Opinión

De eso que casi nadie habla…

Hace pocos días leí la novela La mano que cura, de la escritora antioqueña Lina María Parra Ochoa. No tengo palabras para describir tan agradable narración; de principio a fin lo mantiene a uno conectado a ese cúmulo de letras encantadas. En pocas palabras, tremenda novela. Todo gira en torno a esos temas de los que casi nadie habla, o de los que no les gusta o les da miedo hablar: las ánimas del purgatorio.

El papá de Lina, la protagonista, acaba de morir y mientras ella digiere la pérdida, se dedica a organizar los libros de la biblioteca que él dejó. Pasados algunos días, descubre que posee ciertos poderes, dones que también tiene su madre, quien a su vez los aprendió de su maestra, Ana Gregoria, una mujer que sabía de trabajos, amarres y brujería.

Sin pretender contar la novela, debo decir que lo que más llamó mi atención fue el tema de las ánimas del purgatorio. Lina sabía invocarlas cada vez que las necesitaba y éstas la protegían y cuidaban. Según ella, un ejército de almas la rodeaba y la hacían sentir segura. En alguna parte de la novela las describe, porque no solo las podía sentir, sino también ver.

De eso que casi nadie habla… hoy quiero hablar; y lo hago porque el tema me inquieta y me deja muchos interrogantes. Eso sí, trataré de hacerlo con mucha altura y total respeto. Hace varios años conocí a una amiga —Yudi Astrid Mira Muñoz— a quien aprecié y respeté hasta que desapareció y nunca más supe de ella. Un día, compartiendo un café, me contó que siendo muy joven le tocó madrugar a trabajar un primero de enero.

Ella, bien bonita, elegantemente vestida y con el cabello lacio hasta las caderas, caminaba por las calles del barrio hacia el paradero del bus; antes de salir de casa, había invocado la protección de las ánimas del purgatorio, tal como su madre le había enseñado. Unas cuadras más abajo, cerca de la iglesia de San Judas Tadeo, pasó junto a unos marihuaneros amanecidos. Estando bastante asustada tuvo que pasar cerca de ellos; sin embargo, nada le dijeron, nada pasó, la ignoraron. Al día siguiente una vecina, un tanto chismosa, se acercó a la mamá de Yudy a preguntarle para dónde iba su hija en la madrugada del primero de enero con ese montón de gente. Conversando mamá e hija, concluyeron que quienes la acompañaron y protegieron fueron las ánimas del purgatorio.

Pasaron los años y conocí a Hader Suárez Marulanda, quien laboraba en una universidad del centro de la ciudad. Me contó que un día al salir hacia su apartamento, ubicado a unas diez cuadras de distancia, decidió irse caminando aun sabiendo que era tarde y que en la noche las calles se tornaban peligrosas, pues debía atravesar un sector de la ciudad complejo e inseguro. Invocó la protección de las ánimas del purgatorio y se lanzó a la aventura, sintiéndose protegido.

Al día siguiente, al llegar a la universidad, un compañero que lo había visto caminar le preguntó para dónde iba la noche anterior con toda esa gente que lo rodeaba. Hader entendió lo que había pasado, cayó en la cuenta y apenas sonrió. Al leer el libro antes mencionado, volvieron a mi mente estos dos relatos que aún persisten en mi memoria. A Yudy y Hader estén donde estén y con quién estén, sigan protegidos por las ánimas del purgatorio.

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Quienes me conocen saben que soy noctámbulo y que en muchas noches me cuesta conciliar el sueño. Recuerdo que mi madre me sugirió rezarle un padrenuestro a las ánimas del purgatorio para que me despertaran a la hora que yo les indicara. Sin saber cómo o por qué, yo despertaba a la hora señalada. Lo que no logra encajar en mí son las advocaciones que se les hacen a las ánimas. Una de ellas, bien tétrica, está en las novenas que les rezan a los muertos: «Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellas la luz perpetua».

Otra más dice: «Concédeles, Señor, el descanso eterno, y que brille para ellas la luz perpetua. Que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén». Esto me produce escozor, por no decir miedo. No olvidemos que noviembre es el mes de las ánimas y que existen los animeros: personas que a medianoche sacan a las ánimas del cementerio a dar una vuelta por el pueblo, regresándolas antes del amanecer.

De eso que casi nadie habla… por ignorancia, por miedo o por orgullo; y digo orgullo porque hoy algunos intelectuales, habiendo sido criados en una sociedad supersticiosa donde se hablaba de espantos, brujas, hechizos, amarres y otras cosas, se las dan de ateos aduciendo no creer en nada. Sin embargo, hay que verlos invocando a Dios cuando están en peligro o al momento de morir: se olvidan que eran ateos.

Por mi parte, me declaro poco creyente, pero sumamente respetuoso de todo culto o creencia que profesen los demás, así como de aquello que me es desconocido; no acostumbro a hablar de lo que ignoro. Eso sí, me quedan muchos interrogantes: ¿si esas cosas no existieran, por qué se tejen tantas historias alrededor de los difuntos?, ¿será lo mismo un ánima, un alma y un espíritu?, ¿qué son los espantos?, ¿de dónde provienen los ruidos extraños a medianoche?, ¿las ánimas del purgatorio saben quién reza por ellas? De eso de lo que casi nadie habla… «es mejor callar que locamente hablar», me dijo otra amiga un día.

Pd; recuerdo que el año anterior —2025— Juan Carlos Gil Barrera, persona versada en el tema de las ánimas, me invitó a grabar un pódcast donde hablamos de todo esto; ¡uh!, solo nos faltó invocarlas. No olviden leer el libro, lo recomiendo.

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Minuto30.com

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Por: Amylkar Acosta M.