En un barrio empinado de la ciudad, bajo el techo de zinc en una humilde vivienda de adobes desnudos y pisos desajustados, vivía la familia Martínez, o, los Martínez como los llamaban los vecinos. En tiempos pretéritos, don Pedro Martínez había migrado con su esposa y sus hijas a la ciudad tratando de huirle a la violencia desatada en otras agrestes montañas; después de adaptarse a la vida citadina y aprender a sortear las necesidades del día a día, se había acostumbrado a madrugar desde las tres de la mañana para salir a reciclar. El madrugón tenía un propósito, llegar de primero al lugar donde la gente ponía la basura, antes que pasara el camión recolector. Esto le permitía esculcar entre desechos, sobras y despojos, recolectando todo aquello que le pudiera servir para llevar sustento a su hogar.
Don Pedro nunca descansó en todos aquellos años de trabajo continuo, incluso los domingos y días festivos los dedicaba a vender mangos viches con sal, confites, galletas y otras cositas más en las afueras de la iglesia del barrio, muy cerca de una cancha de fútbol donde pululaban niños y jóvenes mecateros.
La vida de los Martínez estuvo marcada por una escasez que les acosaba permanentemente, envuelta en dosis de miseria. Aunque nunca faltó la comida gracias al constante esfuerzo de aquel hombre bajito y delgado, la pobreza siempre los acompañó.
Un veinticuatro de diciembre, después de haber vendido el reciclaje, don Pedro se dirigió al centro de la ciudad a comprarle el traído de niño Dios a sus dos hijas. Del suelo, en esas ventas callejeras de agáchese y lleve más barato, cogió una muñeca vieja de trapo y un triciclo destartalado que probablemente alegraría el despertar de sus hijas ese día de Navidad. Este hombre amó a sus hijas tanto como a su esposa, a la que había enterrado hacía poco tiempo, víctima de un cáncer.
A la temprana muerte de su madre, Luisa, la hija mayor debió encargarse del cuidado de la casa y de su hermana menor, a la que años más tarde asesinarían en un bar del centro de la ciudad.
Como madre soltera y su padre longevo, Luisa se sentía cansada de bregar y bregar, ya no le quedaban ganas de seguir luchando. El cansancio físico y mental se veía reflejado en su rostro cada vez que atendía a su padre de noventa y dos años, si, día a día el trato a este endeble anciano era peor, una revoltura de gritos y palabras soeces.
Eran las dos de la tarde de aquel domingo soleado. Luisa sorprendió a su progenitor con una invitación:
Aquel hombre desdentado y sufriendo los primeros síntomas del Alzheimer apenas alcanzó a responder:
Caminando lentamente, como se lo había prometido, finalmente Luisa llegó con su padre al centro de la ciudad. Atravesaron sus calles y avenidas en medio de un tráfico donde motos y carros acosaban por todos lados. Después de un corto desplazamiento, entraron a una cafetería de renombre, mientras lo acomodaba en la silla le pidió al mesero dos cafés con leche y dos pasteles de pollo.
Luisa aprovechó que había terminado de comerse su pastel antes que su padre, se paró de la mesa advirtiéndole que iría un momento al baño.
Ya había pasado más de media hora, el administrador del negocio al ver que aquel anciano continuaba solo en la mesa se acercó y le preguntó.
Don Pedro respondió:
Un par de lágrimas se escurrieron entre sus ajadas mejillas.
Dos meses después de aquel nefasto suceso, Kelly, una vecina de Luisa, se acercó hasta su casa para comentarle que había visto a su padre acostado en una acera del centro en medio de un tremendo aguacero, envuelto entre cartones y periódicos. Luisa ni siquiera se inmutó, simplemente se limitó a ignorar lo que su amiga le dijo.
Pasaron los meses y el día menos pensando
Pd; este cuento hace parte del libro; “Cuentos sin punto final”, publicado en marzo del año 2026.
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