Opinión

Los fuertes hacen lo que pueden; los débiles sufren lo que deben

Triste y cierto, casi tres mil años después de que lo afirmara Tucídides, general y historiador ateniense.
Es verdad que cuando se impone la voluntad del fuerte, son los frágiles los que más sufren. Sin la protección del estado de derecho, del imperio de la ley, los más vulnerables no tienen como defenderse de las feroces dentelladas de los poderosos. Ahora, el único sistema político que tiene el principio de igualdad frente a la ley como columna vertebral, el único en que impera la ley y no la voluntad desbordada del gobernante, es la democracia. Ninguno otro. Imperio de la ley, estado de derecho, democracia, están indisolublemente unidos. Simbiosis vital. Sin uno no existen los demás.

Desde la emergencia de la democracia, desde su surgimiento, se estaba construyendo un nuevo orden en el que predominaba la norma jurídica, común para todos, y no la ley del más fuerte. No debería olvidarse jamás que el imperio de la ley, el estado de derecho, la democracia, han sido avances inconmensurables para la humanidad y, en especial, para los más vulnerables, los más desprotegidos, los más débiles.

Es triste también porque después de varias décadas de avances viene produciéndose un marcado retroceso de la democracia. Las evaluaciones para el 2024 del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral IDEA, marcan una erosión del sistema democrático en el 55% de los países examinados, con retrocesos en al menos una de las categorías evaluadas -derechos sociales, representación política, participación y estado de derecho. Solo un 30% mostraron alguna mejora. El estudio muestra también un empeoramiento de la credibilidad en los sistemas electorales, en su punto más bajo en los últimos treinta años. De la mano del populismo de todos los colores, se erosiona la democracia.

El asunto es tan grave que el que debiera ser el líder democrático de Occidente, el presidente de los Estados Unidos, no teme decir de sí mismo que es “un dictador” porque, según él, “a veces se necesita”. No lo es, pero después de su declaración de Davos queda clarísimo que quisiera serlo. Y no lo es porque no puede, porque en su país no se lo permiten, lo que ratifica la importancia de contar, allá como acá, con instituciones fuertes, capaces de preservar su autonomía e independencia y de cumplir su papel de freno y contrapeso del frecuentemente excesivo poder presidencial.

Que a Trump no le de vergüenza identificarse a sí mismo como un dictador dice mucho del deterioro democrático global y del propio Trump. Explica también su simpatía por Putin, su comportamiento de matón de barrio y su desprecio por las alianzas que se construyeron a partir de la Segunda Guerra Mundial en torno de los Estados Unidos. Amenazar, como ha hecho, a otros miembros de la OTAN, es prueba de su desprecio por los valores de Occidente y por la historia misma del liderazgo mundial de su país.

Es preciso, sin embargo, hacer algunos reconocimientos. Trump también ha dejado en evidencia las insuficiencias del derecho internacional y las miserias de muchos organismos internacionales y de la misma Naciones Unidas. A diferencia del derecho interno, el derecho internacional adolece de mecanismos efectivos para asegurar su cumplimiento. Es un derecho cojo, para decirlo de alguna manera, cuya fuerza proviene de la legitimidad moral de sus normas, no de su capacidad de coacción, de la posibilidad de usar la fuerza para asegurar su cumplimiento.

Los alegatos de la izquierda a favor de una soberanía abstracta y de una teórica capacidad de acción internacional consensuada son patentemente hipócritas y una excusa para preservar el status quo. Nada hizo la comunidad internacional por la democracia en Cuba, Nicaragua o Venezuela, para hablar de lo que nos toca más de cerca, a pesar de la Carta Democrática Interamericana que establece que en nuestro Continente la democracia es un derecho de los pueblos y el fundamento indispensable para el ejercicio de los derechos y libertades fundamentales. Con base en el alegato “soberano”, un grupito minúsculo de comunistas ha detentado el poder sin límites, ha violado sistemáticamente los derechos humanos de sus poblaciones y ha sometido a la pobreza y al hambre a la inmensa mayoría de sus habitantes.

Puede ser que a Trump no le importe el retorno de la democracia en esos países y que sus únicos intereses sean económicos y geoestratégicos, pero sin él Maduro aún seguiría orondo en Caracas. Más temprano que tarde, la transición a la democracia en Venezuela será una realidad. Como, sin el petróleo venezolano, lo será también la caída del espanto habanero tras casi 70 años de represión, violencia y hambre. No es poca cosa. Si además algún día colapsa la teocracia terrorista de Irán, será mucho lo que el mundo tendrá que agradecerle al troglodita.

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Minuto30.com

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