Qué significa Morir dignamente, cuál es el marco legal que existe en Colombia y cuáles son los escenarios emocionales por los que pasa un paciente y su familia en esta situación.
Vivir no siempre significar estar vivo. Existen enfermedades degenerativas, terminales o el mismo envejecimiento, que van deteriorando la vida del ser humano y, por ende, le impiden funcionar plenamente.
Y es en estos casos donde la forma en que los seres humanos deberían morir toma una relevante importancia. Aunque existen muchas posturas al respecto, hay una que defiende el derecho de morir de manera digna, oportuna, sin dolor o con el menor dolor posible, y absteniéndose de recibir medicación o procedimientos que alarguen inútilmente la vida, cuando ya no hay posibilidad de recuperarse.
“Es morir sabiendo que me voy a morir y pudiéndome preparar para esa etapa de la vida. Poder arreglar mi situación emocional y afectiva con mis seres queridos. La situación espiritual, cualquier que sea el credo religioso. Y los aspectos materiales y económicos”, explica Carmenza Ochoa, directora de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente.
Las decisiones relacionadas con la vida y la salud están amparadas por la Constitución Nacional. El derecho a la autonomía, es decir, aquel que ampara la toma de decisiones, es universal y está consagrado dentro del artículo 16, que habla sobre el libre desarrollo de la personalidad.
Además, La ley 23 de 1981 o Código de Ética Médica indica que los galenos siempre deben pedir el consentimiento del paciente para aplicar cualquier tratamiento y es válido que este acepte o no. Esto también está contemplado en la resolución del Ministerio de Salud sobre los Derechos del paciente, que además indica que se debe saber cuál es su enfermedad, qué procedimientos le aplicarán y los riesgos. Tiene derecho a recibir la mejor asistencia médica, respetando sus deseos, en caso de que la enfermedad sea irreversible. Y el último es el “derecho a morir con dignidad, a respetar su voluntad y permitir que el proceso de la muerte siga su curso natural en la fase terminal de su enfermedad”.
Proceso adecuado
Existen diversas maneras de morir dignamente. Dentro de estas se encuentran los cuidados paliativos, encaminados a atender al paciente para aliviar sus síntomas y darle calidad de vida, más no a curarlos. Se trata de un programa interdisciplinario que debe atender integralmente al paciente; es decir, donde se deben tener en cuenta sus necesidades físicas, emocionales, familiares y espirituales, y donde pueden participar profesionales como médicos, enfermeros, terapeutas y psicólogos.
Según Liliana Marcela Támara Patiño, especialista en bioética y médica de atención domiciliaria en cuidados paliativos, “médicamente, palear significa aliviar. En el caso de los pacientes con un diagnóstico terminal, estos se enfocan en no prolongar ni mantener las condiciones de los seres humanos que ya no tienen posibilidades de recuperarse para ser funcionales”. Para eso, se usan una serie de medicamentos opiáceos y tecnología.
El objetivo de la atención familiar en este tipo de cuidados, además, “es el de ayudar a las familias a cumplir con su función cuidadora, como medida saludable de participar en el proceso de duelo que están viviendo”, explica Margarita Hoyos Núñez, psicóloga y terapeuta especializada en procesos de duelo y atención al enfermo en fase terminal y a su familia.
Dentro del cuidado paliativo para pacientes terminales se encuentra un procedimiento estándar llamado sedación terminal. Consiste en sedar profundamente al paciente para que permanezca dormido, no esté consciente de su condición y se evite el dolor y el sufrimiento.
Otra intervención es la eutanasia, una acción médica que se le aplica al paciente para ayudarlo a morir, generalmente a través una inyección letal. En el Código Penal Colombiano no existe la figura de la eutanasia como tal, sino de homicidio por piedad, pero está despenalizado. En 1997, a raíz de un fallo de la Corte Constitucional, cuyo ponente fue el magistrado Carlos Gaviria, nuestro país adoptó en su sistema jurídico la autorización para practicarla en enfermos terminales, pero se requiere que el paciente la exija conscientemente, que su caso y sufrimiento sean irreversibles e intratables; que le exprese a su médico que necesita poner fin a su vida y que sea el galeno quien practique la eutanasia.
Carmenza Ochoa señala que “ese médico no tendrá ninguna penalización porque su conducta está justificada”, si demuestra las condiciones antes descritas.
Finalmente, existe el suicidio médicamente asistido. Consiste en que el paciente emplee o consuma el medicamento que le ha prescrito o recetado un médico para ocasionar la muerte. En Colombia está penalizado, pero se practica en países como Suiza y en algunos estados de los Estados Unidos, donde ya está despenalizado.
Reacciones e intervención emocional
La psicóloga Margarita Hoyos dice que recibir un diagnóstico de enfermedad terminal representa uno de los acontecimientos de mayor impacto emocional y familiar que puede desequilibrar y conmocionar tanto al individuo como a su entorno. “La persona inicia un proceso que llamamos duelo anticipado; un proceso de adaptación durante el cual la familia y la persona enferma percibirán diversos sentimientos que los preparará para asumir la muerte de su ser querido”, agrega.
Aunque todos los individuos son diferentes, en general el paciente experimenta una primera fase llamada shock, luego sobrevienen los intentos de revertir el futuro y fatal desenlace, acompañados de rabia y enojo, culpas. Pero, agrega la experta, “en la medida que la persona se apoya en sus creencias espirituales y la red social que le rodea, irá acomodando su existencia a las limitaciones que conlleva la enfermedad, para potencializar ese tiempo que le queda, para reconciliarse consigo mismo y con su existencia”.
Los familiares, por su parte, pueden sentirse confundidos, tristes y ansiosos. En este caso, es importante la intervención del terapeuta. El principal consejo es que la familia exprese, comparta y tome las decisiones en conjunto y reparta funciones mientras llega el deceso. Y que, con orientación, logren aceptar con serenidad y sabiduría, el desenlace.
Para Carmenza Ochoa, acompañar a morir a un paciente significa quitarse tabúes y pesos culturales y ser capaces de dar ese paso para ayudarlo a tener un buen final de la vida.
“El ser querido anhela ser tratado con dignidad y respeto, que lo miren y tengan en cuenta como el ser vivo que es, y no el que está muriendo. Que piensa, que puede tomar decisiones, le agrada que lo informen acerca de los tratamientos y el avance de su enfermedad. Que antes de pensar por él a la hora de actuar, quiere que le pregunten y le den la opción de decidir, pues quién mejor que él para saber qué es lo mejor para sí mismo”; puntualiza la psicóloga.
Voluntad anticipada
Una persona, sin padecer enfermedad o problema alguno, puede firmar documentos de voluntad anticipada en donde se expresa que, si llegase a padecer de una enfermedad terminal, no existe esperanza de recobrar la salud y pierde la autonomía de decidir, no quiere que se le mantenga con vida de manera artificial ni prolongar innecesariamente la vida. Son papeles legales que pueden ser reconocidos por la familia y el personal médico que, al ser firmados, con testigos, pueden dar fe de la voluntad del paciente, en caso de que se presentara esta situación.
Se pueden adquirir en la Fundación Pro Derecho a Morir dignamente, en Bogotá, y llevarse al servicio médico para añadirlo a la historia clínica. Esta institución también creó otro documento en el que la persona expresa que, en esa misma situación terminal y teniendo en cuenta la sentencia de la Corte, dado el caso, quiere que le ayuden a morir con asistencia de un médico.
Fuente: Revista MedPlus
ED 91
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