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Política

Poblazón, la aldea que aplica una versión inédita del voluntariado indígena

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Las rígidas normas que marcan la vida de las comunidades indígenas se han flexibilizado de forma inédita en la aldea de Poblazón, en el suroeste de Colombia, donde quince vecinos pioneros conforman el primer grupo de voluntarios aborígenes de la Cruz Roja colombiana.

Escondida tras un camino de tierra que cuesta recorrer, esta aldea del convulso departamento del Cauca es una de las joyas de la corona del movimiento internacional, que no esconde su satisfacción por estar presente en una comunidad aborigen por primera vez en sus cien años de actividad en el país suramericano, que comenzó celebrar este viernes.

«Como comunidad indígena es la primera que tenemos en todo el país. Ellos han adaptado sus costumbres para poder tener una asistencia más adecuada en las comunidades», explicó Carlos Alberto Giraldo, director del área de Doctrina y Protección de la Cruz Roja Colombiana.

Hasta ahora el organismo había incluido en sus filas miembros indígenas que se unían por su cuenta y que para ello debían apartarse de sus comunidades, mudarse a zonas urbanas y rechazar determinadas obligaciones, como participar en la Guardia Indígena.

Estos grupos, que velan por la protección y control de los territorios, realizan funciones comparables a las de un cuerpo de policía, algo que resulta incompatible con los principios de neutralidad e imparcialidad de la Cruz Roja.

No participar en la guardia suponía un choque con sus propias raíces y creencias, lo que limitaba la llegada del voluntariado a zonas remotas en las que ante enfermedades o desastres solo se podía recurrir a plantas medicinales y tratamientos naturales.

La particularidad de Poblazón es que ha conseguido sortear este escollo y encontrar su propia fórmula para participar en el movimiento humanitario respetando las costumbres de la comunidad, algo que se consiguió tras dos años de intensas negociaciones entre la autoridad indígena y los responsables de la organización.

Ahora, los quince miembros del grupo de voluntarios pueden pedir una excedencia al gobernador de su comunidad, que porta el bastón de mando, para que durante un año queden exentos de participar en la Guardia Indígena, algo que se concede si el solicitante no tiene ningún tipo de antecedentes y posee un currículo «intachable».

Así lo detalla a Efe Edgar Velasco, uno de los integrantes del grupo pionero formado inicialmente con diez personas que recibieron formación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y que posteriormente, seducidos por los resultados, solicitaron el ingreso en la Cruz Roja.

«Me atrajo la necesidad que se vio dentro de la comunidad, donde no se contaba con un grupo de respuesta rápida ante desastres», sostiene Velasco, quien desarrolla actividades de doctrina y protección de grupo.

Y ello ante el rechazo inicial de los vecinos, que no entendían por qué diez de sus compañeros dedicaban horas de su tiempo libre a reunirse en una de las pocas casas que rodean la plaza central para hablar de cómo actuar ante un deslizamiento de tierra.

«De pronto algunos nos decían que éramos unos desocupados o que no teníamos nada que hacer. Incluso nos llegaron a decir que la Cruz Roja era un movimiento que no hacía nada por la humanidad», recuerda este voluntario, que asegura estar «orgulloso» de pertenecer a los pioneros.

Todavía hay vecinos que observan con curiosidad sus camisetas blancas con el símbolo de Cruz Roja, indumentaria que contrasta al mezclarse en la plaza con los chalecos verdes de la Guardia Indígena.

Ahora, el movimiento humanitario espera extender la iniciativa al municipio de Silvia, también en el Cauca, donde ya se han realizado varias conversaciones para alcanzar un acuerdo similar.

Antes de Poblazón, sin embargo, otros abrieron camino en este departamento, donde el 25 % de la población es indígena.

Fue el caso de María Sulivia Saniceto, del resguardo indígena de Tumbichucue, que buscó ingresar en la Cruz Roja porque «hacían mucha falta primeros auxilios en las comunidades», ya que se necesitaban tres horas para llegar desde su población hasta el municipio de Inzá para recibir asistencia médica.

Tras un año de formación, Saniceto ha aprendido a combinar los conocimientos médicos occidentales con los indígenas para mejorar la atención, algo que después se ha aplicado en Poblazón. Poblazón (Colombia), 9 may (EFE). | Cynthia de Benito

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