Está comprobado que cuando los niños tienen adecuadas rutinas de sueño, se beneficia su salud y desarrollo.
Según Norberto Salamanca León, pediatra de la Clínica del Country y médico adscrito a MedPlus, a través del sueño profundo se libera la hormona del crecimiento. “No dormir suficiente puede afectar el crecimiento de los niños y su estado de ánimo en el sentido de volverlos muy irritables. Además, incide en la aparición de trastornos de aprendizaje cuando el sueño es superficial, tienen despertares nocturnos muy seguidos o presentan apnea”, afirma.
Una opinión similar comparte Franklin Escobar Córdoba, director científico de la Fundación Sueño Vigilia Colombiana, quien asegura que aquellos menores que duermen bien son más grandes en estatura y peso que quienes no lo hacen. Por otro lado, según el especialista, el sueño cumple una función muy importante en el desarrollo del cerebro.
En los primeros meses
Así como los bebés necesitan tener una rutina en la alimentación, es clave que exista un orden en el dormir para que se sientan seguros y cómodos en su nuevo hogar. “Las rutinas generan hábitos que al ser constantes y repetitivos les permiten saber cuándo es la hora de comer, dormir o jugar”, dice el doctor Salamanca, quien añade que es ideal acostar y despertar al menor siempre a la misma hora, dentro de un proceso que se logra paulatinamente.
Al principio, establecer un modus operandi en casa no es una tarea fácil porque los niños apenas están comenzando a adaptarse al estilo de vida de sus padres y requieren de altas dosis de sueño. De modo que cuando son recién nacidos lo más aconsejable es educarse sobre el ciclo de sueño-vigilia, el cual está compuesto por periodos en los que el pequeño está activo y otros en los que duerme.
Cuando se despierta, generalmente lo hace para comer o estar en contacto con sus padres, especialmente la madre, lo que ocurre cada tres horas aproximadamente. Así, durante los primeros meses duerme en total (en el día y la noche) de 16 a 18 horas. Entender esta dinámica es fundamental para que los padres no lo despierten. “El niño tiene un reloj interno programado para solicitar comida cuando tiene hambre”, explica el doctor Escobar.
Según el experto, interrumpir su sueño para alimentarlo es precisamente lo que ocasiona problemas a futuro en el dormir. Sin embargo, debe haber un límite que para el recién nacido es de 6 a 8 horas, tiempo tras el cual sí es prudente irlo despertando suavemente. En la noche, cuando aún son muy pequeños, podría levantárseles una vez.
Pero lo anterior no es una regla de oro. En este orden de ideas, los adultos deben saber que dado que el pequeño apenas se está adaptando al ciclo circadiano (ciclo de 24 horas integrado por un periodo nocturno de sueño y uno de vigilia diurno, que es diferente en los bebés) puede ocurrir que tenga periodos en los que duerma bastante y otros en los que se despierte de 10 a 15 minutos. Una situación que se considera normal mientras aprende a diferenciar la noche del día.
Pero además de lo anterior, es importante que los padres aprendan a distinguir entre dos tipos de sueño. El sueño MOR (movimientos oculares rápidos) o REM por sus siglas en inglés y el NMOR (sin movimientos oculares rápidos). El primero se caracteriza porque el niño está completamente quieto y paralizado, pero puede sonreír, hacer gestos e, incluso, llorar. “Si eso pasa no hay que asustarse ni mucho menos levantarlo porque está profundo”, recomienda el experto de la Fundación Sueño Vigilia Colombiana.
El NMOR, por su parte, se reconoce porque el durmiente se voltea, se mueve de un lado a otro y sacude su cabeza. Es fundamental permitir que el bebé pase por los dos ciclos completos sin ser molestado, pues el primero cumple funciones de restauración y reparación en el organismo, mientras el segundo es vital en la capacidad intelectual o cognitiva.
Cabe aclarar que conforme pasa el tiempo, el menor cada vez pasará más horas del día despierto y se reducirán sus siestas si se respeta su ciclo circadiano y paulatinamente se van fijando horarios para despertar y acostarse. Cuando cumpla 3 años de edad, lo habitual es que tenga un horario muy parecido al de los adultos y haga, en promedio, dos siestas durante el día; a los ocho, hará una sola siesta y en la adolescencia lo más probable es que no haga ninguna.
Ronquidos y otros problemas
De acuerdo con Sandra Zabala Parra, otorrinolaringóloga especialista en trastornos del sueño, uno de los problemas que se presentan durante el sueño es el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante que se define como el deceso repentino e inesperado de un bebé, supuestamente sano, mientras duerme.
Para prevenirla conviene poner al bebé a dormir boca arriba. Además, es aconsejable evitar el uso de almohadas, peluches, juguetes u otros objetos alrededor del pequeño porque pueden generar obstrucción de la vía aérea. Como medida contra el reflujo se recomienda que la cuna del bebé tenga una inclinación mínima de 40 grados.
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