Opinión

Motas de pureza impoluta

La década pasada nos dejó fabulosos ganadores del Premio Nobel que, de cuando en vez, despiertan de su mutismo creativo para descrestarnos nuevamente con su genialidad. Uno de los más activos es Mo Yan (Nobel 2012), pero no tanto porque a sus 71 años esté produciendo historias maravillosas con la prolificidad de Vargas Llosa (¡qué más querríamos!), sino porque su editorial, Kailás, ha sabido dosificar las traducciones al español del material existente de su canon bibliográfico en idioma original para sortear la dura sequía de obras relevantes que inició en 2009 con “Rana” y que sólo vino a romperse hasta 2020 con “Flores Tardías”.

Un trabajo quirúrgico de tempo y oportunidad que nos ha permitido gozar de sus obras siguiendo una sana periodicidad, ni tan separada como para olvidarle ni tan frecuente como para agobiarnos. Por ello, el lanzamiento de “La Flor de Algodón Blanco” hace unos cuantos meses no hace más que llenarnos de ilusión porque nuestro García Márquez asiático vuelve a las andadas. Ahora con una historia que, como ya nos tiene bien acostumbrados, gira alrededor de un producto de la agricultura local, marca de la casa de su narrativa personal que ya inmortalizó en libros totémicos de su catálogo como “Sorgo Rojo”, “Las Balas del Ajo”, “La República del Vino” o “¡Boom!”.

“La Flor de Algodón Blanco” sigue la línea de relatos cortos que han venido a llenar su bache productivo y de los que ya hemos tenido seis desde 2017, siendo la última la prometedora “El Reencuentro de los Compañeros de Armas”. Traducida desde la edición en mandarín de 1992, el texto nos presenta una puesta en escena rural en la que el realismo mágico se ha mantenido a raya, tal vez por la misma cuestión de la extensión, para centrarse en los dramas de una fábrica de algodón provincial en la que la aguerrida Fang Biyu robará corazones con su carácter indomable. Incluido, cómo no, el del alter ego de Mo Yan, un chico que se está enamorando por primera vez, con todo lo que ello implica.

El libro funciona bastante bien, pues la prosa inconfundible de Mo Yan lo aguanta todo y alcanza los objetivos que se propone a la hora de abordar los delirios del despertar amoroso, el dolor cáustico del no ser correspondido y la insondable fractura que trae el desengaño. Todo esto mientras las motas de pureza impoluta del algodón flotan en el ambiente y se funden no sólo con las situaciones de sus personajes, sino también con los conceptos casi subliminales de la cultura china que no pillaríamos en Occidente de no ser por las espectaculares notas al pie del traductor.

Dos cosas malas. Primero, la de siempre. Mo Yan es un plusmarquista literario de fondo y su mejor versión siempre brilla en el juego largo. Sus novelas de 300 páginas están bien, pero las de 500 son sencillamente un espectáculo. Segundo, la carencia absoluta de realismo mágico. Para leer a China sin mística ya tenemos a Pearl Buck (Nobel 1938) y por eso entramos al universo moyanesco buscando algo distinto.

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