El hobbit: La desolación de Smaug es una película repleta de acción, diseñada como preciso vagón del tren de la mina donde uno no tiene tiempo de asimilar lo que ve.
La literatura y el cine son dos medios con narraciones diferentes y que por lo tanto precisan de formas de contar historias diferentes. Si nos tuviésemos que limitar a adaptar lo que ocurre en los libros con el mismo tono y contenido no se podrían hacer la inmensa mayoría de las películas estas.
Es mejor abstenerse de todo prejuicio, para referirse al tema “adaptación” separar libro y película y sentarse a disfrutar de lo que vas a ver en sí mismo. Estas películas de El Hobbit podrían prescindir de ese título y llamarse simplemente “Antes del Señor de los Anillos”, es igual, lo importante es que Peter Jackson consigue introducirte por completo en los salones de Erebor, en las copas de los árboles del Bosque Negro… estás en la puñetera Tierra Media de lleno y se respira por todos lados.
Jackson renueva su paleta de barrocas imágenes digitales dejándose los nudillos en cada plano habría que ver la película más veces para poder apreciar tal shock estético, haciendo fluir sus ampulosas imágenes a través de un seguido de travellings aéreos y alucinantes planos secuencias (de montaje, tan falsos y disfrutables como los de “Gravity”: la ficción real copula con la animación digital de forma cada vez más frecuente) de tal forma que la cascada de imágenes sacuda al espectador como un tsunami de píxeles tallados con la meticulosidad de un pulidor de diamantes.
De ahí que importe poco las invenciones de Jackson a la hora de convertir su película en “la gran aventura hobbit jamás contada” el director no renuncia a su estilo grandilocuente, con esos planos aéreos que se acercan y alejan de las principales figuras, ni los travelling imposibles.
Son técnicas que domina, pero en la segunda parte de la película decide recurrir a un recurso que le funcionó muy bien en la primera trilogía y que aquí no acaba de cuajar: dividir la acción en varios frentes, hasta tres, e ir narrándolos en paralelo.
Los puntos fuertes de la película son muchos, empezando por una factura técnica impecable y un diseño de producción sublime capaz de transportarnos a la Tierra Media y hacer creíbles a sus habitantes y las criaturas que lo pueblan. También destacaría la convicción del reparto a la hora de asumir sus papeles, sobre todo a Martin Freeman que vuelve a ofrecer una gran interpretación como Bilbo, demostrando que es un actor todoterreno y un gran acierto de casting.
Aunque sin duda alguna el aspecto más destacado de la película llega en su último tercio cuando entra en escena Smaug, el dragón que habita en la montaña y que acaba siendo un verdadero festín visual e interpretativo, sobre todo en la magnífica secuencia de la conversación con Bilbo en la cámara del tesoro.
Es en este pasaje y en los que le siguen hasta el final de la película donde Jackson da lo mejor de sí mismo creando un crescendo que deja al espectador clavado a su butaca deseando que la película no acabe donde acaba (que largo se me hará este año, por favor, y quien haya visto la película ya me entenderá).
La parte negativa de la película radica, a mi entender, en dos puntos: por un lado en la falta de entidad de la película en si misma; estamos en el tramo central de una obra más larga, por lo que la historia presentada en esta película no tiene ni principio ni final, dejando cierta sensación de insatisfacción por este hecho.
El otro punto negativo deriva del recelo inicial cuando se anunció que El Hobbit iba a ser una trilogía y como se iba a alargar la trama para rellenar tres películas, ya que las partes más flojas de la película.
La trama relacionada con la elfa Tauriel, interpretada por Evangeline Lilly, que consume demasiado tiempo sin aportar nada especialmente interesante, o la recuperación de Legolas, que sirve como recurso para añadir algunas escenas de acción trepidantes pero para poco más.
Sigo pensando que no hacían falta tres películas, que es una maniobra comercial algo rastrera que deja de lado totalmente la parte artística y que es inaudito que hagan esperar a los aficionados otro año completo para conocer el desenlace.
La película es pura épica y aunque el libro original no tenía ese tono, es factible volver a contar la historia colocándoselo para conectar todas las películas porque entre otras cosas, dejando fuera ciertas licencias que Peter Jackson se toma con las habilidades de lucha de los elfos si nos pusiéramos a pensar cómo podría haber sucedido en verdad la historia de una lucha por recuperar una montaña secuestrada por un dragón.
Es más factible que sucediese de la forma que lo ha mostrado Peter Jackson que de la forma de cuento infantil en que lo relató Tolkien.
Pero reconozco que a mí me funciona, me convence y me entretiene, aunque esta película no sea más que una sucesión de escenas trepidantes que no dan pie al aburrimiento, exagerada y excesiva como solo puede serlo un cuento para niños adultos.
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