Opinión

Suscrito a la resistencia

Conforme los avances tecnológicos se suceden, y el mundo progresivamente completa su metamorfosis de lo analógico a lo digital, los formatos físicos de la multimedia que consumimos empiezan a desvanecerse lentamente, como cabía esperar, hasta verse rezagados a tiendas de segunda mano que, con precios irrisorios en su mayoría, intentan rascar los últimos pesos que se les puedan extraer.

En su lugar, y con una cada vez más preocupante regularidad, se vienen imponiendo modelos mensuales de pago por suscripción para el acceso a sus sucedáneos modernos. Una tendencia que ha fagocitado a casi toda la industria cultural y frente a la cual los libros parecen ser la última frontera capaz de aguantar impertérrita su avance.

Pensémoslo así: varios de los principales artefactos que hace un par de décadas solían contener el entretenimiento que actualmente seguimos disfrutando han desaparecido hasta prácticamente hacerse imposibles de encontrar. Tal es el caso de los CDs para la música, los DVDs para las películas o de los cartuchos para videojuegos.

En la actualidad regalar cualquiera de estos hobbies en Navidad o con ocasión de algún cumpleaños se ha vuelto un acto tan insípido como compartir un código alfanumérico o descargar cierto contenido a la cuenta en línea de la persona homenajeada. Facilidades prácticas de carácter técnico que han simplificado las ocasiones especiales a una mera transacción comercial y que han hecho tanto daño como el provocado por la popularización del nefasto negocio de la lluvia de sobres.

Este fenómeno tiene implicaciones tanto económicas como filosóficas, pues al no poder disponer de la copia física, la misma operación que antes nos hacía dueños eternos de la materialización de cierta propiedad intelectual, ahora nos transforma en meros beneficiarios temporales de un servicio.

Es decir, en lugar de tener la colección completa de películas de Misión Imposible para exponerla en mi repisa y verla cuando quiera, ahora sólo puedo acceder a los catálogos digitales de un proveedor de streaming que las tendrá disponibles durante cierto tiempo. Esto añade una capa adicional de ligereza a la vida contemporánea, en la que ya no poseemos nada y, por el contrario, nos vemos forzados a gastar más dinero que nunca para acompañar nuestra existencia con algo de cultura.

La irrupción del streaming ha sido el gran responsable de esto, pues transformó drásticamente los hábitos de consumo y de ahí la relevancia de que iniciativas similares en la industria editorial, como Kindle Unlimited de Amazon, hayan fracasado. Mientras el libro impreso continúe siendo el rey del formato, su existencia está garantizada y nuestra capacidad para ser propietarios de uno seguirá indemne, una cuestión no menor visto lo visto.

Permitir que modelos de pago recurrente tipo Netflix aterricen con éxito en el mercado literario no implicará un necesario abaratamiento de los costos para los lectores, como se ha intentado vender, pero sí pondrá en peligro la viabilidad de toda la cadena de producción, incluyendo a las librerías mismas.

Ya puestos a elegir suscripciones, prefiero estar suscrito a la resistencia del papel, una que privilegia la materialidad, lo tangible, lo asible, lo real.

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