El Atanasio Girardot no perdonó. Cuando Juan Guillermo Cuadrado pisó el césped con la camiseta de Millonarios, un sector de la hinchada del ‘Rey de Corazones’ lo recibió con silbidos, insultos y esa palabra que en el fútbol colombiano duele más que una falta dura: “pesetero”. Le dijeron traidor, mercenario, vendido. Le recordaron, a gritos, que él mismo había dicho que quería cerrar su carrera en el equipo que lo vio nacer: el Deportivo Independiente Medellín.
La escena es potente, emotiva y, sobre todo, profundamente injusta.
Cuadrado no le debe lealtad eterna a nadie. Es un profesional que ha recorrido el mundo, ha ganado títulos, ha representado a Colombia con dignidad y, a sus 37 años, tiene todo el derecho de decidir dónde y cómo termina su carrera. Que haya elegido Millonarios en lugar del Medellín no lo convierte en traidor. Lo convierte en dueño de su destino. ¿Desde cuándo un jugador tiene la obligación de jugar donde la hinchada se lo ordene? ¿Acaso el contrato se firma con la tribuna o con el club que le ofrece condiciones reales?
La respuesta es clara: no. El jugador no es propiedad de los sentimientos colectivos. Es un trabajador con una carrera finita, con familia, con proyectos y con la legítima aspiración de cerrar su ciclo en las mejores condiciones posibles. Exigirle que se quede “por amor” cuando el club no puede sostener su salario es, cuando menos, hipócrita.
El caso no es nuevo. Juan Fernando Quintero también miró hacia Barranquilla y se fue al Junior en lugar de volver al Medellín. Entonces también hubo quejas, también se habló de “falta de compromiso”. Y el patrón se repite: la hinchada se enfurece con el jugador mientras la dirigencia se esconde detrás del romanticismo del “amor por la camiseta”.
Aquí está el verdadero nudo. La molestia no debería apuntar a Cuadrado ni a Quintero. Debería apuntar a una dirigencia que no tiene músculo financiero para competir por jugadores de ese nivel. El dueño del Medellín, por más hincha que sea, no tiene la capacidad de sostener salarios del orden de Cuadrado o Quintero al mismo tiempo. Y eso no es un secreto: es una realidad contable. Tener el club como capricho familiar como los Giraldo, por amor al rojo que dicen tener, puede ser conmovedor, pero no alcanza para pelear de tú a tú en un fútbol cada vez más exigente. El ‘Medallo’ necesita inversionistas con capital real, no una estructura que se aferra al equipo como quien no quiere soltar un juguete emotivo.
Mientras tanto, la hinchada descarga su frustración en el jugador que se va, en lugar de dirigirla hacia una defensa como la que se tiene en estos momentos que en muchos partidos parece perversa (sí, perversa: desordenada, vulnerable, incapaz de sostener el resultado) y hacia una nefasta dirigencia que se niega a abrir el capital o a vender cuando es evidente que el modelo actual no da más. Las rechiflas a Cuadrado son el síntoma de una enfermedad más profunda: la incapacidad de aceptar que el amor no paga nóminas ni construye planteles competitivos.
Cuadrado no traicionó al Medellín. El Medellín, en cambio, sigue traicionando su propia ambición al aferrarse a una estructura que no puede competir. El jugador es libre. La hinchada tiene derecho a molestarse. Pero la razón, en este caso, no está en la tribuna que silba. Está en el profesional que decide, y sobre todo en la dirigencia que no da las condiciones para que ese profesional se quede.
Las rechiflas en el Atanasio sonaron fuertes. Lástima que apuntaran al blanco equivocado.
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