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Opinión

Venezuela 1998 – Colombia 2022

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Maximiliano Valderrama Sentido comun publico1

Entiendo que para muchos académicos e intelectuales tal vez por ese confort que brinda un mundo donde el conocimiento ha sido corroído por intereses políticos, es fácil pontificar acerca de asuntos basados en lo que dicen los indicadores y las estadísticas. Es para ellos fundamental, cada vez que opinan, colorear un mundo real con esos matices que tienen aquellos mundos teóricos ideales, donde entre otras maravillas el estado de bienestar general se puede alcanzar movilizaciones “masivas” donde al final se celebran e imponen libertinajes con el supuesto pretexto de promover derechos e igualdad.

Ahora bien, el derecho a la protesta civil en la gran mayoría de países latinoamericanos está en el ADN de sus constituciones con excepción a aquellos países de regímenes autoritarios, donde el “dicho no se compadece con el hecho”; es decir, es prácticamente imposible, como en Venezuela o Cuba ejercer una protesta o disentir. Incluso en los Estados Unidos este derecho está consagrado en la primera enmienda a la constitución, la cual establece el inicio de lo que se conoce como la “carta de los derechos”.

Lo que pasa en Chile y en algunos otros países de América en estos momentos se sale de toda lógica, y es para mi el resultado de una excesiva polarización, soportada en el uso de esa “combinación de todas las formas de lucha”, donde algunos se aprovechan de un grupo de personas (que al estar rotas por dentro), se convierten en idiotas útiles de la causa. Es claro que la izquierda radical (cuya ala más moderada pero no por ello menos peligrosa ha logrado permear la academia, la justicia y los medios), tropicaliza esto según el lugar y con unos ligeros ajustes, para con ello poder replicar con éxito una franquicia ideológica que busca: dividir, generar rabia y pescar en rio revuelto. Una estrategia que de no combatirse a la larga va a generar mucho dolor.

¡Y si por allá llueve, por acá no escampa! Tenemos hoy en Colombia una operación sistemática para socavar el estado de derecho y generar caos, liderada por la izquierda radical, en asocio con aquellos que por cuenta de esa operación internacional de lavado de activos llamada “acuerdo de paz”, se han llenado de contratos, prebendas y premios. Acuerdo de impunidad con el que además de haber afectado la constitución para beneficiar criminales de lesa humanidad es claramente perceptible que el gran problema que tenemos en el país llamado narcotráfico salió fortalecido.

Adicional a lo que menciono en el párrafo anterior, hay un elemento adicional que preocupa mucho más: la manera con la que están reescribiendo la historia a través de una nueva narrativa, la cual se apoya en una promoción de la corrección política y la generación de sentimientos de vergüenza para quien se atreva disentir aquello que se dice.

Resulta ahora que los políticos son corruptos, menos aquellos que tienen el descaro de usar esa “máxima” después ser parte del estado por más de 51 años; como aquel “honorable” Senador de la república que hoy con sus 74 años, dice ser parte de la “nueva generación” y quien quiere aspirar a la Presidencia sin ponerse siquiera del color de su partido.

Todos los políticos de una supuesta “extrema derecha paramilitar” son delincuentes, pero no se puede siquiera sugerir lo mismo para aquellos que después de haber: secuestrado, despojado, masacrado, desaparecido y violado a miles de colombianos, cuentan hoy con representación política en el Congreso sin haber pagado un día de cárcel y con un brazo armado al que debe llamarse disidencias (para no generarles un trauma emocional).

Hoy se llaman “decentes” todos aquellos que hacen parte de un movimiento liderado por una basura humana así este adjetivo sea una afrenta para los desechos, quienes lo único que tienen para destacar es: su culto por las narco novelas, ser hijos de terroristas “inmolados” y algunos su adicción a las sustancias psicoactivas (y en ciertas ocasiones hasta su tráfico).

A algunos con esa memoria selectiva se les olvidó como era la salud cuando dependíamos del Seguro Social y cuando Telecom (su sindicato) incomunicó y aisló al país para ejercer presión y con ello mantener los privilegios de una “clase obrera” corrupta. Olvidaron algunos cuando nos tocó el apagón y al reloj tocó adelantarlo una hora por allá en 1992, pero son incapaces de recordar que un año antes la Asamblea Constituyente por presiones de los narcotraficantes prohibía la extradición de nacionales (especial por presiones de aquel que tuvo arrodillado al estado y literalmente al hoy procurador desde su propia catedral). A algunos se les olvidó lo que era estar secuestrados en nuestra propia ciudad o municipio, pero esa memoria no falla para dar matraca con ese cuento absurdo de que “los únicos beneficiados de la seguridad democrática fueron los ricos que pudieron volver a sus fincas”.

Es tal vez por esa memoria selectiva y por ese doble rasero que manejan, la razón por la que muchos llaman “guerra civil” a la amenaza terrorista que sigue vigente por cuenta del narcotráfico. Es esa ética polivalente la que permite que aquella jugarreta de usar a Mockus sólo para conseguir votos no les importe (eso seguro debe pensar su esposa Adriana, cada vez que aterriza con un contrato en el sector público). Como tampoco les importa la manera en la que vuelven lícito aquel acto ilegal de tener a la consorte como colega en el congreso, la misma consorte con la que se pavoneaba y hablaba de su maravillosa relación (pero luego inexistente), en artículos de la prensa rosa. Pero verdad que el NO ganó y se lo pasaron por la galleta…¡Ah! “eso no cuenta Max” exclamarán apasionadamente algunos.

Tengan seguro algo: si sigue el país permitiendo que este tipo de situaciones y acciones que son instigadas hoy por “terroristas de civil”, la educación será gratis como lo fue en esa nueva Venezuela de 1998 y el mercadito al igual que los subsidios llegarán hasta que se acabe la plata de todos; para luego (y tarde) darnos cuenta que el único país libre de socialismo del siglo XXI, sucumbió en 2022 ante ese camino que pavimentado por una lucha de clases cuyo destino son sólo esas falsas promesas que pretenden un mundo ideal, lo que nos llevará al remembrar con nostalgia la historia que no quisimos recordar y mucho menos escribir.

@maxivale

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