Opinión

10 de agosto: el día en que Colombia volvió a ser un solo país

Hay fechas que quedan marcadas para siempre en la memoria de un pueblo. El 10 de agosto será recordado no solamente por la fuerza de la naturaleza, sino por algo mucho más profundo: por el día en que, por un instante, Colombia dejó de lado sus diferencias y se abrazó como una sola nación.
Venía Colombia agrietada por la división política, por las discusiones y por una comunicación que muchas veces no lograba fluir entre unos y otros. Un país reconocido mundialmente por la alegría de su gente parecía necesitar recordar que, más allá de cualquier color político, todos compartimos la misma tierra, los mismos sueños y el mismo destino.
A las 7:34 de la mañana, la tierra comenzó a moverse. En cuestión de minutos, aquello que durante años había representado esfuerzo, sacrificio y sueños empezó a caer. Casas, estructuras y proyectos de vida quedaron afectados por la fuerza de un fenómeno natural que nadie podía detener.
Pero cuando parecía que todo se derrumbaba, comenzó a levantarse algo que estaba dormido: la solidaridad de un pueblo.
Antes de terminar la tarde, desde las ruinas comenzó a aparecer otra imagen de Colombia. Una nación que, frente a la tragedia, encontró nuevamente su fuerza. El presidente, como líder nacional, salió a convocar, acompañar y defender a su pueblo, llamando a la unidad y a la acción para enfrentar juntos las consecuencias de esta emergencia.
Y entonces comenzaron a aparecer los milagros.
Vecinos ayudando a vecinos. Comunidades organizando colectas. Personas haciendo vacas para comprar alimentos, materiales y elementos necesarios para quienes lo habían perdido todo. Manos que se extendieron sin preguntar por quién votaba el otro, qué pensaba o qué color político defendía.
Ese día entendimos que la tragedia no preguntó por ideologías. Y la solidaridad tampoco.
Colombia comenzó a demostrar que cuando se une alrededor de una causa noble, no hay montaña demasiado grande, ni dificultad imposible de superar.
Quizás esa sea una de las grandes lecciones que nos deja este 10 de agosto: ¿qué pasaría si esa unidad que apareció frente a la tragedia pudiera mantenerse también en los días normales?
¿Qué pasaría si nos uniéramos para construir escuelas, mejorar nuestros barrios, generar empleo, proteger el campo, fortalecer la educación, cuidar nuestros recursos y mejorar la calidad de vida?
Tal vez descubriríamos que tenemos un país mucho más poderoso de lo que creemos.
Porque Colombia no solamente tiene recursos, paisajes y talento. Colombia tiene gente. Gente trabajadora, alegre, solidaria y capaz de levantarse incluso cuando la tierra tiembla y los sueños parecen quedar bajo los escombros.
El 10 de agosto nos recordó que podemos pensar diferente y, aun así, caminar juntos.
Que podemos tener distintas banderas políticas, pero una sola bandera nacional.
Que podemos caer, pero también levantarnos.
Y que, si somos capaces de unirnos en los momentos más difíciles, también podemos hacerlo para construir el país que todos soñamos.
Desde las ruinas puede nacer una Colombia nueva. Una Colombia más unida, más solidaria y llena de energía para avanzar.
Porque cuando Colombia se une, nada nos queda grande.

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