Isauro Barrera, artesano del calzado, examina unos zapatos para repararlos, este 1 de abril de 2017, en su taller en el barrio mexicano de Pilsen en Chicago, Illinois (EE.UU.). EFE
Isauro Barrera, artesano del calzado, examina unos zapatos para repararlos, este 1 de abril de 2017, en su taller en el barrio mexicano de Pilsen en Chicago, Illinois (EE.UU.). EFE
Con 25 años de experiencia, Isauro Barrera es un artesano del calzado cuyos servicios son requeridos en la actualidad por jóvenes raperos que quieren que intervenga sus zapatos deportivos.
“Nos dicen ‘quiero que hagas este trabajo, pero no quiero que lo saques a la luz pública. No queremos fotografías no queremos nada'”, cuenta este inmigrante mexicano, quien desde su taller en Chicago (EE.UU.) se ha proyectado como un “rediseñador” de zapatos deportivos.
El nombre del artesano se ha vuelto famoso entre jóvenes raperos, que “no quieren que sepan que son raperos”, según dijo, y que buscan diferenciarse con un calzado llamativo, a base de aplicaciones en las que pueden caber pieles de animales, reptiles principalmente.
“Los hemos hecho de cocodrilo, con víbora y diamantes. Y en las agujetas les hemos puesto broches de oro”, señaló el zapatero, en relación a algunos de esos pedidos que, tras desembolsar importantes sumas de dinero, van en pos de un calzado en el que no se ignoran tampoco las pieles de avestruces, pitones o ranas.
A su taller llegan también algunos oficiales del Departamento de Policía de Chicago que buscan fundas para sus pistolas, además de otros que quieren diseños especiales para teléfonos celulares.
Este artesano, originario de Ciudad de México, cuenta que empezó a reparar calzado por su propia cuenta en un mercado ambulante de la ciudad, para luego abrir un taller del que han salido otros maestros zapateros, gracias a su afición por enseñar su oficio para que así “otros puedan mejorar sus vidas y las de sus familias”.
A corta edad, empezó lustrando botas en una reparadora de zapatos regentada por inmigrantes italianos, quienes, según relata, se negaban a enseñarle por temor a perder su empleo y, por tanto, él solo observaba cómo hacían el trabajo.
Barrera dice que al cerrar el negocio lo dejaban practicar con zapatos que ya no recogía la gente. En ese entonces ganaba 65 dólares a la semana.
“La pasión de arreglar zapatos fue por una bota que yo encontré. La cambié de una bota de trabajo a un tenis, para correr”, explica.
Muy querido en el barrio de Pilsen, donde tiene su taller, Barrera asegura que no se olvida de su “principal oficio: Reparar calzado.
“Aquí arreglamos un zapato de 5.000 dólares hasta uno de 10”, defiende. EFE
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