Opinión

La riqueza que no cotiza en bolsa

Porque el bien no hace mucho ruido, pero es lo que sostiene el mundo…

Si hoy puedo escribir estas líneas es porque, hace algunos años, alguien decidió confiar en un muchacho de Manrique.

Hay una escena de Manrique, que nunca he podido olvidar.

Al día de hoy, me sorprende ver a muchos vecinos pasar de largo frente a una tienda para caminar dos o tres cuadras más y comprar en otra. La primera está más cerca, cualquier manual de economía diría que debería vender más, pero estas esquinas nunca han obedecido del todo a la lógica cuando se trata de las personas.

En la tienda de abajo, la más lejana, atiende “El Pana”, conoce a casi todo el mundo. Saluda por el nombre, pregunta cómo sigue la mamá cuando ha estado enferma, fía cuando la quincena todavía no llega y, aunque uno solo compre una bolsa de leche, siempre suena al despedirse un muy sincero “que Dios me lo acompañe”.

En la otra tienda nadie conversa. Uno compra, paga y se va. Y, sin embargo, la gente prefiere caminar esas cuadras de más. Durante años pensé que eso era simplemente una costumbre.

Luego estudié gracias a buenas personas que confiaron en que un joven de Manrique podría en algún momento a través del estudio multiplicar el capital de humanidad invertido.

En mi barrio muchas organizaciones y el Estado apoyan a jóvenes para que estudiemos y siente uno orgullo al poder decir que, aunque crecimos con el crimen en la puerta de la casa, nos salimos por una ventana con un morral para ir a estudiar, quienes crecimos en barrios populares sabemos que la violencia hace mucho ruido. Por eso a veces olvidamos que el bien también trabaja todos los días, solo que en silencio porque el bien no hace mucho ruido, pero es lo que sostiene al mundo.

Para poder estudiar me pidieron en la Fundación Fraternidad Medellín que el único requisito era que terminara la Carrera y tuviese un buen promedio, esa fue una gran oportunidad: con el tiempo entendí que no fue una beca. Fue un acto de confianza. Ellos apostaron por un joven cuyo futuro apenas empezaba a escribirse. Yo solo podía responder de una manera: estudiando con la responsabilidad de quien sabe que está administrando el sueño que otros decidieron sembrar en él.

La de la Fundación Fraternidad Medellín nunca fue una mano invisible. Siempre fue una mano visible.

Y tras poder estudiar, pude darme cuenta de algo realmente importante que Manrique siempre me nombraba:

La confianza es la moneda que existía antes de que existiera el dinero.

Smith inmortalizó una de las metáforas más poderosas de la historia: la mano invisible. Explicando cómo millones de personas, buscando un beneficio individual, podían terminar favoreciendo el bienestar general. Aquella idea transformó para siempre la manera de entender los mercados.

Pero mientras lo leía, no podía dejar de pensar en las calles de mi barrio, adornadas con sueños empresariales que llegaron tan lejos como la loma empinada lo permitía. Porque aquí también actuaba una mano invisible, solo que no movía el dinero, movía la confianza.

Cierto día estaba en la biblioteca de la Universidad buscando el libro de Adam Smith, siendo sincero sólo había escuchado sobre La riqueza de las naciones, pero me puse a chismosear en los estantes y vi que antes de escribir ese, publicó uno llamado La teoría de los sentimientos morales, y con el instinto que tenemos los becados —ese de aprovechar hasta el último libro porque sabemos lo que costó llegar hasta allí—, claro que lo leí.

Él se interesó primero por la naturaleza humana que, por el estudio de la riqueza, por la empatía antes que por el mismo mercado. Sabía que ninguna sociedad podía sostenerse únicamente sobre el interés individual; necesitaba también de la reciprocidad y de la confianza entre las personas.

Quizá con el tiempo recordamos más al economista que al filósofo. Lo que ha generado que olvidemos una verdad elemental:

la economía no empezó con el dinero. Empezó cuando dos seres humanos decidieron confiar el uno en el otro.

Mucho antes de existir monedas, billetes, bancos o bolsas de valores, alguien entregó una cosecha esperando recibir otra más adelante. Alguien prestó una herramienta confiando en que volvería a sus manos. Alguien dio su palabra y alguien más decidió creer en ella.

Muchas personas piensan que el éxito pertenece a los más inteligentes. Educamos a nuestros hijos para obtener las mejores calificaciones, dominar varios idiomas y desarrollar habilidades técnicas cada vez más sofisticadas. Todo eso es importante porque el conocimiento ha cambiado el curso de la historia y así seguirá siendo.

Pero hoy las organizaciones ya no buscan únicamente personas brillantes. Hablan de liderazgo, inteligencia emocional, trabajo colaborativo, adaptabilidad y comunicación. Cambiaron el lenguaje, pero el mensaje sigue siendo el mismo, el más antiguo: buscan buenas personas.

Recuerdo una escena en las rutas de buses del barrio, conductores que, al ver subir a una persona con el dinero incompleto, abrían discretamente la puerta y le decían: «Súbase por la de atrás». No traigo esa imagen para discutir la legalidad o normas de transporte de aquel gesto. La traigo porque, en medio de tantas dificultades, entendí que había personas dispuestas a perder unas monedas para que otro no perdiera la dignidad.

Hay economías que funcionan con dinero. Los barrios populares también funcionan con favores, recomendaciones, palabras cumplidas y manos tendidas. Existe una economía silenciosa que nunca aparece en las estadísticas: la del tendero que fía, la del vecino que presta hasta una libra de arroz o un poco sal, la del comerciante que prefiere perder una venta antes que perder un cliente.

La del pequeño empresario que entiende que un saludo sincero vale más que una campaña publicitaria.

Esa economía ha sostenido durante décadas a miles de familias colombianas y casi nunca hablamos de ella.

El politólogo Francis Fukuyama dedicó un libro entero a una idea tan sencilla como revolucionaria: las sociedades más prósperas no son únicamente las que acumulan más capital financiero; son aquellas donde existe un alto nivel de confianza entre las personas, porque allí la cooperación florece, la innovación encuentra terreno fértil y hasta los costos de vigilar y desconfiar disminuyen.

En otras palabras, la confianza también produce riqueza, solo que esa riqueza no cotiza en bolsa.

Aristóteles escribió que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Décadas atrás, Abraham Lincoln decidió conformar su gobierno con varios de sus antiguos rivales porque entendía que un liderazgo fuerte no nace del ego, sino de la capacidad de convocar personas diferentes alrededor de un mismo propósito.

La historia cambia de protagonistas, pero nunca cambia de principio. Las grandes obras humanas siempre terminan levantándose sobre la confianza y, sin embargo, vivimos como si el único patrimonio importante fuera el dinero.

Muchas veces nos preguntan cuánto ganamos, pero casi nunca nos consultan cuántas personas pronunciarían nuestro nombre con respeto cuando abandonamos una sala.

Celebramos al más exitoso, no siempre al más íntegro. Admiramos al más brillante, pero con demasiada frecuencia olvidamos al más bondadoso.

Creo que existe una diferencia inmensa entre impresionar e inspirar: la inteligencia impresiona, el carácter inspira, la inteligencia puede conseguir un empleo. El carácter hace que alguien piense en nosotros cuando aparece una oportunidad. Con inteligencia se resuelven problemas, pero la confianza hace que otros quieran resolverlos a nuestro lado.

Quizá por eso sigo pensando en aquella tienda cada vez que escucho hablar de competitividad, productividad o crecimiento económico. Porque allí comprendí algo que no todos los profesores alcanzaron a enseñarme: la mayor riqueza de una persona no siempre está en lo que posee, sino que está en el número de personas que confían en ella.

Muchas personas se la pasan acumulando riqueza, mientras otros reúnen confianza, y por supuesto, con lo primero se puede comprar una casa, pero con lo segundo, y sin pedir garantías, alguien más le entrega las llaves de la suya.

Ese es el patrimonio invisible, el único que aumenta cada vez que se comparte.

Cada vez que vuelvo a Manrique y veo a un vecino caminar dos cuadras más para comprar donde «El Pana», ya no pienso únicamente en una tienda: pienso en una economía que nunca aprendimos a medir, donde la palabra vale más que la firma, donde un saludo produce más riqueza que un descuento, donde la confianza sigue siendo la moneda más fuerte.

Los economistas llevan siglos preguntándose cómo se crea la riqueza. En Manrique aprendí que antes de crear riqueza hay que crear confianza y que ser buenas personas no es la consecuencia de la economía sino su condición de posibilidad y, si hoy puedo escribir estas líneas, no es porque un día una Fundación me regaló una beca. Es porque antes decidió regalarme algo mucho más valioso: su confianza. Tal vez esa sea, al final, la riqueza que nunca cotizará en bolsa y, sin embargo, sostiene el mundo.

 

 

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