Hace como seiscientos años Pedro Martínez de Luna habitó el Castillo de Peñíscola, levantado sobre monumental roca a la vera del limpio mar azul mediterráneo, en condición de sumo pontífice católico.
Aragonés, mejor conocido como el Papa Luna, fue elegido soberano entre cardenales por veintiún votos contra veinte y, desconocida su real legitimidad por ciertos príncipes curiales italianos, terminó siendo uno de los tres vicarios que a la vez rigieron la iglesia.
Reinó bajo el nombre de Benedicto XIII y sufrió persecución enconada de sus émulos, llamáranse Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII, Alejandro V o Martín V, asegurando algún historiador que este último mandolo envenenar por cuenta de la unificación del trono y por ahí derecho de la posesión del Códice Imperial, tan perdido desde entonces como el propio anillo papal que dicen reposa en el fondo del mar.
El Códice, a la vez sagrado y prohibido cuya autoría le asignan al emperador Constantino, contendría misterios que podrían comprometer la vigencia terrena de la iglesia, enigma que se mantendrá por los siglos de los siglos dado que jamás ha sido hallado entre tapias, subterráneos y lugares los más recónditos de la sede de Peñíscola.
Luna, cultivado y austero, tomó por plaza fuerte la Turris Papae. Allí pasaba los días en la solitaria compañía de Aristóteles, Averroes, Maimónides, Ovidio, Petrarca, Santo Tomás, Séneca, las Escrituras, el derecho canónico bajo cuyo articulado defendió hasta el último de sus días la legitimidad de su tiara.
Obstinado, sabiéndose el Papa auténtico, de pleno derecho, este Benedicto, y es a lo que vengo, esculpió en la memoria de las sucesivas generaciones, hasta hoy, la propia inexpugnable convicción en una frase transmitida por la tradición oral, pronunciada siempre que fué invitado a declinar el ejercicio de los deberes pontificios: “yo sigo en mis trece”, decía.
Y murió en sus trece porque fue Papa hasta su muerte natural. Lo sucedió en la sede apostólica otro aragonés, Gil Sánchez Muñoz, Clemente VIII, segundo Papa de Peñíscola, ostentando el cargo por cinco años, para finalmente abdicar y poner fin al Cisma de Occidente. Este no tuvo trece, solo dejó un relicario digno de mostrar.
Tiro al aire: la testarudez se hereda y la ejercen corregida y aumentada pontífices, gobernantes y hasta las señoras: las propias, las ajenas y las prestadas. @franjagalvis
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