Quienes lleven leyéndome desde hace ya algunos años sabrán en este punto que no escatimo oportunidad para salir en férrea defensa del mercado de libros de segunda mano, pues lo considero infinitamente más interesante y frenético que las estáticas dinámicas de los nuevos lanzamientos. La principal razón de esto es la libertad de precio que existe alrededor de él, y que incluso es reconocida expresamente como una excepción a nivel legal en algunas jurisdicciones con leyes de precio fijo, además de la multiplicidad de vendedores individuales que participan en él, lo que fomenta la diversidad de oferta. Dos factores claves que distan diametralmente del oligopolio de grupos empresariales que controlan la industria de novedades literarias a nivel global.
Aun así, sin importar el país del que estemos hablando, hay una cuestión recurrente y de indiscutible relevancia que se forja lentamente gracias a las diversas fuerzas que influyen sobre la economía de los libros de ocasión y es la determinación del precio mínimo al que estos se ofrecen. Y no estamos hablando de los libros visiblemente ajados, o de aquellos de más de cuarenta años (cuando las editoriales todavía estaban experimentando), ni tampoco de los ejemplares distribuidos estacionalmente por los periódicos en colecciones especiales, sino de aquellos en buen estado que orbitan la década, años arriba y abajo. En las ediciones de bolsillo, tal vez, la duda sea más sencilla por su propio diseño, pero en los demás la polémica sólo aumenta hasta darnos de frente con el peliagudo terreno de las versiones de tapa dura.
Diez años atrás, recuerdo, el estándar de oro que se movía por las intermediaciones del Centro Cultural del Libro en Bogotá, particularmente entre libreros expertos como Merlín, Torre de Babel o Árbol de Tinta (mi favorito personal), eran los $20.000 para volúmenes de tamaño regular tipo Alfaguara, Random House Mondadori, Planeta o Seix Barral. Esto, por supuesto, sujeto a ciertas fluctuaciones en razón a la rareza del tomo, extensión, arandelas o estado de precintado, pero, en cualquier caso, incluso los más exquisitos no solían superar los $30.000 o, en caso de dar con auténticas joyitas dignas de un cazarrecompensas literario certificado, los $35.000. A la vista está que tras la pandemia por aquí ya pasamos hace rato y que me urge volver a pasar por Bogotá para actualizar mis métricas.
En España, los indicadores llevan lustros estancados en los cinco euros (unos $18.000) como baremo estándar, tanto en la venta organizada como en las plataformas de segundo mano para usuarios independientes. Un número hermoso de fácil transaccionalidad gracias a la oportuna existencia del billete de cinco euros, pero cuya resistencia empieza a verse resquebrajada por la presión inflacionaria que está empujando el precio a los seis euros (aproximadamente $21.600), como ya se evidenció en mayo durante la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid.
Un cambio que parece mínimo a simple vista, aunque también inevitable pues eventualmente se consolidará, pero que de una forma u otra afectará el comportamiento del consumidor, y con ello las ventas, en el corto plazo.
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