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    “La mochila azul” 

    Por: Carlos Mario Cortés Rincón

    “¡Qué te pasa chiquillo qué te pasa me dicen en la escuela y me preguntan en mi casa!, y hasta ahora lo supe de repente… cuando oí pasar la lista y ella no estuvo presente. La de la mochila azul, la de ojitos dormilones, me dejó gran inquietud y bajas calificaciones.  Ni al recreo quiero salir, no me divierto con nada, no puedo leer ni escribir, me hace falta su mirada.”  Escuchando esta canción de Pedrito Fernández, llegaron a mi mente un caudal de recuerdos de mis años escolares, recordé las clases, los recreos, mis cuadernos, mi sacapuntas, que egoístamente no prestaba para que no me lo soplaran, mis compañeros y, sobre todo a mis profesores.

    Lamenté mucho que hoy por culpa de un virus, estas nuevas generaciones estén dejando de vivir con sus compañeros, en cuerpo presente, la mejor época de la vida como lo son los años escolares, no es lo mismo oír la voz de todos por un computador sin sentirlos cerca. ¡La escuela huele a un montón de sentimientos revueltos, y sabe dejar una huella indeleble en quienes supimos disfrutarla!

    Con relación al tema de la educación, leí en los periódicos que varios gobiernos locales han decidido que este año no haya más clases presenciales en colegios y escuelas, en parte, ante la resistencia de muchos padres de familia que se oponen a enviar a sus hijos a las aulas previniendo una masiva contaminación.

    No puedo negar que, aunque el gobierno quería que las clases presenciales iniciaran en el mes de agosto, mentalmente me puse de parte de los padres de familia, pensando que es mejor salvar vidas y evitar problemas futuros.

    Pero… ¡vaya sorpresa!, esos mismos padres de familia que se oponían a enviar a sus hijos a clases para evitar contaminarlos, salieron masivamente a invadir los almacenes en el día sin IVA decretado por el gobierno. De inmediato imaginé esa “hipocresía fraternal”, imposible creer que esos papás que alegaban no enviar a sus hijos a clase por cuidarlos y mantenerlos sanos, salgan irresponsablemente violando las mínimas normas de sanidad.

    Ante las grotescas imágenes emitidas por los medios de comunicación y las redes sociales, mis ojos no daban crédito a lo que veían, por un momento creí que esas imágenes eran viejas o que estaba soñando, pero no, la estampida de gente queriendo entrar a comprar era real.

    La verdad como ciudadano creí que eso del Coronavirus era real, algo serio, ahora me doy cuenta que todo es una farsa, y, lo digo porque el mismo gobierno local y nacional que me ha tenido encerrado por más de tres meses, incitaron a la ciudadanía a salir a comprar, sin pico y cédula, sin las distancias requeridas, en tumulto; es decir, sin los protocolos que tanto le han exigido a los deportistas y otros gremios, importando más una falsa oferta que una muerte verdadera.

    No se puede negar que vivimos en una sociedad enferma, una sociedad desbordada por el consumo, ojalá hayan comprado cosas útiles, lo digo porque esos espejismos mercantiles acostumbran vendernos necesidades inexistentes, la idea es vender y que la gente compre sin necesitar, por eso antes de aplanar la curva del Coronavirus, debemos aplanar la curva de la estupidez comercial.

    Hoy más que nunca recuerdo a Zygmunt Bauman, “convertirse en consumidor significa depender del mercado de consumo para sobrevivir, e incluso para llevar a cabo las rutinas cotidianas”. ¿Cuántas bicicletas estáticas, caminadoras, cocas plásticas, tostadoras de pan, baldes y peroles están sin usar habiendo sido comprados en anteriores promociones?

    Sin lugar a dudas los centros comerciales en los tres días que decretó el gobierno sin IVA, venderán lo que dejaron de vender durante la cuarentena, la idea es que ellos se recuperen como ya lo hicieron los bancos.

    Bueno, soy consciente que no se debe llorar sobre la leche derramada, pero sí me parece curioso que hubo, según informes de la prensa escrita, personas que hicieron filas por más de seis horas para poder comprar, ah, esas mismas que se desesperan cuando van por las notas de los hijos al colegio y, siempre van de afán enojándose cuando solo va media hora de espera. Es más atractivo el comercio que la educación.

    Algo muy claro es que no se le teme al virus, si en verdad tuvieran miedo lo pensarían bien antes de salir, ahora entiendo que la ciudadanía está encerrada por obligación mas no por convicción, de ahí tantas fiestas clandestinas y partiditos de fútbol en algunos barrios. Ojalá cuando abran las librerías y las bibliotecas salga la misma gente con las mismas ansias de comprar.

    Pd: por favor… lean bien lo que aprobó el congreso con relación a la cadena perpetua para violadores de niños, no es verdad tanta belleza.



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