La imagen de Juan Manuel Santos de la mano de una Ingrid Betancourt recién rescatada de las garras de la guerrilla lo consagró en julio de 2008 como la encarnación de la política de Seguridad Democrática del Gobierno de Álvaro Uribe, que en ocho años devolvió al Estado el control de un país sojuzgado por los grupos armados y el narcotráfico.
Con Santos al frente del Ministerio de Defensa, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sufrieron los golpes más devastadores de sus cuatro décadas de existencia. Por eso, cuando se supo que Uribe no podía optar a un tercer mandato, se daba por hecho que este abogado y economista de 58 años, formado en Londres y en EE UU, tendría una carrera sin obstáculos hacia la presidencia con el oficialista Partido de la Unidad Nacional. Sin embargo, la entrada en el juego de un outsider, el matemático Antanas Mockus, ha dado un vuelco a la campaña que culmina el próximo domingo. Los sondeos pronostican un empate y segunda vuelta.
Respuesta. La verdad es que no me he preocupado por eso. Me he preocupado por intentar explicar a los colombianos que hoy, gracias a la mejora en la seguridad del país, tenemos la oportunidad de avanzar mucho más en otros frentes como el empleo, la lucha contra la pobreza, la educación y la salud.
R. En ese sentido puedo ser víctima de mi propio éxito, sí. Pero al mismo tiempo, mi pasado profesional es más económico. Yo fui ministro de Hacienda entre 2000 y 2002, en un momento crítico de la economía colombiana, y fui ministro de Comercio, abrí los mercados con Venezuela, Ecuador, EE U… Eso es parte de mi desafío: transmitir que sé más de economía que de seguridad.
R. Eso es lo que han querido mis enemigos, pero yo no me inventé los falsos positivos, yo los acabé. Yo fui el que tomó las decisiones contundentes que han hecho que desde noviembre de 2008 las denuncias hayan caído drásticamente, a tal punto que la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU dijo que lo que habíamos hecho era ejemplar. Pero eso no impide que me traten de salpicar con todo. Es parte de la política.
R. Puede haber algo de eso, pero también hay que tener en cuenta que yo no soy Uribe. Y si los colombianos están cansados de un determinado estilo de gobernar, en eso pueden quedarse tranquilos, porque yo tengo el mío propio.
R. Sin duda, porque no me ha permitido tener el tiempo que han tenido los demás candidatos para hacer campaña. Pero no tengo ningún reclamo que hacer a nadie. Desde el principio dije que si el presidente se presentaba, yo no lo haría, y me atuve a esas reglas del juego que yo mismo me impuse.
R. No consideraría yo que ser el heredero de una persona que tiene el 75% de popularidad sea un lastre.
R. Sí, es curioso. Algunos dicen que es una paradoja, y otros dicen que es una ironía, que las clases altas sean las que más favorecen a Mockus y que las clases bajas me estén apoyando a mí, y eso es cierto, todas las encuestas lo señalan. Yo diría que los pobres son más agradecidos que los ricos. Los ricos han sufrido menos la violencia que los pobres. Además, mi programa está muy focalizado en mejorar la situación de los estratos más bajos, y eso ha calado.
R. No sé si un peligro, pero lo que pasa es que no ha sido muy claro en sus planteamientos, y la gente está temerosa. Yo lo respeto, pero no he podido descubrir bien qué es lo que quiere.
2017-03-15
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