Por lo menos sabemos que hay alguien pendiente de lo que ocurre, así esto solo sea la tesorería del Min Hacienda. En las últimas semanas, se logró inyectar liquidez al mercado del peso mediante la monetización de swaps internacionales por más de US$9.300 millones, vendiendo en apenas tres días cerca de US$1.700 millones. En términos sencillos, al colocar deuda en el exterior con el propósito de recomprar, a descuento, deuda colombiana nerviosa con Petro, el gobierno obtiene una ganancia. Ese flujo permitió contener la volatilidad consolidando la apreciación del peso. De hecho, el peso es hoy una de las monedas emergentes con mejores desempeños del trimestre, pero volverse adicto al caos es muy peligroso.
El dólar desde el inicio de septiembre hasta el viernes de cierre de esta columna se ha apreciado 3,98%. Esas operaciones le dieron al Gobierno la capacidad de reducir presiones inflacionarias sin recurrir a un mayor endeudamiento interno. Fue una jugada inteligente: transformar deuda en activos líquidos mientras los mercados pagan una prima elevada por el riesgo colombiano. Es, paradójicamente, gracias a la incertidumbre económica que inspira el gobierno que estos descuentos están disponibles.
Ahí radica la ironía. El mismo riesgo país que el gobierno creó por su retórica contra el mercado, su política fiscal incierta, y sus choques institucionales, es el que hoy le permite realizar operaciones rentables. La desconfianza se ha convertido en herramienta de financiamiento. Los CDS a cinco años continúan cerca de 270 puntos básicos, y la tasa de los TES 2029 bordea el 10,2%; sin embargo, ese diferencial es lo que hace atractivo a Colombia frente a otras alternativas. Al menos en algo se está aprovechando esta mala coyuntura, el problema es que quieren seguir generando caos para mantener estrategia.
El borrador de decreto que modificaría los portafolios de los fondos de pensiones para forzarlos a repatriar inversiones hace puro daño. Si se materializa, las AFP tendrían que vender activos externos para comprar deuda local, generando una distorsión artificial en el tipo de cambio. El efecto inmediato sería una apreciación temporal del peso; el de mediano plazo, una caída en los rendimientos de los ahorros de 18 millones de afiliados. Según cálculos de Anif, por cada 10% de reducción en activos externos, los fondos dejarían de percibir cerca de US$600 millones anuales en rentabilidad del portafolio pensional. Teniendo en cuenta que casi la mitad del portafolio esta invertido en el extranjero, la perdida puede ser millones de US$3.000. Es pensar en resolver los problemas del gobierno en vez de los problemas de los pensionados.
Colombia no necesita más controles; necesita confianza. El mercado no castiga a los países por su política social, sino por la incoherencia entre lo que predican y lo que ejecutan. En este caso, lo que salva las finanzas públicas no es la fe en el Gobierno, sino la oportunidad que su propio escepticismo creó. En tiempos en que la ortodoxia fiscal se ha vuelto una rareza, vale reconocer el mérito técnico de Hacienda. Pero también advertir la paradoja: nos estamos financiando con la prima del miedo. Y ningún modelo de desarrollo sostenible puede depender de que el país inspire desconfianza para sobrevivir.
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