Opinión

Porque todos hemos tocado dinero ilegal

El reciente escándalo en la cárcel de Itagüí, donde las notas de un vallenato de Nelson Velásquez amenizaron la rumba de varios cabecillas del Valle de Aburrá, ha despertado un avispero de críticas predecibles. Mientras la oposición se lanza con furia contra el gobierno por permitir semejante despliegue de ilegalidad entre rejas, los defensores del oficialismo intentan bajarle el volumen a la polémica con un silencio cómplice o excusas de poca monta. Sin embargo, más allá del ruido político, la indignación ciudadana se ha volcado sobre el artista, cuestionando cómo alguien puede lucrarse con dinero proveniente de la extorsión, el sicariato y el dolor. Pero, ¿realmente podemos lanzarnos todos a tirar la primera piedra?

Aunque es reprochable que un escenario público se convierta en una tarima para el crimen, y resulta poco creíble el argumento del cantante al decir que «no sabía quién lo contrataba», hay una verdad incómoda que nos golpea de frente: Colombia lleva más de seis décadas respirando una economía permeada por el narcotráfico y el contrabando. No es un fenómeno de ayer; es una estructura que ha echado raíces en los cimientos mismos de nuestro flujo financiero. Reconocer esto no es justificar el delito, sino admitir que el dinero en este país ha circulado, en buena parte, manchado de sangre, sudor y lágrimas ajenas.

Pensemos en lo cotidiano, en ese gesto mecánico de pagar el mercado o recibir el cambio en un bus. Usted, yo y el vecino, en algún momento, hemos tenido en nuestras manos un billete que antes fue el pago de una «vacuna» a un tendero de barrio o el fruto de la limosna que un habitante de calle convirtió en microtráfico. Quizás ese billete de cincuenta mil pesos que hoy guarda con alegría en su billetera para comprar algo, hace una semana fue arrebatado con violencia a un empresario o fue parte del botín de un secuestro que dejó una herida abierta en otra familia colombiana.

Es una reflexión dura pero necesaria: que usted no sea un criminal no significa que su bolsillo esté libre de pecado. El dinero es una energía cíclica, un recurso que se mueve sin preguntar nombres ni procedencias éticas. Muchos de nosotros hemos disfrutado de placeres, pagado deudas o comprado bienes sin saber que el origen de esos recursos fue un acto de amedrentamiento o la comercialización de productos ilegales. En un país donde la informalidad y la ilegalidad se trenzan de forma tan apretada, el rastro del dinero se pierde entre el mostrador de la tienda y la ventanilla del banco.

Hay personas en nuestras comunidades que han construido su bienestar sobre el dolor de otros, infundiendo miedo para llenar sus arcas. Sin embargo, ese mismo dinero termina circulando en el comercio legal, pagando servicios, comprando ropa y alimentando la cadena económica que nos sostiene a todos. El dinero no tiene memoria, pero la sociedad sí parece tener una amnesia selectiva cuando se trata de evaluar de dónde vienen las finanzas que mueven a la nación. Nos gusta el orden, pero sobrevivimos gracias a un flujo que a menudo nace en el caos de la ilegalidad.

No se trata de caer en un cinismo absoluto, sino de dejar de lado ese moralismo de fachada que nos hace señalar al otro mientras ignoramos nuestra propia realidad. Colombia tiene un porcentaje altísimo de sus finanzas moviéndose a partir del narco y los negocios ilícitos que se transan a diario en las esquinas, en los campos y en las oficinas. Criticar al cantante que cobra por su show es válido, pero ignorar que ese mismo dinero termina en los impuestos que pagan nuestras vías o en el salario de millas de trabajadores es cerrar los ojos ante el sistema en el que estamos inmersos.

Al final del día, el dinero es una herramienta de supervivencia y placer, pero en nuestro contexto, es también el testigo mudo de una historia violenta. Antes de sumarse al linchamiento mediático del momento, miremos el billete que tenemos en la mano y preguntamos cuántas historias de dolor ha recorrido antes de llegar a nosotros. La reflexión no es para callar ante la injusticia, sino para entender que la sanación de este país requiere mucho más que indignarse por una fiesta en una cárcel; requiere limpiar una economía que nos ha hecho a todos, de una u otra forma, partícipes involuntarios de su propia tragedia.

2026-04-26

Publicado por:
Minuto30.com

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