Absorto en la inmensa tarea de sobrevivir un día a día sin seguridad, sin alimentos, medicinas o desodorante, el venezolano ha ido olvidando lo esencial de su tragedia. Esta no es otra que la degradación de su contrato social, de su comunidad política. Si bien la tarea de sobrevivir es apremiante, no menos apremiante y hasta más trágico en el largo plazo es el fracaso de la sociedad venezolana como comunidad política, en el más puro sentido aristotélico.

gustavocoronelDecía Aristóteles que una comunidad política no es una simple asociación de personas para obtener un propósito material sino que existe para conducir a la vida buena y virtuosa. Todas las convenciones de una comunidad política deben ser apenas medios para llegar a ese fin, no el fin mismo. Ello exige, añadía Aristóteles, que sus líderes sean los mejores. Al explicar este enfoque aristotélico, el filósofo profesor de Harvard, Michael Sandel, agrega que el liderazgo de la comunidad debe ir a los mejores no solo para asegurar su buen desempeño sino para honrar y premiar las virtudes cívicas y, así, sentar un buen ejemplo. La aplicación de la justicia distributiva, dice Sandel, no está limitada al castigo sino que incluye el premio y los honores.

La esencia de una comunidad política es cívica y moral. Apartarse de esa esencia es su tragedia fundamental. Y ella es la que enfrenta hoy la sociedad venezolana. Algún día los venezolanos podrán, de nuevo, andar en las calles sin temor a ser asaltados o asesinados y los desodorantes regresarán a los estantes. Pero lo difícil será regenerar la maltrecha alma venezolana, después del brutal asalto al cual ha sido sometida por los agentes de la prostitución que se han dado en llamar revolucionarios y (ejerciendo su gran capacidad para la destrucción moral) “bolivarianos”.

Esta degradación de la comunidad política venezolana no es epidérmica sino que ha llegado hasta el alma, hasta la raíz de la nación. Ella ha hecho posible la entronización, por 15 años, de la mediocridad, el abuso de poder, la corrupción y la ignorancia en el poder político, lo cual constituye una perversión del concepto aristotélico del liderazgo para los mejores. Y esta presencia, a su vez, ha potenciado la degradación espiritual de nuestra comunidad.

Grandes porciones de la nación venezolana han entregado sus valores a cambio de limosnas, han apoyado o tolerado una manera indigna de vivir en sociedad a cambio del placer efímero que les produce tener más dinero en sus bolsillos. Y no ha sido solo la clase más desposeída y vulnerable. Ha sido, en buena parte, la clase media alta, la cual se ha lanzado con descaro a participar del saqueo material y de la destrucción del alma nacional.

Y esto es lo verdaderamente trágico, lo que no puede repararse en poco tiempo o, quizás, es ya irreparable. Venezuela, como comunidad política, ha sido destruida. Por un momento, durante el siglo pasado, creímos haber encontrado nuestro rumbo en manos de una democracia decente, la cual se fue deteriorando hasta producir el desencanto que nos llevó a lo que existe hoy. Esto es mucho peor, ya que ha combinado el desencanto original, el cual es mayor hoy, con una progresiva destrucción del alma nacional.

Fragmentos del alma venezolana existen hoy, dispersos por todo el planeta y en Venezuela, replegados en la frágil seguridad de hogares y centros de estudio, esperando el llamado de los mejores a su coalescencia.

Podrán llegar a constituir una masa crítica que pueda regenerar las raíces espirituales de nuestra Venezuela?

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Redacción Minuto30

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