, también en agradecimiento, hizo una reverencia hacia las personas que los aplaudían.

Filipinos, indonesios y ciudadanos de varios países latinoamericanos (Honduras, Chile o Colombia entre ellos), hasta doce nacionalidades diferentes, han sufrido el confinamiento en la nave durante unos 45 días. Uno de ellos, un filipino de 48 años, falleció el 17 de abril a consecuencia de la pandemia.

Algunos han empezado a mostrar síntomas de problemas psicológicos, según las autoridades sanitarias, producto del estrés y la angustia generados en estas semanas de incertidumbre sobre su futuro inmediato.

El médico colombiano Mauricio Usme declaró en su día a Efe que él no quería llegar a Las Palmas, destino final del crucero, sino regresar a Colombia. Y como él, a buen seguro, muchos otros tripulantes.

Mientras tanto, todos ellos ya han declarado su amor a un país que no estaba registrado en su mapa de salida en marzo pasado. Y algún día, quizá, puedan volver a él en otras condiciones.

EFE



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