La democracia no puede coexistir con el miedo. Allí donde un ciudadano vota bajo amenaza, donde las estructuras criminales condicionan la voluntad popular y donde los fusiles sustituyen la libertad, no existe democracia: existe imposición. Por eso, la reciente victoria de Abelardo de la Espriella representa mucho más que un resultado electoral; es la respuesta de millones de colombianos que se negaron a entregar el país al proyecto político del petrismo y a quienes han pretendido normalizar la influencia de los violentos en la política nacional.
Durante meses, los ciudadanos denunciaron presiones en los territorios, presencia armada con fines electorales y la creciente participación política de estructuras criminales cuyos cabecillas fueron convertidos en intocables bajo el eufemismo de “gestores de paz”. Los hechos son preocupantes: de los 139 municipios catalogados en riesgo electoral, Iván Cepeda, candidato que representaba al oficialismo del gobierno Petro, obtuvo la victoria en 102. Más inquietante aún fueron las mesas donde alcanzó votaciones del 90 % e incluso del 100 %. Son cifras que, en cualquier democracia seria, obligan a formular preguntas incómodas.
Quisieron sembrar dudas sobre el triunfo de Abelardo de la Espriella. Intentaron instalar la narrativa del fraude cuando los resultados no favorecieron al oficialismo. Sin embargo, el escrutinio terminó confirmando y ampliando su victoria. La voluntad popular habló con claridad.
Bogotá fue decisiva. La capital se convirtió en el escenario donde el voto fue más libre y donde millones de ciudadanos pudieron expresarse sin la sombra de las armas. En nombre de esos colombianos que en muchas regiones enfrentaron la presión de grupos ilegales, la ciudad marcó una diferencia histórica. Mientras algunos tuvieron voto libre, otros padecieron el voto fusil.
Voté por Abelardo en memoria de mi amigo Miguel Uribe Turbay y coherente con una convicción profunda: izquierda nunca más. Pero la victoria electoral es apenas el comienzo. El nuevo gobierno enfrenta retos urgentes. Debe rescatar un sistema de salud que hoy agoniza, fortalecer la cooperación estratégica con Estados Unidos e Israel para enfrentar la inseguridad, impedir que la violencia callejera vuelva a convertirse en mecanismo de presión política y recuperar la autoridad del Estado.
También espero que refinancie el Icetex para construir una generación educada y no encapuchada; que termine con los subsidios disfrazados para quienes delinquen mientras millones de colombianos trabajan honestamente; y que reviva programas como Mi Casa Ya para devolver oportunidades a las familias.
Porque una democracia auténtica no se construye con fusiles, privilegios para criminales ni amenazas. Se construye con libertad. Y el voto fusil jamás será democracia.
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