Opinión

Me invadió la tristeza, no lo niego…

Me invadió la tristeza, no lo niego… Por esas cosas de la vida que uno no sabe explicar, llegaron a mi mente recuerdos de mi infancia. Recordé la casa de mi niñez con sus baldosas de colores: verdes, rojas y amarillas.

Hoy, todos los pisos son de un solo color, como los carros, todos son grises; parece que se acabaron los colores. También recordé la sopa de arroz con patas de gallina que hacía mi madre, los frijoles y las arepas redondas.

Vino a mi mente la escuela, el viejo pupitre de madera de dos puestos donde nos sentábamos con un compañerito; imposible negar la tristeza que sentí al recordar a mis amigos y los paseos escolares. La escuela contrataba buses y nos llevaban a un centro vacacional y recreativo muy conocido en la ciudad —Comfama—. Ir a Girardota o Rionegro era algo inolvidable; para nosotros eran paseos a tierras lejanas.

La noche anterior no dormíamos añorando la hora de salida, mi madre nos preparaba el fiambre para el viaje; arroz, huevo cocido, tajadas de plátano maduro, un migado de papa con hogao, y algunas veces, espaguetis. Ah, y nos empacaba una naranja y un limón para el mareo. Éramos tan felices, disfrutábamos los paseos de la escuela, en la cuadra jugando con los amigos, en la casa viendo caricaturas en un televisor a blanco y negro. Recordando mi felicidad, me invadió la tristeza.

Me senté frente al computador para revisar mi correo y agradecer a todos aquellos que leen mis artículos, pero la tristeza seguía invadiendo mis espacios. Al abrir mis redes sociales y analizar algunas publicaciones, sentí que otrora mi alegría era real, una alegría genuina, auténtica, no fingida. Tristemente, hoy vivimos en la era de la felicidad obligatoria; así lo demuestran las redes sociales.

Basta con abrir Facebook durante un par de minutos para ser bombardeados por un desfile interminable de sonrisas perfectas, vacaciones idílicas, parejas únicas, familias ejemplares y éxitos profesionales en todas las áreas. Facebook se ha convertido en el gran mercado de las apariencias, un espacio donde el «ser» ha sido completamente devorado por el «aparentar»; aparentar una felicidad, en muchas ocasiones, inexistente.

Lo que yo veo es que, en ese ecosistema digital, nadie tiene un mal día, todos son felices, nadie fracasa y nadie se preocupa por el dinero.  Sin embargo, estoy por creer que detrás de esas pantallas brillantes no hay vidas perfectas; lo que hay es un enorme escenario donde todos interpretan a un personaje que dista mucho de su realidad. No pretendo juzgarlos a todos, pero creo que las personas allí no se muestran como son, sino como les gustaría que los demás los vieran. Con una agilidad increíble esconden las deudas, las discusiones de pareja, la monotonía… Nadie llora, todos parecen vivir bien.

Entre más miraba las redes sociales, más pensaba en mi felicidad. Si Facebook simula la felicidad emocional, Instagram es la capital de la riqueza ficticia. En Instagram, todo el mundo es millonario, adinerado o exitoso. Se ha creado una cultura donde el valor de una persona se mide por su capacidad para aparentar una vida de lujos y excesos, convirtiendo la opulencia material en el único estándar de éxito válido. Las personas salen en los mejores restaurantes, las fincas más exóticas y los carros más lujosos. ¿Será qué en la vida real, lejos de las apariencias de las redes sociales, la gente es tan feliz como aparenta, tan bonita como se ve, o tan chistosa y sociable como demuestra ser?

Dejé a un lado el computador, caminé hacia el balcón, observé la ciudad y me pregunté: ¿es real tanta felicidad? La verdad, creo no ser un amargado, pero tampoco soy tan feliz como se ven las personas en las redes sociales. No sé de dónde sacan tanto dinero para asistir a fiestas, bares, discotecas, restaurantes, fincas… Considero que vivo de forma normal, común y corriente; sufrago mis gastos y me queda poco dinero para hacer todas esas cosas que veo en las plataformas digitales. La felicidad debería ser el fin único de la condición humana: vinimos a ser felices, no a ser desgraciados comparándonos con los demás y tratando de seguir estereotipos sociales. Yo soy y quiero ser feliz, pero sin aparentarle nada a nadie; mi felicidad no puede depender del otro. La felicidad está dentro de uno; en la soledad también se puede ser feliz. No podemos confundir felicidad con algarabía.

Dejé de mirar la ciudad desde el balcón, volví a entrar y me reconcilié con mi nostalgia. Respiré hondo tres veces y entendí que la verdadera felicidad no habita en las pantallas ni se mide en los me gusta, en lujos exhibidos o en sonrisas fingidas; habita en la memoria limpia, en la paz de ser uno mismo y en la libertad de no tener que demostrarle nada a nadie.

Pensé de nuevo en mi niñez y en lo feliz que era jugando sin necesidad de acceder a la tecnología. Era más feliz cuando no había celulares y nadie vivía pendiente de mí ni yo de nadie. Quizá los pisos de las casas y los carros de hoy sean de un solo color; quizá la vida moderna haya perdido su colorido. Tarde entendí que esta sociedad me exige actuar en un teatro de apariencias, pero yo digo no: prefiero mil veces la imperfección de mi realidad cotidiana —deudas, conflictos, desamores, discusiones, necesidades— que las apariencias estúpidas en redes sociales con amigos ficticios.

Coda; Roberto Carlos cantó: “Quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar…” Hay quienes tienen hasta cinco mil amigos en las redes sociales y no se conocen.

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