Panfletos en los cuadernos
Cuando estaba en el colegio, atravesaba una etapa en la que me sentía profundamente atraído por todo lo que representara fuerza, revolución y cambio. Me llamaban la atención tanto los militares legales como los grupos armados al margen de la ley, que en esa época hacían parte del paisaje ideológico y noticioso de Colombia.
Recuerdo que mis cuadernos siempre llevaban algún panfleto del EPL, el Ejército Popular de Liberación, uno de los grupos guerrilleros más activos de la época. También dibujaba el símbolo del comunismo, como si fuera mi firma personal. No comprendía del todo su profundidad política, pero me fascinaba lo que representaba: rebeldía, justicia, igualdad, revolución.
Tal vez esa inclinación venía de una historia familiar cercana. Uno de mis tíos había sido soldado y, luego, terminó ingresando al EPL. Su paso por ambos lados del conflicto me generaba una mezcla de admiración, misterio y preguntas sin resolver. Lo veía como un personaje de película, alguien que había vivido en carne propia las contradicciones del país.
El camión que se volcó entre discursos
Uno de los recuerdos más vívidos de esa época fue una escena que hoy parecería de ficción: el día que un camión se volcó en plena plaza del pueblo, justo en medio de un mitin político.
Corría el año 1986. El EPL estaba dando un paso hacia la legalidad, iniciando su proceso de desmovilización y creando un nuevo partido político: Esperanza, Paz y Libertad. Con enormes parlantes instalados en el balcón del cuarto piso de las Residencias de don Bernardo Ramírez, en toda la curva principal del centro de Uramita, buscaban sumar adeptos, transformar la lucha armada en participación democrática.
Las calles estaban llenas de gente. Campesinos, estudiantes, curiosos… todos querían ver a los antiguos guerrilleros convertidos en políticos. Los discursos se escuchaban por todo el pueblo. Era un momento histórico, se sentía el aire denso de algo que estaba cambiando.
De repente, un camión apareció bajando por la calle que viene de la vía a Peque, a toda velocidad. No se sabe si fue una falla mecánica, un descuido del conductor o simplemente mala suerte, pero el camión —cargado de café— se volcó justo frente a la multitud, desatando el caos. La gente corrió a lado y lado, gritando, esquivando sacos de grano que rodaban por el suelo. Por fortuna, nadie salió herido. Solo el susto y el desconcierto quedaron como recuerdo… entre ríos y montañas.
Una cuenta pendiente y un arma que falló
Pero no todos los sustos de mi juventud vinieron de accidentes o discursos políticos. También hubo momentos difíciles en mi vida laboral.
Cuando apenas era un muchacho, trabajaba como mesero en la Heladería Brisas del Río, uno de los negocios tradicionales del pueblo. También pasé por otros bares, donde la noche y el aguardiente solían sacar lo mejor y lo peor de la gente.
En una de esas noches, un cliente habitual —con fama de beber mucho y no pagar— volvió al local. Ya me había dejado más de una vez cuentas pendientes y, esa noche, me armé de valor y le dije que no podía atenderlo si no saldaba su deuda.
Entre palabras y reproches, la discusión fue subiendo de tono hasta que terminamos forcejeando y peleando en plena calle. Estábamos en el suelo, trenzados, cuando escuché los gritos:
—¡Lo va a matar, lo va a matar!
Levanté la cabeza y vi algo que jamás olvidaré: un hombre apuntándome con un arma de fuego directamente a la cara. Apretó el gatillo. Obturó. Pero, afortunadamente para mí —y desafortunadamente para él— el arma no disparó.
Aproveché esos segundos como quien agarra la vida con las uñas. Me levanté y salí corriendo con todo lo que tenía. Esa noche entendí que hay destinos que se esquivan por centímetros… o por un gatillo que falla.
Edid Manco “Banano”, la voz que aún resuena
Otro de esos personajes inolvidables que marcaron la vida social y cultural de nuestro pueblo fue Banano. Así le decíamos con cariño. Era locutor y maestro de ceremonias, y su voz fuerte y vibrante se escuchaba en las fiestas, eventos, transmisiones de radio y celebraciones de Uramita.
Siempre estaba alegre, conversador, lleno de energía. Su forma de animar los eventos era tan auténtica que no importaba si era una fiesta patronal, una verbena o un evento deportivo: donde estaba Banano, había vida.
Lamentablemente, nos dejó durante la pandemia del COVID-19, una época dura que se llevó muchas voces valiosas de nuestras montañas. Pero Banano sigue presente en la memoria de quienes lo escuchamos tantas veces alegrar al pueblo. Era de esos personajes que dejan huella, no por lo que tenían, sino por lo que transmitían.
Reflexión final
Hoy, al recordar estos episodios que se cruzan entre la política, la violencia, el trabajo, la amistad y la radio, me doy cuenta de que Uramita no solo está entre ríos y montañas… también está entre memorias que resisten el tiempo.
Los panfletos, los discursos, el café rodando por la plaza, una pistola que no disparó y la voz de Banano siguen vivos en mí, como un testimonio de lo que fuimos y seguimos siendo: un pueblo que ha sobrevivido, celebrado y contado su historia a pulso.
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