Opinión

Los mantras políticos

Cuando una palabra repetida termina sustituyendo al argumento

A Joseph Goebbels, jefe de propaganda de Hitler, se le atribuye una frase que terminó convirtiéndose en uno de los lugares comunes sobre la propaganda: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. La frase, como tantas otras que circulan convertidas en certezas, merece también ser comprobada. Y ahí comienza precisamente esta columna.

En tiempos de batalla cultural y guerra de narrativas, la disputa política ya no se libra únicamente con argumentos, programas o resultados. También se libra con palabras. Algunas se repiten hasta conseguir que dejen de parecer afirmaciones que necesitan demostración y comiencen a funcionar como verdades asumidas. No se trata necesariamente de mentir; basta muchas veces con deformar la realidad, simplificarla o reducirla a una etiqueta suficientemente fácil de recordar.

Por eso, hoy solo pretendo extender una invitación: cuando escuche en un discurso una frase repetida varias veces, desconfíe de ella. Siga el hilo, contraste lo dicho con otras fuentes, pregúntese qué significa realmente la palabra utilizada y, sobre todo, busque los hechos que deberían sostenerla.

En distintas tradiciones religiosas y espirituales, los mantras son palabras o fórmulas que se repiten para concentrar la mente, producir determinados estados interiores o acompañar prácticas espirituales. En política, la repetición parece cumplir una función diferente: no necesariamente tranquilizar la mente, sino agitarla.

La política descubrió hace mucho tiempo que las palabras también construyen poder. Antonio Gramsci reflexionó ampliamente sobre la importancia de la cultura, la educación, el lenguaje y la construcción de hegemonía; Michel Foucault, por su parte, estudió la relación entre poder, saber y los mecanismos mediante los cuales determinadas sociedades establecen qué discursos son reconocidos como verdaderos. No hace falta convertir sus ideas en consignas para comprender algo elemental: quien consigue imponer las palabras con las que una sociedad interpreta la realidad obtiene una ventaja enorme para interpretar esa misma realidad.

Así, es fácil identificar en el discurso progresista la repetición de expresiones como “fachos”, “fascistas”, “nazis”, “antiderechos”, “racistas”, “machistas”, “misóginos” y un largo etcétera. Algunas veces esas palabras describirán hechos reales; otras, serán simplemente etiquetas utilizadas para descalificar al adversario. El problema comienza cuando la etiqueta sustituye la demostración y la repetición consigue que ya nadie se pregunte si aquello que se afirma es cierto.

Pero los diversos colores políticos también han aprendido el poder de las palabras. La derecha tiene sus propios términos, sus propias etiquetas y sus propios mantras. Por eso, el problema no pertenece exclusivamente a una ideología: aparece cuando una palabra deja de describir una realidad para comenzar a sustituirla.

En Colombia, mientras el progresismo intenta conservar influencia y recuperar terreno político, hemos visto nuevamente esa disputa por el lenguaje. Gustavo Petro mantiene una presencia permanente en medios y redes sociales, mientras sectores que lo respaldan buscan matizar los fracasos de su administración y, al mismo tiempo, construir sobre el nuevo poder político una narrativa capaz de cuestionarlo desde el primer día.

Hace pocos días, ante la aparente incoherencia de Claudia López, quien durante la presidencia de Gustavo Petro llegó a acusarlo de haber traicionado varias veces al progresismo y afirmó que ella no era como la mujer golpeada que vuelve al maltrato, la exalcaldesa parece haber retomado el diálogo político con el expresidente. Lo llamativo es que, en una entrevista en Caracol Radio, López calificó como “errores” algunos de los recientes escándalos que involucran al entorno de Petro y sostuvo que este debía “disculparse”, mientras que al proyecto de Abelardo de la Espriella y a la derecha, con apenas un mes de gobierno, los calificó repetidamente como “mafiosos”, “mafiosongos” y “corruptos”: más de 10 veces en 27 minutos.

El fenómeno también puede observarse en Medellín. Durante un discurso de oposición en la instalación de sesiones del Concejo, el concejal José Luis Marín utilizó expresiones relacionadas con “autoritario” y “autoritarismo” para referirse al alcalde Federico Gutiérrez en 20 ocasiones durante 18 minutos.

No pretendo con ello demostrar que Claudia López o José Luis Marín estén equivocados en sus críticas. Tampoco que quien repite una palabra esté necesariamente manipulando a quien lo escucha. Lo que pretendo es llamar la atención sobre el mecanismo: ¿cuándo una palabra deja de describir un hecho y comienza a reemplazarlo?

Porque decir que alguien es corrupto exige demostrar actos de corrupción. Decir que alguien es autoritario debería conducirnos a identificar decisiones, comportamientos o actuaciones concretas que permitan sostener esa afirmación. Decir que alguien es fascista, nazi, mafioso, racista o antiderechos no debería cerrar la discusión, sino abrirla.

Ese debería ser precisamente el trabajo de quienes informamos y de quienes escuchamos: preguntar qué hay detrás de la palabra.

La política puede convertir una palabra en un arma. Pero el periodismo, y también el ciudadano, tienen la obligación de preguntarle qué hay detrás de ella.

Porque cuando el adjetivo reemplaza al dato, la discusión deja de ser sobre la realidad y comienza a ser sobre quién consigue imponer su relato sobre ella.

Y ahí radica el verdadero poder de los mantras políticos.

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Minuto30.com

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