Son muchos los que aman a los pájaros, pero es raro que ese afecto sea recíproco. En ese sentido, una niña de Seattle, Estados Unidos, tiene más suerte que la mayoría. Alimenta a los cuervos de su jardín y estos le traen regalos a cambio.
Gabi Mann, de 8 años, coloca una caja sobre la mesa del comedor y le quita la tapa. Allí está, es su más preciada colección.
“Puedes acercarte y mirar”, dice, “pero no toques”. Es una advertencia más adecuada para un hermano pequeño, así que se ríe nada más decirla. Está contenta de tener audiencia.
Dentro de la caja se alinean bolsas de plástico transparente con pequeños objetos en su interior. Una de ellas guarda una bombilla. Otra, pequeñas piezas de vidrio marrón gastadas por el mar. “Cristal de botella de cerveza”, escribió Mann en la etiqueta.
Los objetos están envueltos uno por uno y colocados por categorías. La niña retira la cinta adhesiva negra de uno de los paquetes etiquetados y muestra lo que contenía en su interior. “Los mantenemos en las mejores condiciones que podemos”, señala, antes de hacer saber que el objeto, un corazón perlado, es uno de sus favoritos.
Una diminuta bola plateada, un botón negro, un clip azul para papel, una cuerda amarilla, un pedazo desteñido de espuma, una pieza de Lego azul… La lista de “regalos” es interminable.
Fuente: BBC
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