La polémica literaria de la semana viene por cuenta del más reciente artículo de Angelina Mazza en The New York Times titulado “¿Qué hace TikTok en este libro de 2006?”, un texto corto que desvela cierta práctica editorial de cuya existencia sencillamente no tenía ni la más mínima idea y sobre la que ahora no puedo dejar de pensar: la modernización de los libros. Que no es otra cosa que la intervención directa del cuerpo de la obra, normalmente muchísimos años después de su publicación original y con autorización previa de su autor, para realizar ajustes puntuales que la adapten a los tiempos que corren, esto a través de la actualización de ciertas referencias culturales que pueden sentirse desfasadas, buscando así que el libro sea más atractivo para sus potenciales nuevos lectores.
Esta dinámica de edición posterior no es nueva, por supuesto, pero ha sido fuertemente criticada con ocasión de la última reimpresión de la saga de novelas “Pretty Little Liars”, mucho más conocida en nuestro país, tal vez, por la serie que lleva el mismo nombre. En esta, algunas menciones hechas a eventos de la cultura popular de principios del siglo han sido reemplazadas por referentes más contemporáneos, como TikTok, lo que ha dividido al público entre quienes creen que se trata de un ejercicio necesario para enganchar a las nuevas generaciones, so pena de abandonar la lectura por encontrarse perdidas en un remolino de nombres que no les dicen nada, y quienes sostienen que simplemente se trata de un sacrilegio que despoja a la historia del contexto generacional en el cual fue concebida.
Y es que la creación de narrativas atemporales que no envejecen al ser imposibles de fechar, como bien lo expone Mazza en su artículo, parece ser la principal obsesión hoy por hoy de los grandes grupos editoriales. De ahí que muchos recomienden a sus autores no incluir en sus manuscritos productos tecnológicos que bien podrían estar descontinuados en un par de décadas o comentar relaciones entre famosos que al primer escándalo podrían saltar por los aires. Un juego de curiosas normas de estilo que, evidentemente, interfiere con la labor creativa en nombre de la supuesta longevidad comercial de la obra misma. Algo que tampoco está del todo medido aún con datos estadísticos y que da por sentado, como una mera suposición, que la generación Z dejará de lado un texto sólo por ver la palabra “discman” en él.
Por mi parte considero que el añejamiento natural de un relato, atrapado en los confines temporales dentro de los cuales se construyó, es un personaje más que nutre el universo del autor, tal y como también lo viene siendo su localización espacial. Todos en algún momento nos hemos encontrado con un libro que nos habla desde épocas distintas a la nuestra y no por ello le hemos dado la espalda, sino que, al menos en mi caso, esto despierta un factor ya sea de nostalgia o de curiosidad. Condenarnos a la forzosa actualidad es un maquillaje barato que empaña la historia y nos distrae de lo importante.
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