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    Ayudando a los nuestros

    Por: Wilton Chaverra

    Cuando yo era pequeño y como soy de pueblo, recuerdo muy bien que en mi casa, o en la de los vecinos, o donde mis abuelos, se iba hacer una primera comunión, o bautizo, matrimonio, entre otros.

    Era un evento que programaban con mucho tiempo logísticamente hablando, pues unas de las comidas principales era un postre espectacular que se demoraba varias semanas en hacerse, el cual tenía siete capas y había que ir al campo a conseguir la toronja para rayarle la cascara, o en algunos solares de nuestras casas había un árbol que las cosechaba.

    Así como también la papaya, las brevas, la piña y el coco; los bizcochuelos se hacían en casa o se compraban donde las murillos o las señoritas López, para el arequipe también lo procesaban en casa, desde la leche de vaca recién ordeñada, el azúcar y algunas esencias, lo mejor era esperar que vaciaran el arequipe y al igual que con la natilla le dejaran a uno la olla con el “pegao”.

    Si la comida principal iba a ser pollo, con muchos meses de anterioridad en el solar adaptaban una especie de gallineros con mallas para engordarlos, o si no había solar, se le encargaba al campesino de alguna finca, por ejemplo de doña Lucrecia Torres, que eran criados con sobrados, plátano cocinado y tenían un buen sabor, la torta generalmente la hacia la mamá, o se le encargaba a la señora de la cuadra que le quedaban muy buenas, o en la panadería del pueblo que eran envinadas y con huevos de campo para ese sabor inigualable.

    Se compartía con sabajónes muy tradicionales como el de la piña y leche condensada que sabía hacer el abuelo, o el de mezcla con vino Cherry que rendía mucho, al igual que en la iglesia los arreglos eran con flores de los vecinos y amigos, o se conseguían en tierra caliente como la heliconia.

    Entre los detalles que llevaban los invitados, aparte del dinero que le daban al festejado, de pronto le obsequiaban una artesanía (medalla, crucifijo, collar, pulsera), o un bolso de cuero, sandalias, cartera o billetera que se fabricaban en el pueblo, o un saco de lana tejido por alguna tejedora local, entre otras cosas más. Si era con músicos la celebración, estaban los artistas del pueblo listos y ya nos sabíamos que cantaban y por eso con propiedad le pedíamos algunas de nuestro gusto.

    Hoy quiero contar esa pequeña anécdota, porque un día de tantos todo cambió y con el tema de la globalización apareció el consumismo excesivo y hasta absurdo, donde los pasa bocas, carnes frías y demás se consiguen en un segundo herméticos o empacados al vacío, donde las tortas son industrializadas y hasta algunas ya vienen partidas, donde las bebidas hasta son importadas y el plato principal, son unos que a veces nos saben insípidos y ni se sabe bien que es. Lo tenaz, con el que dirán, es que da pena preguntar.

    Los obsequios la mayoría de veces son originarios del mismo lugar de donde salió el virus que hoy tiene en vilo al mundo entero; por otra parte y aunque están todos en el mismo lugar, muchos de los invitados parecen islas, amenizados en sus pequeños universos por los dispositivos móviles con los que cuentan.

    Puede que la modernidad nos tenga corriendo de un lado para otro y por eso ya no hay tiempo, pero si algo nos enseña esta pandemia, es que es necesario hacer una pausa, pero sobre todo regresar a lo nuestro y es por eso que debemos de sensibilizarnos y volver a comprar lo local.

    Darle el protagonismo principal a nuestros campesinos para que los incentivemos a sembrar, puede ser a través de que ya les tengamos encargados los productos, que además su fortaleza es que son frescos y de mejor calidad, o a todos esos vendedores que siguen sosteniendo la tradición viva de la gastronomía de los abuelos.

    Así como a nuestros empresarios locales y en su defecto si algo no se produce en nuestra tierra y es necesario buscarlo en otro lado, que primero nos inclinemos por lo nacional, con eso no solo contribuimos a salir de esta crisis económica, sino que además, serán menos familias las que estarán día a día sin pasar hambres.

    Es bueno y muy respetuosamente les quiero animar, a que en el próximo mercado analice de donde están viniendo la mayoría de las cosas que usted está consumiendo y que si bien es cierto es un poco más desgastante el ir y encargar o buscar las cosas propias, será el principio de solidaridad, además de ser otra forma de aplaudir a nuestros héroes y demostrar que unidos salimos adelante.

    Un solo ejemplo: Usted se compra cuatro mil pesos en tomate de aliño para el mercado, el cual le llega a un gran distribuidor de la central mayoritaria de la ciudad, él sigue acumulando grandes riquezas, mientras que puede ser mejor comprarle al campesino que usted le encargó la semana pasada.

    O al señor de la verdurería que se sabe que le está comprando a esos campesinos para vender en su negocio y donde esos cuatro mil pesos a esta gente si le hará una enorme diferencia en su forma de subsistir, a parte que el dinero seguirá circulando en su propia población.

    Pues de esos pesos recibidos ellos los utilizan en pagar el transporte para regresar a su vereda, o en comprar otros productos de su canasta familiar, comprar medicina y mil necesidades básicas dentro de su propio entorno.

    Una vez más el llamado es a que cuidemos nuestro patrimonio y el medio ambiente, pues el agro hoy más que nunca está sosteniendo al mundo.

    Por último es bueno que nos autoevaluemos si somos compradores compulsivos o hasta acumuladores que adquirimos cosas sin necesidad, pues en un momento de recesión económica cada centavo cuenta y hay que proyectarlo en el tiempo, pues hoy nuestro futuro es incierto.

    #comprololocal #colombianocomprocolombiano.

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