Hay un viejo refrán que dice: “de grano en grano, la gallina llena el buche”. Esta retahíla de palabras cobra en tiempos de elecciones una fuerza inusitada, porque cada uno de nosotros somos ese grano que alimenta el sistema político. Basta observar el gran esfuerzo que despliegan candidatos y candidatas para mostrarse sensibles a los niños, a los adultos mayores, a las mujeres embarazadas, a la pobreza, al medio ambiente y a los animales; en fin, a cada tema que pueda resonar con nuestras preocupaciones cotidianas. Es un espectáculo digno de análisis: la democracia en acción, con todas sus virtudes y contradicciones.
Sin embargo, en Colombia —al menos en las últimas tres décadas— las narrativas que absorben la intención del voto han sido las del odio, la radicalización, el enfrentamiento estéril entre partidos que quieren hacer la diferencia. Y lastimosamente dicen los analistas, lo hacen porque es lo que parece queremos escuchar los ciudadanos. Este círculo vicioso es, quizás, lo que no nos permite avanzar como deberíamos. Nos mantiene atrapados en discusiones binarias que impiden pensar en transformaciones más profundas: ¿cómo afrontar las nuevas realidades tecnológicas, que nos afectan como sociedad? ¿Cómo aprovechar realmente la extraordinaria riqueza de recursos naturales que poseemos? ¿Cómo visibilizar y celebrar la multiculturalidad que conforma este país? ¿Cómo lograr un relacionamiento constructivo con nuestros vecinos para fortalecer este continente que compartimos?
Dicen los analistas del cine que las películas de superhéroes siguen una misma estructura narrativa: un villano, un héroe. Todo Batman tiene su Guasón, diría yo. En Colombia, este guion lleva repitiéndose treinta años o más, con una particularidad inquietante: se sostiene entre dos grupos contrarios que, ambos, se consideran Batman porque dicen luchar contra la corrupción. Cuando cada grupo recibe esa oportunidad obsequiada por la ciudadanía para “salvarnos”, la corrupción —como si fuera una bola de nieve— entre más avanza más grande se hace. Al final, los dos grupos terminan siendo el Guasón: es decir, la corrupción misma, esa que no nos deja avanzar, que deja a La Guajira sin agua, al sistema de salud sin recursos, a los campesinos sin tierra, y que todos decimos querer derrotar. La paradoja es dolorosa: los que se presentan como salvadores terminan perpetuando aquello que prometían combatir.
No obstante, hay esperanza. En Colombia, el sistema democrático —con todas sus imperfecciones, sus grietas, sus zonas oscuras— ha demostrado una capacidad de resistencia notable. Ha sobrevivido incluso a las excentricidades de los partidos y sus funcionarios radicalizados. El Congreso y el Senado, con todas sus deficiencias, han sido el dique de contención que ha evitado una debacle institucional mayor. Por eso el 8 de marzo es tan importante. Por eso debemos salir a votar.
Cada uno de nosotros alimenta el sistema político con su voto. Las alternativas son múltiples. La cantidad de colombianos con vocación política es, en sí misma, una riqueza para el sistema. Pero debemos ejercer nuestro papel con responsabilidad y criterio. Verifiquemos, en lo posible, que las personas que se presentan no tengan antecedentes judiciales o procesos de corrupción adelantándose y tengan propuestas mucho más importantes que “acabar con el partido contrario”. Votemos por aquellos y aquellas que tienen programas concretos para hacer avanzar la cultura y las artes, la educación pública de calidad, el sistema de salud, el cuidado de los niños y los adultos mayores, la protección de los animales y el medio ambiente, el respeto por las diversas corrientes religiosas y filosóficas que nos invitan a amar, a perdonar, a ser solidarios, la reconciliación nacional y la construcción de paz.
No deposites tu voto de manera irreflexiva. Hazlo con conciencia plena, porque tenemos una responsabilidad con nuestro país como ciudadanos que está increíblemente por encima de los partidos políticos. No olvidemos nunca que somos nosotros quienes elegimos. El poder está, en última instancia, en nuestras manos.
Cierro con aquella vieja idea, atribuida a diversos pensadores a lo largo de la historia: “Cada pueblo tiene el gobierno que merece”. Algunos la consideran una sentencia cruel, otros una verdad incómoda. Yo prefiero verla como un recordatorio de nuestra responsabilidad colectiva. Si queremos un país diferente, debemos votar diferente. Si queremos líderes que construyan en lugar de destruir, que propongan en lugar de atacar, que unan en lugar de dividir, debemos buscarlos, identificarlos y respaldarlos con nuestro voto. La democracia no es un espectáculo pasivo. Es un ejercicio activo de ciudadanía que comienza cada vez que entramos a una urna electoral.
De grano en grano, podemos llenar el buche de este país con algo distinto al odio y la polarización. Podemos llenarlo de esperanza, de proyectos transformadores, de un futuro que valga la pena construir juntos. El 8 de marzo, seamos ese grano que marca la diferencia.
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