La solidaridad es una disposición establemente creciente que hace mejor persona al quien ayuda con gratuidad en lo que otro no puede solucionar por sí mismo una necesidad, material o espiritual, relacionada con el pleno desarrollo humano.
Entre las condiciones para ser solidario con un ser humano están reconocer que lo es desde el inicio hasta el final de su vida, disponerse a reaccionar coherentemente con el bien que es, ejercer la capacidad de ser interpelado por la identificación de la realidad en que consiste, conocer del mejor modo posible, su necesidad, contexto y medios de los que carece para solucionarla, tener con qué facilitarle lo que se le puede aportar para su desarrollo personal en lo que depende de la solución de la necesidad, y facilitar los medios para que la persona sea más suficiente con el fin de evitar la necesidad o solucionarla en el futuro, sin que le falte, si objetivamente lo requiere, la debida ayuda de la familia, la sociedad, el Estado y la comunidad internacional.
El origen común y la experiencia de fragilidad y dependencia, facilitan ser consciente del vínculo solidario que debe haber entre los miembros de la familia humana, constituida por la unidad social básica entre cada generado con sus generantes, llamada propia y directamente familia, y ampliada en la conformación de la sociedad, que utiliza la política para coordinar las soluciones a las necesidades de todos respecto a su pleno desarrollo como realidades espiritucorpóreas.
Cuando se es solidario se crecen los bienes que son la humanidad de cada otro miembro de esta especie y la propia.
La necesidad real de otra persona puede generar el efecto de “llamada” o “deber”, respecto a un ser con quien no habíamos tenido ni siquiera una relación de cercanos virtuales, físicos, culturales o de ciertas afinidades, que estimula el deseo de solidaridad como un acto consciente y libre, que fortalece la convivencia en la comunidad y con el que se valora la existencia de los demás, asumiendo responsabilidades reales para que el bien común reconocido se traduzca en la toma de decisiones compartidas que aceleren la ayuda que se traduce en desarrollo mutuo como personas.
La persona solidaria prioriza necesidades, racionaliza recursos, no busca beneficios inmediatos, abre mejores opciones de futuro, previene nuevas necesidades o la repetición de las mismas, para la generación actual y las siguientes, logrando que el contexto vital -espiritual, físico, natural y artificial, incluyendo el digital-, ayude a crecer al mayor número posible de beneficiados, de modo sano y sostenible.
La solidaridad tiene la grandeza de la gratuidad que no es el mero dar, sino facilitar al posible beneficiado que dé todo lo que pueda de sí mismo para ser autosuficiente, reciba lo que necesite y beneficie, también del mejor modo, a quien requiere su ayuda; así se es solidario con una gama amplia de necesidades que incluye la del crecimiento espiritual a la vez que se logra la solución de necesidades físicas y se potencia el pleno desarrollo de las personas mejorando la vida en sus familias y sociedades; esta virtud trasciende más allá de la colaboración.
La solidaridad es una forma de encuentro profundo con otros seres humanos, incluso de algún modo, con los que a veces no se llega a conocer, y es ricamente transformante: en quien la practica, por el crecimiento que alcanza como persona cuando realmente busca aportar lo que necesita otro miembro de la familia humana con quien tiene en común algunas realidades referentes a su origen, razón de ser y medios para lograrla; y en quien recibe el beneficio, cuando busca respuestas a esta clase de encuentros, cercanos o distantes, haciéndolos profundos por el modo de vivir los efectos de la donación.
Es responsabilidad de todos facilitar, también por medios masivos como la informática, el desarrollo solidario de la generación actual y las futuras.
En una cultura solidaria ejemplificante, el respeto al otro no se reduce a “no daño”, “no intervención”, “no intromisión”, “no complicaciones” y “no gastos”, sino que se estimula con acciones eficaces el pleno desarrollo humano sin excepciones, causando entre otros efectos, una profunda paz que se extiende a todos los ambientes de la sociedad.
En cuanto a procurar de modo gratuito el bien necesitado que no se podía lograr a tiempo y por sí mismo, la solidaridad es un mensaje de la amistad propia de quien comparte la característica “humanidad”, a la que es inherente la sociabilidad que da unidad al género humano, aunque esta propiedad no es notada por todos.
Por su poder detonante del desarrollo humano, que es interdependiente, e intersolidario, esta forma de participación en la vida comunitaria, también cuando hay mayores necesidades, debería ser una prioridad teórica y práctica de la educación y la cultura global.
Como virtud, la solidaridad es el aporte razonable, responsable y gratuito, para solucionar necesidades de los que es posible ayudar, que estimula a vivir el primer principio ético: Haz todo el bien que puedas.
Cuando una familia se origina en la madurez del amor acrecentado cotidianamente, la solidaridad entre sus miembros es más connatural, estructural y de tal fuerza, que su lenguaje habitual es de ayuda, especialmente ante la pobreza, indigencia, horfandad, enfermedad, minusvalía, despojo por desastres sociales o naturales, ancianidad, abandono, luto, confusión, soledad, tristeza, vicio y carencia afectiva, entre otros.
Una familia solidaria es acogedora, hospitalaria, se mueve socialmente ante la carencia de otras personas y familias, decidiendo en ocasiones la adopción, aportando y estimulando al reencuentro, al recomienzo, la rehabilitación y el esmero en el cuidado de los más frágiles.
Corresponde a las familias solidarizarse con otras para lograr una política familiar y una legislación que beneficien el pleno desarrollo, en y desde cada grupo familiar, y de todo ser humano, en la sociedad local y global; un síntoma de poder lograrlo es vivir plenamente su responsabilidad con las generaciones futuras, en especial la más inmediata, que les corresponde directamente acoger y amar siempre.
Además de las familias, todos en la sociedad civil, deben ser educados, también institucionalmente -escuelas, colegios, universidades, empresas, asociaciones y grupos- para ser solidarios y ayudar a reconstruir no solo bienes, sino sobre todo, a las personas, incluyendo a quienes están con riesgo o ya dentro de la dinámica de una cadena intergeneracional de errores de convivencia afectivamente nociva, de los que con frecuencia no alcanzan a percatarse por sí mismos, o lo hacen después de sufrir traumas que pudieron evitarse.
La solidaridad responsable también se nota en el cuidado de la naturaleza, especialmente desde el mundo laboral y en los hogares.
Vale la pena pensar en nuevas formas de contribuir a la globalización de la solidaridad que, por integral incluya la solidaridad profunda.
Los contratos al margen de la ley deberían revisarse para garantizar que sean justos. Hay otros que, por las circunstancias, requieren actos de solidaridad, por ejemplo, a través de bonos. Los sindicatos podrían estudiar formas solidarias de promover laboralmente a sus trabajadores, por ejemplo, con apoyos a becas y honrando con bonificaciones los servicios relevantes al mundo del trabajo y a la sociedad, por ejemplo, a los que tienen familia numerosa. También lo pueden hacer las asociaciones de profesionales y las sociedades científicas.
Las Organizaciones no gubernamentales y los movimientos en favor de los derechos humanos, podrían ser incluidos en un análisis de distribución de recursos en función de la solidaridad social, de modos que faciliten la llegada de recursos completos a quienes más los necesitan.
Corresponde más a la sociedad internacional el trabajo solidario, especialmente respecto a las generaciones futuras, relacionado con las nuevas energías y tecnologías, su intercambio y la protección de la naturaleza.
Es solidario con las generaciones futuras diseñar un mundo humano que no deje de lado a los hijos con falsos argumentos del logro de títulos universitarios, el dinero, el mucho trabajo, ni los destruya en sus primeras etapas de crecimiento y desarrollo -la embrionaria y la fetal, ni los despoje de los beneficios de la fidelidad matrimonial, sin la que difícilmente aprenderían lo que es el pleno desarrollo afectivo. ¿Quiénes están siendo los mayores beneficiarios de los mejores años de nuestra vida? Este rediseño de las prioridades del corazón humano requiere una solución familiar y social integral, justa, solidaria y, por ser sobre la familia, amorosa.
Uno de los rasgos en que se nota la madurez de la personalidad es que el timón de sí mismo se gerencia jerarquizando todas las capacidades que se tienen de tal modo que la prioridad sea el reconocimiento del bien en que consiste cada uno de todos los seres humanos, la necesidad de enterarse de la realidad y la coherencia, voluntaria y afectiva, fruto de una jerarquización de bienes y recursos.
Lo que hace posible que demos continuidad a la solidaridad el tiempo que los posibles beneficiados lo necesiten, no es la sensación de que se debe hacer algo gratuito por quien ellos y no tienen medios para compensarlo, ni la búsqueda del agrado que causa haber ayudado, ni sentirse interpelado por el ejemplo que nos dan personas que ejercitan más cabalmente esta virtud, sino ser coherentes con la claridad con que somos concientes del bien en que consiste cada ser humano que requiere nuestra solidaridad.
Hay limitaciones y tragedias que demandan en la cabeza y el corazón de ciertas personas, actos de solidaridad por años o incluso de por vida; esto las hace capitalistas de ocasiones de crecer de modo exponencial, en su propio desarrollo en cuanto humanas y estimular el crecimiento de quienes constituyen su entorno familiar y social, e incluso llegan a ser un estímulo para las generaciones futuras.
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