Opinión

Esta gloria impuesta

En el discreto documental de 2022, “Elfriede Jelinek, el lenguaje desatado”, la misma Elfriede Jelinek (Nobel 2004) fue categórica al respecto: “La reacción al premio fue para mí un shock (…) Fue traumático verme puesta en la picota y humillada por algo público de lo que no tenía la culpa, porque yo no pedí el premio y tampoco me lo concedí”. Una cándida revelación que golpea profundamente al espectador cuando echamos la vista atrás y recordamos el terremoto que causó en la Academia Sueca la elección de su literatura inquietante y sugerente como lo mejor de aquel año. Hasta el punto de que uno de los jurados renunció a raíz de esta decisión, algo que nunca había sucedido y que no ha vuelto a suceder ni con el galardón a Bob Dylan (Nobel 2016).

Desde entonces la polémica en torno a la escritora austriaca ha sido constante y continuó siendo alimentada por su negativa a recoger el premio alegando ansiedad social. Un desaire que hirió el orgullo de muchos y que condenó a Jelinek a la distribución limitada de su literatura, ya rocosa y experimental de por sí. Más de dos décadas después de apaciguarse la tormenta y tras aquella confesión en cámara que sorprende por decir tanto con tan poco, está claro que Jelinek simplemente no quiere que la jodan, que sus letras son el refugio que ha elegido contra el barullo del mundo y que le da igual si nos cae bien o no. En resumen, que la dejemos vivir tranquila, que no nos golpeemos con la puerta al salir y que muchas gracias por entenderlo.

El problema es que, no con poca regularidad, el Premio Nobel más parece una maldición para sus ganadores que la bendición que todos pensaríamos. Abdulrazak Gurnah (Nobel 2021) ya lo dejaría caer la última vez que pasó por Madrid, cuando dijo “Me preguntan por la competencia del Nobel. Yo no estaba compitiendo con nadie” y lo deslizaría nuevamente cuando en “Palabra de Nobel” (CaixaForum+), explica cómo su trabajo se vio trastocado por años tras la inesperada designación desde Estocolmo. Una paradoja sobre la que también se han manifestado Doris Lessing (Nobel 2007) y J. M. Coetzee (Nobel 2003), quienes en su momento lo encontraron asfixiante por la sobreexposición mediática.

Y es que ganar el Nobel es como que te contrataran de modelo en una campaña publicitaria global para la que ni siquiera sabías que habías aplicado. Una vez tu nombre se escribe con hilos de oro en el Olimpo literario todos quieren tenerte en su feria del libro, las editoriales se pelean a codazos por los derechos de tus libros no traducidos y, peor aún, los ojos del planeta entero se ponen sobre tu próximo manuscrito. El mismo que puede que apenas estés construyendo y cuyo primer borrador todavía siga sin convencerte, pero que ahora, sí o sí, por definición y antonomasia, tendrá que ser una auténtica obra maestra (si encuentras tiempo para terminarla, claro).

Te hace reflexionar sobre si, en lugar de esta gloria impuesta, debiera exigirse participación voluntaria con registro previo.

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Minuto30.com

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