Opinión

UNASUR, el sueño que no fue

En mayo del 2023, el Presidente de Colombia Gustavo Petro anunció con vehemencia y júbilo que Colombia regresaría a UNASUR. Una semana después se oficializó la nueva alianza cuando se dieron cita en Brasilia 11 presidentes de Sur América, en un intento de Lula Da Silva por liderar la cohesión de la izquierda latinoamericana. La cumbre que para ese bloque ideológico prometía unión, moneda única y la refundación del mecanismo de integración, no pudo salir peor.

La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) no murió por falta de estructura, ni por ausencia de recursos, ni siquiera por carencia de objetivos. Murió por una razón más profunda: la incapacidad de sus líderes para separar la cooperación regional de la militancia política y el viraje ideológico de los gobiernos de la región.

UNASUR nació en 2008 como un proyecto ambicioso de la izquierda de la época. Pretendía articular a Suramérica como bloque político, económico y estratégico, con voz propia en el sistema internacional. En teoría, era un mecanismo de integración pragmático; en la práctica, terminó siendo percibido como una extensión del llamado socialismo del siglo XXI. Esa percepción selló su destino.

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Pero la responsabilidad histórica es aún mayor. La izquierda regional cometió un error estratégico monumental: secuestró la idea de integración y la convirtió en patrimonio ideológico. Confundió diplomacia con militancia y cooperación con alineamiento político. UNASUR murió en cautiverio.

El giro a la derecha en Argentina y Ecuador, el colapso del proyecto progresista en Perú, el cambio de rumbo en Bolivia y ahora el nuevo ciclo político que se abre en Chile terminaron de confirmar lo evidente: UNASUR no representa a la Suramérica del 2026.

A este escenario se suma un factor decisivo: Colombia podría elegir un gobierno de derecha este mismo semestre. Si ese giro se concreta, el aislamiento definitivo de UNASUR será un hecho político irreversible. Colombia no es un actor menor en la arquitectura regional; su peso diplomático, económico y estratégico ha sido clave en cualquier intento de integración suramericana. Un cambio de rumbo en Bogotá no solo confirmaría el colapso del consenso ideológico que sostuvo a UNASUR, sino que cerraría la puerta a cualquier proyecto serio de resucitarla. Con Colombia alineada al nuevo ciclo político regional, UNASUR dejaría de ser viable para convertirse, formalmente, en un vestigio del pasado.

UNASUR fue otro fracaso diplomático de Petro, quedó abandonada por los gobiernos de izquierda cuando dejó de servir a su narrativa. Hoy nadie habla de ella.

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