Opinión

El voto de opinión, un acto de fe en la política

Hay momentos en la historia de un país en los que las transformaciones no nacen de un decreto ni de una coalición poderosa, sino del impulso profundo de la ciudadanía. El voto de opinión es esa energía que no se ve, pero se siente. Ese latido cívico que, cuando despierta, sacude viejas estructuras y redefine lo posible.

El voto de opinión no es un voto cualquiera. Es un voto que piensa, que siente, que se informa. Es la decisión de quienes creen en las ideas antes que en los favores; de quienes entienden que la política no debe comprarse, sino construirse. Es el voto de los ciudadanos que no se dejan intimidar por el ruido, ni convencer por promesas vacías, ni comprar con prebendas disfrazadas de ayuda.

Es un voto que vale más que cualquier maquinaria, porque nació de la libertad. Y la libertad no se negocia.

En las elecciones legislativas de 2026, este voto será más que un actor: será un símbolo. El símbolo de un país que madura políticamente, que se asume como dueño de su destino y que ya no acepta ser espectador pasivo. Cada colombiano que vota por convicción, sin cadenas, rompe la inercia de décadas y abre espacio a nuevas voces, nuevas discusiones y nuevos liderazgos.

El voto de opinión es, además, profundamente emocional. No porque sea impulsivo, sino porque nace de una conexión sincera con una visión de país: un deseo de justicia, de dignidad, de oportunidades, de renovación. Es la expresión de millones que sueñan con un futuro menos desigual, más transparente y más humano.

Y aunque ha tenido que abrirse camino entre la apatía, la desconfianza y las viejas prácticas, el voto de opinión ha demostrado algo extraordinario: cuando la gente decide votar libre, el país cambia. Tal vez no de un día para otro, pero cambia. Porque obliga al sistema a renovarse, a escuchar, a volverse más decente, más responsable, más cercano a la ciudadanía.

El voto de opinión es un recordatorio poderoso de que la democracia no se sostiene por los que más ruido hacen, sino por los que deciden aportar desde la conciencia. Es un acto de dignidad individual que, sumado millones de veces, se convierte en una fuerza irresistible.

En 2026, Colombia tiene una oportunidad histórica: demostrar que el voto libre, informado y consciente no es la excepción sino la norma. Que el ciudadano no solo es sujeto político, sino protagonista. Que las ideas pueden pesar más que los presupuestos. Y que las convicciones pueden romper círculos que parecían imposibles de abrir.

El voto de opinión es esperanza, es valentía, es coherencia, es país.

Y cuando un pueblo vota desde allí ninguna maquinaria es capaz de detenerlo.

@JuanDaEscobarC

 

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