Miles de niños de Guatemala viven un infierno a causa de la trata de personas

“El primer día fue difícil. Tenía 11 años. Me llevaron a una casa grande y me dieron un cuarto para mí solita. En cuanto me acerqué a las paredes vi dibujos obscenos y frases pidiendo ayuda”, relata Noemí, una guatemalteca que fue obligada a prostituirse de niña en un poblado al sur del país.

EFE/Archivo

El recuerdo tan cruel y doloroso no impidió que Noemí, quien prefiere reservarse el apellido, repitiera la historia con su propia hija, del mismo nombre, a la que prostituyó con 12 años y que vendió dos años después para que la explotaran en Estados Unidos.

La niña, hoy una mujer con 20 años, fue rescatada hace seis meses de un burdel en Chicago, después de que su madre le perdiera la pista, se arrepintiera de venderla y denunciara su desaparición a las autoridades de Guatemala, quienes la encontraron en el norte de Estados Unidos.

“A pesar de la ayuda profesional que está recibiendo, no se recupera del trauma que padece producto de abusos físicos y emocionales”, asegura la delegada del Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala (Conamigua), Clara Reyes.

Un total de 68.541 menores de edad de México y Centroamérica fueron detenidos entre octubre de 2013 y septiembre de 2014 por las autoridades de EEUU cuando intentaban cruzar de manera ilegal sus fronteras, según la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras del país norteamericano.

La cifra es casi un 50% más que en el período anterior y de esos 68.541, alrededor de 14.000 son guatemaltecos.

Las autoridades no tienen datos acerca de cuántos menores ven el viaje interrumpido al caer en manos de traficantes de personas, explotadores sexuales o narcotraficantes en México.

“Nosotros intervenimos cuando recibimos una denuncia. De otra forma, no tenemos conocimiento de la situación”, advierte la secretaria ejecutiva de Conamigua, Alejandra Gordillo.

Muchas veces, por ignorancia, la familia entrega a sus hijos sin saber que a los que deja a su cargo son traficantes de personas.

Los padres envían a los menores al norte de América tras contratar a supuestos “coyotes”, de los que no tienen más referencia, para que ayuden a los menores a cruzar la frontera sin documentos legales.

En algunos casos, los padres tienen noción de lo que puede pasar y aún así no dan marcha atrás con su decisión, cuenta Reyes.

Al llegar a Chicago a los 14 años, Noemí trabajó en un bar como prostituta y como camarera. Nunca cobró por su trabajo. Le daban casa y comida. El hermano de la madre era uno de los explotadores.

“Le dimos seguimiento junto a las autoridades de Estados Unidos y logramos que la niña pudiera salir de ese ambiente luego de seis años”, agregó Reyes.

Amabilia Catalán también sufrió una experiencia aterradora cuando fue explotada a manos de su esposo y suegra en Los Ángeles, California, antes de ser rescatada por las autoridades.

Sentada a los pies de su cama en Jocotenango, un poblado a 50 kilómetros de la Ciudad de Guatemala, la mujer recuerda que también sufrió abusos físicos por parte de su madre “desde que tengo memoria”.

A los 14 años emigró en forma ilegal a Estados Unidos con su novio, de 23, para cumplir su sueño de una “vida mejor”, dejando una pequeña hija de meses al cuidado de su madre. Nunca la recuperó.

Desde los 23 hasta los 32 años, la guatemalteca sufrió maltratos físicos y fue obligada por sus captores a ejercer la prostitución. “En un día bueno atendía unos 30 hombres. En días malos, a unos nueve”. recuerda.

Tras incontables palizas, entradas al hospital y un intento de homicidio, su esposo fue detenido y condenado en los Estados Unidos.

Amabilia tuvo que dejar a sus dos hijos nacidos en el país norteamericano con su suegra, e inició una nueva vida en otro estado, donde se casó por segunda vez y tuvo otros dos hijos.

Hace tres años, los cuatro fueron deportados a Guatemala. Su segundo marido decidió volver a Estados Unidos como ilegal pero nunca volvió a dar señales de vida.

Hoy Amabilia reside con sus dos hijos en la Ciudad de Guatemala, sin trabajo. La historia es larga y dolorosa y entre lágrimas se pregunta: “¿por qué me pasa todo esto a mí?”.

“Yo quiero que mi hija tenga otra vida. Por eso la llevo y la traigo de la escuela. Ella va a ser mejor que yo”, se consuela la mujer en una pequeña habitación donde sobrevive con sus dos hijos. Guatemala, 8 nov (EFE).

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