Opinión

Las narrativas del odio

Según las cifras de la Policía Nacional, en Colombia se cometieron 3.090 homicidios en el primer trimestre de 2023, perpetrados, en su mayoría, por grupos criminales de toda laya, pero hermanados por el narcotráfico.

Algunos ejemplos: En Segovia y Yarumal, Antioquia; en San Pablo, Bolívar y en Chinú, Córdoba, se cometieron 9 asesinatos, los mismos que en Codazzi, Cesar.

En Andes, Antioquia fueron 10; 12 en Ciénaga, Magdalena y en Ciudad Bolívar, Antioquia; 13 en Corinto, Cauca; 14 en Montenegro, Quindío y en Tumaco, Nariño; 15 en Zona Bananera, Magdalena; 16 en Saravena, Arauca; 17 en Patía, Cauca; 22 en Jamundí, Valle, y 23 en Santander de Quilichao, Cauca.

¿Por qué este recuento? Porque siento el deber de responder a los sesgos en la reciente columna de Alfredo Molano Jimeno en El Espectador, “El paramilitarismo volvió a Codazzi”, advirtiendo que tengo un predio rural en ese municipio, que he convertido con esfuerzo en ejemplo de lo que puede hacer la ganadería por la restauración de la naturaleza, sin dejar de existir ni de ser productiva.

En principio, ¿por qué Codazzi?, si hay tantos municipios con más homicidios. ¿Por qué la apurada conclusión sobre los perpetradores? Un panfleto al lado de un cadáver, cualquiera lo pone y, por tanto, no se puede asumir lo presunto como verdadero, cuando las autoridades manifiestan no tener nada claro.

Hay indicios de la expansión del Clan del Golfo, que no tiene mayores intereses en Codazzi, pues allí no hay coca, aunque pueda haber ya violencia microtraficante, pues su población (59 mil habitantes en 2018), contra lo que afirma Molano, ya no cabe en la Plaza de Bolívar.

El gran sesgo, sin embargo, está en la obsesión sobre el “para-militarismo”, que existió efectivamente, como asociaciones entre grupos de autodefensa y militares para combatir las guerrillas comunistas, pero se desmovilizó durante el gobierno Uribe, como bien afirma Molano, aunque luego sale con que “nunca se acabó. Solo se transformó”.

Transformarse es convertirse en otra cosa; ¿en qué se convirtió el paramilitarismo? En mafias narcotraficantes, así el Clan del Golfo quiera lavarse la cara con la absurda autodenominación de “Autodefensas Gaitanistas de Colombia”, y algunos “formadores de opinión” insistan en “deformarla”, resucitando demonios donde solo queda uno: el narcotráfico.

El escrito de Molano hace honor al nombre de su columna: “Hojas sueltas” pegadas con un sesgo obsoleto y mucho de intencionalidad. No es un secreto que, gracias a las narrativas del odio, en el sentir colectivo quedó una asociación nefasta: paramilitarismo – ganaderos, estigma injusto frente a la realidad de más de 600 mil colombianos dedicados a la noble labor de alimentar al país.

Flaco favor le hace a la paz todo aquel que dice defenderla, mientras se obstina en alimentar narrativas de odio que han enfrentado a los colombianos durante décadas.

@jflafaurie

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Minuto30.com

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