Opinión

El 8 de marzo y el rumbo presidencial de Colombia

Hay elecciones que simplemente renuevan cargos y hay otras que reordenan el tablero completo. Las legislativas del 8 de marzo fueron de las segundas. Lo que ocurrió en las urnas no solo definió quiénes se sentarán en el Congreso hasta 2030, sino que dejó al descubierto las fracturas y las fuerzas que determinarán la presidencial del 31 de mayo.

Empecemos por lo inesperado. El Pacto Histórico, lejos de pagar el desgaste de cuatro años de gobierno, creció: obtuvo 4,4 millones de votos al Senado, un 22,8 % del total, y sumó cinco curules nuevas hasta llegar a 25 (El Tiempo, 2026). Quien haya apostado a que el petrismo llegaría debilitado a este ciclo electoral se equivocó. Mientras tanto, el Centro Democrático pasó de 13 a 17 escaños con casi tres millones de votos (Noticias Caracol, 2026). El uribismo, encontró en la oposición el mejor de los abonos. Entre ambos polos suman más del 38 % de la votación al Senado. El centro —Liberal, Conservador, Alianza por Colombia— sobrevive con el 11,7 % del liberalismo como techo (El Espectador, 2026), pero no alcanza a romper esa tenaza.

Y aquí viene lo que de verdad importa para mayo, Paloma Valencia ganó la Gran Consulta por Colombia con 3,2 millones de votos y un 45,7 % (CNN en Español, 2026). Llega a la carrera presidencial con bancada propia, partido unido y el viento a favor. En la otra orilla, Roy Barreras se impuso en el Frente por la Vida y Claudia López en la Consulta de las Soluciones (El Espectador, 2026). El problema del progresismo es evidente: tiene dos candidatos donde necesita uno. Esa fragmentación, frente a una derecha cohesionada, podría costarle cara en primera vuelta.

No todo es ideología. La jornada también recordó que la democracia colombiana convive con sus propios demonios: se incautaron 3.600 millones de pesos en dinero irregular y dos candidatos fueron capturados por presuntos vínculos con redes de corrupción (El Espectador, 2026). Quien gane la presidencia heredará esa deuda pendiente.

El próximo presidente gobernará con un Congreso donde ninguna fuerza tiene mayoría cómoda y donde cada ley requerirá negociaciones extenuantes. Si Paloma Valencia capitaliza la unidad de la derecha, tiene camino despejado hacia la segunda vuelta. Si la izquierda no resuelve su división antes de mayo, el legado de Petro quedará huérfano de candidato competitivo. Y el centro, sin alianzas audaces, seguirá mirando desde la tribuna. El 8 de marzo no solo renovó el Congreso: trazó las líneas de una batalla que definirá el rumbo del país.

 

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Minuto30.com

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