Se acabó el amor: Trump y Putin (conclusión)

Por Antón Toursinov

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En las dos entregas pasadas de esta opinión (primera, prolegómenos; y la segunda, hipertrofia) presentamos un breve panorama de las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética (y su sucesora, la Rusia actual) en el transcurso del siglo XX. De cómo la URSS sobrevivió gracias a la ayuda y el apoyo que le brindó EEUU en varias ocasiones y del porqué el ilegítimo presidente de Rusia Vladimir Putin desde que se apropió del poder en 1999 utiliza EEUU como un enemigo en sus discursos manipulativos.

Putin “ha sobrevivido” a tres presidentes estadounidenses. Bill Clinton estaba por terminar su mandato y, por consiguiente, no prestaba mucha atención a Rusia ni a su nuevo jefe de Estado con quien no tuvo ninguna relación, a diferencia de la amistad que mantuvo durante todo su mandato con el primer presidente ruso Boris Yeltsin.

George W. Bush gana las elecciones y hereda un cúmulo de problemas internos e internacionales de la desastrosa gestión de su predecesor demócrata. Su mandato inicia con el acto terrorista más atroz en la historia contemporánea, los atentados el 11 de septiembre del 2001, por lo que los primeros cuatro años en la Casa Blanca Bush se dedicó a la guerra contra el terrorismo, la guerra en Afganistán y la invasión a Irak, entre otros.

La relación con Putin en esta época fue prácticamente nula. Se puede decir que Bush, por desgracia, no puso atención a Rusia, lo que le permitió a Putin cometer una serie de barbaridades tanto dentro como fuera de Rusia. En Rusia seguía la guerra en Chechenia y la posterior “amnistía” de los terroristas con una serie de violaciones a los derechos humanos, asesinatos de los políticos, periodistas y ciudadanos comunes y corrientes.

Mientras que más allá de sus fronteras Kremlin organizó en 2007 los disturbios en Tallinn, la capital de Estonia; y en 2008 invadió Georgia y anexionó sus dos provincias, Abjasia y Osetia del Sur. Además del apoyo militar y estratégico que Putin daba a los dictadores del Medio Oriente (en Libia, Siria, Irak y otros países), además de la estrecha relación con Chávez y el chavismo.

En enero del 2009 llega a la Casa Blanca Barack Obama quien desde su campaña prometía castigar a Putin por la invasión en Georgia y por la violación de los derechos humanos no solo en Rusia sino en los países vecinos. Obviamente, Putin, quien a través de su grupúsculo de prestanombres tenía intereses económicos en los Estados Unidos, enfurecido y asustado hizo lo posible para que Obama perdiera las elecciones, pero no logró su objetivo.

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La campaña mediática de desprestigio de Obama y de sus Secretarios de Estado Hillary Clinton primero y John Kerry luego no cesó ni un solo día durante los 8 años de la presidencia de Obana. Se utilizó toda la maquinaria propagandística tanta en los medios de comunicación dentro de Rusia (casi todos controlados por Kremlin) como fuera de ella por medio del canal de desinformación RT y la agencia rusa de noticias falsas Sputnik, ambos creados con el propósito de manipular el público irracional a base de la mentira y la distorsión de la verdad de manera artera.

La última gota que derramó el vaso de la paciencia de los líderes occidentales fue el incumplimiento del Memorándum de Budapest por parte de Rusia y la guerra desatada por Kremlin en Ucrania, la anexión de la provincia ucraniana de Crimea y el derribo del avión malasio MH17 en el que todas las 298 personas a bordo fallecieron. Para no repetir lo que ya escribimos en este espacio, el lector puede encontrar la información en las columnas anteriores (primera y segunda partes).

La gravísima crisis económica en Rusia y la caída del rublo a consecuencia de las sanciones que impusieron los EEUU, Canadá, Australia y la Unión Europea a los “empresarios” y empresas allegados a Putin han provocado una intromisión sin precedentes de Kremlin en las elecciones en todos estos países. El miedo casi animal de Putin a la victoria en las elecciones presidenciales del 2016 de Hillary Clinton, férrea defensora de su país de los constantes ataques propagandísticos de Putin y la impulsora de las sanciones económicas y jurídicas contra este dictador ruso, llevaron a este a hacer lo posible para que ganara el actual presidente estadounidense Donald Trump.

La prensa rusa, la misma que durante ocho años atacaba con sus mentiras e injurias a Obama, Clinton y Kerry, se dedicó a elogiar a Trump durante todo el 2016. Se hizo creer a los rusos, aprovechando su ignorancia del sistema político republicano y la separación de los poderes en los EEUU, que Trump era “nuestro” candidato, iba a quitar las “sanciones a Rusia” (que en realidad son sanciones a los amigos de Putin y sus negocios y no al país) y que la vida en Rusia iba a mejorar de inmediato con la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Las imágenes patéticas de la celebración con aplausos y champán de los diputados del parlamento ruso – completamente controlado por Putin – de la victoria de Trump en las elecciones recorrieron la prensa internacional provocando todo tipo de sarcasmo y merecida mofa en el mundo. En los propios EEUU siempre se ha sospechado, y cada día con más razón, de la intromisión de Rusia en sus elecciones y el papel de Kremlin a través de la tecnología y el financiamiento de la campaña de Trump.

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Cada día aparecen más pruebas directas e indirectas de esta intromisión. Ya se sabe que el banco de Putin VEB (sancionado por el gobierno de los EEUU) financió varios proyectos inmobiliarios de Trump en los últimos años, al igual que financió la campaña de la extremista francesa Marine Le Pen. Se saben las constantes reuniones que antes y durante la campaña electoral sostenían Trump y sus familiares tanto con el embajador ruso en Washington como con los demás representantes de Putin. Se investigan los ataques de los hackers rusos a los correos de los candidatos demócratas, entre ellos de Clinton, y la filtración de estos correos.

Desde la primera hora de Trump en la Casa Blanca la prensa rusa, espejo fiel de las estrategias e ideas de Putin, comenzó a elogiar al nuevo presidente estadounidense, a prometer la pronta eliminación de las sanciones a Rusia. Sin embargo, el Congreso de los EEUU prohibió a Trump quitar cualquier sanción impuesta por la administración anterior. Es más, el mismo Trump ha tenido varios reveses de sus desacertadas decisiones, anuladas por varios jueces: por ejemplo, los decretos antimigrantes.

Poco a poco el fervor de la propaganda rusa se venía apagando hasta volver a convertirse en antiestadounidense y antitrumpista. En tan solo tres meses los seudoperiodistas de la TV rusa, que en enero elogiaban de manera patéticamente obsesiva a Trump, ahora vuelven a la misma retórica de ataques e insultos. Por lo menos, la gente en Rusia empieza a entender que fueron manipulados y embobados.

Actualmente en los EEUU hay varias investigaciones contra la injerencia rusa en las elecciones pasadas. Queda esperar las conclusiones y que los responsables (y el responsable principal) serán castigados. Además, aun no queda claro el futuro del propio Trump – con la reciente propuesta del impeachment o juicio político – tomando en cuenta sus constantes metidas de pata, sus excusas diarias de “no me entendieron”, su inverosímil victimización y las sospechas de un tráfico de influencias nunca antes visto en la política estadounidense.

Al fin y al cabo, el sistema político y jurídico estadounidense sí funciona y suele perseguir y castigar a los que cometen delitos, a diferencia de Rusia y demás países del “tercer mundo”. Así que, a prepararse y a esperar lo que la historia nos tiene preparado.

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