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Amo de lo que callas

Por: Maximiliano Valderrama Espinosa

En ciertas ocasiones, por no decir que la mayoría de las veces o siendo atrevidamente honesto tal vez de manera permanente, mi mente se encuentra dándole vueltas a un sinnúmero de cosas que suceden a mi alrededor; cosas que como individuo siento que me afectan en mayor o menor medida.

El asunto es que, y contrario a lo que la mayoría de las personas hacen, mas allá de solo tener pensamientos diversos (muchos de ellos críticos), caracterizados estos con una capacidad particular de unir puntos e hilar delgado, yo expreso abiertamente lo que pasa por mi mente, incluso no limitando el alcance de lo que pienso y digo, lo que para algunas personas mas políticamente correctas es considerado “no tener instinto de supervivencia”.

La semana pasada manifesté ciertas opiniones en relación con lo que está pasando con las Empresas Públicas de Medellín – EPM, donde expresé mis ideas en relación con lo que para mi, basado en argumentos y hechos ciertos, significa que desde a administración municipal hayan determinado emprender un camino distinto a los que usualmente se suelen tomar en una sociedad que como la Antioqueña, es bastante proclive a cuestionar lo que se sale de lo que tradicionalmente suele ser, hacer o aparentar.

Con ese poco instinto de supervivencia que al parecer me caracteriza, he sido crítico no solamente de políticos corruptos sino también de algunos personajes importantísimos quienes se encuentran protegidos por esos mantos de poder que los convierten en vacas sagradas de una sociedad que los considera intocables, tal vez por ostentar un importante puesto en algún grupo empresarial y/o por su descomunal fortuna y/o por ese abolengo que dan ciertos apellidos tradicionales que hoy claramente olvidan que sus importantes ancestros se levantaron a punta de mulas, mazamorra y frisoles (no fríjoles).

Puedo afirmar que los mecanismos de intimidación de los primeros que menciono en el párrafo anterior son muy similares a los de los segundos: tratan siempre de doblegarte, midiéndote el aceite sin ningún tipo de aspaviento y dando órdenes desde aquel pedestal en el que se encuentran, para aplicarte lo que hoy llaman la cultura de la cancelación, donde terminan en resumidas cuentas anulándote como individuo.

Y ejemplos puedo dar muchos, desde aquel diputado que estrenándome yo como funcionario público y con una carta anónima me llamó a su oficina a ver “qué opinaba yo” de lo que ahí decían, llevándose tal vez la no muy agradable sorpresa de que sutilmente lo mandé a la m… o lo que me pasó con aquel importante caballero de industria que, tal vez muy molesto por no apoyarle un descabellado patrocinio de $200 millones de pesos para un evento de una “innovadora entidad” de la que él era mentor, me hizo llamar a reunirme en su oficina en patio bonito, pensando que tal vez que su fórmula de intimidación iba a funcionar conmigo. Como ese par de ejemplos puedo contar muchas otras anécdotas que incluyen importantes líderes empresariales o gremiales, que lo que buscaban eran proteger sus intereses particulares, pero eso si, jamás bajo la premisa de lo que tanto promulgan pero que a la larga no practican: “lo público es sagrado”.

Hoy estamos en un momento bastante crítico para la ciudad donde muchos pescan en rio revuelto, desviando la atención de lo que sucede o puede suceder en Medellín y Antioquia. Este momento crítico trasciende mucho más que el venir ahora a pontificar con un supuesto “modelo de ciudad”, que a la larga, tal vez azuzados en ese regionalismo que nos impide mirar más allá de nuestras montañas y donde los trapos sucios que tradicionalmente se lavan en casa, ha permitido que grandes grupos de poder se hayan beneficiado no sólo en la asignación de contratos, sino de aquellas prorrogas y adiciones que en la mayoría de los casos son solo una manifestación cierta de lo que es la corrupción (Los contratos se pueden adicionar hasta un 50% de su valor inicial, según lo que establece la ley 80 del 93 en el parágrafo del artículo 40).

Será fundamental estar muy alerta a lo que sucede, no dejándonos pedalear por parte de algunos fogoneros (de lado y lado), que pretenden desviar lo que sucede, banalizando lo de fondo y girando lo fundamental hacia temas superfluos.

Mientras tanto yo continuaré siguiendo mi, al parecer, bajo instinto de supervivencia, haciendo caso omiso a aquella máxima que manifiesta que uno es “amo de lo que calla y esclavo de lo que dice”, tal vez porque a la larga en la política y en lo público el hablar puede ser la cura.

Ah, si que hacen falta verdaderos líderes de lo público como Diego Calle Restrepo, será que como sociedad y para tal vez para escarmentar ¿no nos los merecemos en este momento?

@maxivale



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