Un mundo necesitado de psiquiatras

Por: Gustavo Salazar Pineda

En buena hora el inteligente y conocido humorista Vargasvil, mi insigne paisano y vecino de barrio, decide aportar algo distinto en una campaña política: se ha lanzado como candidato a la diputación de Antioquia con una tesis brillante y necesaria en estos tiempos: la necesidad de reestudiar la temática de la salud pública mental del pueblo colombiano.

En estos días que el mundo celebra medio siglo del aberrante crimen cometido por Charles Manson y su banda de supuestos místicos en el lado oeste de los Estados Unidos, es la feliz oportunidad de reflexionar acerca de la forma anticientífica e inhumana como se juzgan y condenan en los estrados judiciales a los responsables de crímenes atroces y que los medios de comunicación no hacen otra cosa que alborotar la galería y pedir pena de muerte, cadena perpetua y otras medidas que no garantizan la supuesta solución de un problema tan grave como es la pandemia de enfermedades mentales que aquejan a mujeres y hombres de hoy.

Los Estados Unidos y particularmente su aparato judicial creen resolver la criminalidad más monstruosa a base de múltiples cadenas perpetuas, pena de muerte y la más atroz intimidación sobre la población. Equivocados están los gringos que cada día ven aumentar el número de adolescentes y adultos psicópatas y aquejados por graves enfermedades del alma y de la mente sin atender las causas reales y personales que impulsan a delinquir a los supuestos ciudadanos felices del país más poderoso del mundo.

Fiscales, sheriffs, jueces y magistrados se empecinan en acumular procesos y sentencias de personas con gravísimos síntomas de desarreglo mental para la estadística, pero casi nadie analiza ni da en el blanco de que lo que se debe atacar es la enfermedad en toda su dimensión y no con el simplista concepto que basta el encierro intramural para aplicar justicia.

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El historial clínico de Charles Manson vaticinaba que era un desadaptado social, un psicópata, dado que al llegar a la treintena de años había pasado la mitad de su vida en reformatorios y cárceles. Sus conflictos con la madre lo llevaban a que se sintiera “un chico mecánico” y consta en su historia clínica psiquiátrica que sufría traumas psíquicos y su conducta era antisocial. Era evidente para el aparato judicial norteamericano que el ejecutor del horroroso crimen contra una bella modelo y actriz en embarazo tenía trastornos en su personalidad.

No es normal que hubiera declinado salir de la cárcel alguna vez bajo el pretexto que la prisión era su lugar preferido. Solo un desadaptado social puede pensar así. Bastaba observar sus ojos desorbitados y que sugieren maldad para saber que no era ni es un hombre normal. Por todo ello su caso debió y debe ser un tema exclusivo de la psiquiatría y no del derecho penal.

Igual acontece en la Colombia de los últimos tiempos. Luis Alfonso Garavito y Rafael Uribe Noguera son dos infelices victimas de su profundo desarreglo psíquico y la justicia los juzgó y los seguirá juzgando bajo la óptica del derecho criminal, cuando quien debe intervenir es la ciencia psiquiátrica.

Ufanos salieron hace un par de años los magistrados del Tribunal Superior de Bogotá a contar que su decisión era la de aumentar la pena del joven oligarca que incurrió en el homicidio y violación de una niña.

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Ni un solo vocablo, ni una palabra para auscultar la verdadera razón de un crimen atroz: la personalidad de un sujeto convertido en robot sanguinario, quizá por los excesivos mimos económicos y desatención emocional de los padres en su niñez a quien de adulto es víctima, más que victimario, de su discapacidad psíquica.

Una justicia penal que en estos casos desatiende profundas razones psicológicas y psiquiátricas del ejecutor de un crimen no pasa de ser una parodia y farsa judicial.

Acierta Crisanto Vargas, Vargasvil, cuando tiene como plataforma seria de su campaña el trato digno, humano y científico a los centenares de miles de personas de ambos sexos aquejados por las enfermedades propias de esta sociedad esquizoide y paranoica que es la del siglo XXI. En estos tiempos de elecciones populares en los que son tan pobres y superficiales las propuestas de candidatos a ocupar cargos públicos por voto ciudadano, la propuesta oportuna, seria y científica de Crisanto Vargas Ramírez, es bienvenida.
La retórica de la represión, la populista fórmula científica y mentirosa de elevar las penas, promover la pena capital y la de muerte, están llamadas al fracaso.

¡Cuántos inocentes pueblan hacinadamente nuestros muladares reclusorios en condiciones de deterioro mental profundo! Recientes datos del INPEC al respecto son alarmantes.
Se hace necesario replantear el fenómeno delictivo a partir de la comprensión de la salud psíquica del procesado.

Por eso acompañamos la genial idea de Vargasvil, más seria y sabía que la de muchos politiqueros con muy mala óptica social.

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