El anuncio fue rimbombante un incremento del 23%, el más alto en décadas, fijando el salario mínimo en 1.750.000 pesos, que sumados al auxilio de transporte rozan los 2 millones de pesos. Políticamente, es una bandera dorada; técnicamente, un salto al vacío que hoy tiene al decreto bajo la lupa del Consejo de Estado. Pero más allá de si la justicia decide que este aumento basado en el “salario vital” de la OIT es legal o si terminará alimentando una inflación voraz, hay una verdad incómoda que nos negamos a digerir: hemos perdido la brújula sobre qué significa realmente ganar un salario mínimo en este país.
Resulta indignante observar cómo se ha distorsionado el concepto de “mínimo”. Por definición, el Salario Mínimo, Vital y Móvil debería garantizar una vida digna —alimentación, salud y educación—, pero en la práctica es la base legal más baja de la pirámide. Si usted recibe 58.364 pesos por día de trabajo, usted está en el sótano de la escala salarial. No es un juicio de valor, es una realidad contable. Sin embargo, parece que en Colombia ganar el mínimo se ha convertido en una licencia para el autoengaño financiero, donde se pretende llevar un estilo de vida de abundancia que el bolsillo simplemente no puede sostener.
Es doloroso y contradictorio caminar por territorios donde la precariedad es evidente, como en el Pacífico, y ver casas de madera que apenas se sostienen, pero parqueadas afuera, camionetas de alta gama. Es el reflejo de una sociedad que prioriza la apariencia sobre la estructura. La persona que gana el mínimo, pero exhibe el celular de última generación, el televisor más grande del mercado o la moto de alto cilindraje, está cayendo en una trampa de consumo que lo condena a la miseria perpetua. Se nos olvidó que lo “mínimo” es para sobrevivir, no para ostentar.
Esta desconexión con la realidad financiera es la que mantiene al colombiano típico con el lazo al cuello, nadando en un mar de deudas y alimentando a las mafias del “gota a gota”. Vivimos en una cultura que prefiere el alivio inmediato de un objeto lujoso que la estabilidad de un ahorro inexistente. Nos indignamos con el gobierno, con el patrón y con la economía, pero no nos indignamos con nuestra propia incapacidad de entender que no se puede vivir como si se ganaran tres salarios cuando apenas se raspa uno.
El peligro de este aumento del 23% es que crea una falsa sensación de riqueza. El trabajador siente que “ahora sí le alcanza”, cuando en realidad ese dinero extra suele evaporarse en el pago de intereses de créditos mal tomados. La verdadera motivación de ganar un salario mínimo no debería ser esperar a que el gobernante de turno lo suba por decreto en un gesto de populismo económico, sino sentir la inquietud profunda de sacudirse esa realidad. El mínimo debería ser un peldaño transitorio, un lugar de paso, no una zona de confort donde sentarse a esperar el próximo ajuste.
La reflexión aquí es cruda: ¿para qué nos sirve el salario mínimo si no entendemos su propósito? Si no hay una formación académica, una búsqueda de nuevas competencias o una aspiración a cargos de mayor responsabilidad, el trabajador se queda atrapado en el ciclo del “mínimo”. Ese aumento que hoy se celebra con júbilo en las calles podría ser anulado o ajustado por el Consejo de Estado si se comprueba que no tuvo sustento técnico, dejando a muchos colgados de una brocha que ellos mismos decidieron pintar con colores de lujo.
Al final, la dignidad no está en el monto que decreta un presidente, sino en la capacidad de gestionar con inteligencia lo que se tiene. El salario mínimo es, por definición, la base para lo básico. Mientras sigamos usando ese ingreso base para financiar fantasías de estrato alto, seguiremos siendo esclavos de la deuda y de una realidad distorsionada. La verdadera libertad financiera empieza por aceptar que con lo mínimo se vive de forma mínima, y que para salir de ahí hace falta más estudio y menos apariencia.
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