El Atanasio Girardot vacío, un silencio que dolía más que cualquier silbatazo, y un nuevo timonel en la banca. Luis Amaranto Perea, el antioqueño que levantó la primera estrella en 2002, regresó a casa para escribir otro capítulo. Su debut oficial no fue una fiesta, sino un 2-2 contra Vasco da Gama en los playoffs de la Sudamericana. El Poderoso se puso adelante dos veces —goles de John Montaño— y lo dejó escapar. Un autogol de Varela y el tanto tardío de Spinelli sellaron el empate. Un resultado con sabor a oportunidad desperdiciada, pero también a primera señal de lo que viene.
Amaranto no llegó a improvisar. Su propuesta táctica se nota en la intención: presión alta en momentos clave, salida desde atrás con criterio y un mediocampo que busca combinar más que especular. Incorporó de entrada a tres refuerzos —Joaquín Varela, Agustín Martegani y Juan José Córdoba— y el equipo mostró pinceladas de identidad. No fue brillante, pero sí competitivo contra un Vasco que llegaba con urgencias propias. El problema es que esa competitividad aún no se traduce en solidez. La defensa luce muy floja, los laterales generan más dudas que certezas y Daniel Cataño, por momentos, parece desconectado del ritmo colectivo. Esos son los talones de Aquiles que Amaranto deberá corregir ya.
Tres días después llegó el debut liguero: triunfo 3-2 sobre Pasto. Victoria sufrida, con goles y emociones, pero sin cautivar. El equipo ganó, sí, pero la hinchada quedó con más preguntas que respuestas. Ese es el sentimiento que hoy recorre la mente del poderoso seguidor de ‘Medallo’: incredulidad. Poca motivación para comprar los pasaportes (abonos), tribunas que creería no se van a llenar como antes y una sensación de “ya veremos”.
El Poderoso necesita resultados, pero sobre todo enamorarnos otra vez. Ahí entran las luces de esperanza. Agustín Martegani dejó pinceladas de buen fútbol: manejo de balón, visión y esa pausa que tanto le hace falta al equipo. Juan José Córdoba, el antioqueño que regresa a casa, también mostró velocidad y desequilibrio. Son jugadores con jerarquía y hambre. Si Amaranto logra que rindan a su máximo, el mediocampo y el ataque pueden ser el motor de una temporada distinta.
El futuro del ‘Decano’ bajo Amaranto es una apuesta de paciencia inteligente. No será inmediato. Construir un equipo sólido, con identidad poderosa y sin los desequilibrios defensivos actuales toma tiempo. La poderosa hinchada tendrá que esperar, pero no eternamente. Si la propuesta táctica evoluciona, si la defensa se compacta y si los nuevos refuerzos consolidan su nivel, este segundo semestre puede ser la plataforma para soñar con una nueva estrella.
Amaranto conoce el club, conoce la presión de la montaña y sabe lo que significa este escudo. No es momento de euforia ciega ni de derrotismo prematuro. Es momento de creer con los pies en la tierra. El debut de Amaranto no fue perfecto, pero dejó claro que hay una idea, hay caras nuevas con talento y hay un técnico que entiende el ADN rojo.
La Sudamericana sigue abierta, la Liga recién empieza y la poderosa hinchada, aunque escéptica, siempre responde cuando ve garra y fútbol. ‘Al parecer los nefastos no piden milagros de la noche a la mañana. Piden compromiso, identidad y que en cada partido se sienta el Poderoso de siempre. Amaranto tiene la vara alta y el respaldo histórico.
Ahora le toca demostrar que este no es solo un regreso emotivo, sino el inicio de algo grande. La montaña espera. Y cuando el equipo vuele, la hinchada volverá a llenar el Atanasio y a corear como en los viejos tiempos. Ese día, la nueva estrella dejará de ser un sueño y empezará a construirse en el campo.
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