Ya lo venía anunciando hace más de un año The New York Times: los encuentros con autores se estaban convirtiendo progresivamente en los eventos más cotizados de la agitada vida social de la ciudad. Una transformación silenciosa hacia la “premiumización” de la literatura que está siendo decididamente impulsada por los grandes jugadores del mundo de las librerías a través de propuestas basadas en experiencias más exclusivas, donde con grupos pequeños se pretende dar una sensación de selectividad a la audiencia y en el que, a cambio de una entrada de valor fluctuante, se consigue un diálogo más cercano con aquel escritor que tanto nos gusta. La idea se ha replicado con inesperado éxito y ahora constituye el modelo de negocio imperante en la industria en varias capitales.
La tarifa a sufragar depende tanto del organizador como del invitado, por supuesto. En algunos casos el importe es prácticamente simbólico, como los cinco dólares (aprox. $16.000) de media en McNally Jackson que se convalidan si en su lugar compras el ejemplar correspondiente del libro objeto de la presentación, y pudiendo llegar hasta los casi 36 dólares (aprox. $113.000) en la céntrica Strand de Union Square por ver a Malala Yousafzai (Nobel de Paz 2014) hablando sobre su más reciente autobiografía. Otros, como The Center for Fiction en Brooklyn, incluyen la compra obligatoria de la obra protagonista a manera de complemento separado del tiquete, bien para asistencia física como online, mientras que sus vecinos más alternativos de Books Are Magic ofrecen una tarifa plana de once dólares (aprox. $35.000) totalmente consumible en la misma librería.
Lo que más duele de esta tendencia es que haya ganado tracción entre las librerías, espacios que uno esperaría abiertos a cualquiera, pues la industria editorial no está exactamente para ponerse exquisita rechazando clientes. Una historia muy distinta son los festivales literarios o los conversatorios auspiciados por bibliotecas o centros culturales donde se entiende que la propia interacción con el autor en vivo, y no la venta de sus ejemplares (que por lo general suele estar tercerizada con un proveedor de la zona), es el producto que se intenta vender, independientemente de que como resultado de éste la obra consiga o no la tan anhelada promoción comercial que busca.
Lo cierto es que todo parece indicar que este cambio de dinámica vino para quedarse, pues está demostrando su efectividad al conseguir lleno total en recintos de todo el mundo y hasta para charlas insólitamente exóticas, como a la que asistirá el reconocido actor Michael Douglas en el Southbank Centre de Londres en octubre para hablar, también como Malala, sobre su autobiografía y cuyas entradas de primera fila a 97 libras (aprox. $412.000) se agotaron en cuestión de horas.
Un éxito nefasto que introduce un componente de elitismo artificial que sólo contribuirá a acentuar la brecha monetaria que separa a los lectores entre ellos, y que paradójicamente cada vez parece más deseada por un sector del mercado, acentuando las desigualdades sociales en una industria con barreras de entrada ya de por sí considerablemente elevadas por el precio de los libros.
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