Opinión

Luego te lo explico

No es ningún descubrimiento para nadie el afirmar que los hábitos de consumo de cualquier tipo de material audiovisual han cambiado radicalmente desde la irrupción de Netflix y demás plataformas que intentan clonar su modelo de negocio. Pero de entre todas las consecuencias de esta disrupción, cada cual peor, hay una de la que poco se habla por tratarse de una afectación silenciosa, de la que sólo nos daremos cuenta si miramos a la pantalla con suficiente atención. Hablamos, por supuesto, de la crisis de la narrativa en las series que actualmente se producen, motivada principalmente por la reducida cantidad de episodios que las componen.

Hoy en día todo es caro y esto es una regla ineludible que aplica igual tanto para la cesta de la compra como para el rodaje de nuevas temporadas de nuestros programas favoritos. Este aumento en los costes de grabación no tiene una correlación directa con la calidad del producto final, pero sí trae consigo un necesario recorte del volumen de celuloide que se usa en el metraje final. Muy atrás en el tiempo quedaron ya las series con temporadas de 22 episodios que tan felices nos hicieron a principios del milenio y ahora podemos darnos por bien servidos si el nuevo show al que nos hemos enganchado llega a los 10 capítulos (y de 45 minutos cuando no te lo comprimen a escasos suspiros de 20 o 30 minutos).

Aunque es cierto que muchos episodios inevitablemente tentarán a los guionistas a pecar con el relleno, falaz sería decir que rodar pocos capítulos separará la paja del heno y destilará sólo lo mejor de la historia para el televidente, pues las malas historias siguen siendo malas sin importar cuánto tardes en contarlas. Pero lo que sí es posible afirmar sin ruborizarnos, es que contar con un mayor margen de maniobra para expandirse con la narración fomenta un mejor desarrollo narrativo que, a su vez, forzosamente beneficia a la construcción del universo donde transcurre la historia. Esto se agradece particularmente en aquellas sagas ambiciosas donde el protagonista se mueve en un ambiente vivo en evolución que está igualmente en movimiento conforme la aventura se despliega.

Tal y como sucede con las novelas largas, una temporada de gran extensión permite cocer a fuego lento tanto las situaciones como a los personajes, dotándoles de un indispensable contexto que les insufla de pasado y perspectiva, además de interesarnos en ellos, en lo que sienten o padecen y salvarles de la insignificancia al desmarcarse del rol minimalista de meros individuos sin profundidad a los que simplemente les pasan cositas sin relevancia para el devenir del relato y que pronto olvidaremos.

Pero, tristemente, no tenemos paciencia para nada de eso y el televidente, con la capacidad de atención de un pez, necesita que desde el minuto uno le suelten en la mitad de la candela, entre los tiros y las explosiones, que la trama haga una entrada espectacular, abra la puerta del carro y te diga “No hay tiempo, súbete, luego te lo explico” sin que nunca lo llegue a hacer.

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Minuto30.com

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