La otra trata en España: trabajar en semiesclavitud

La comunidad nicaragüense de Pamplona realiza el año pasado un acto de protesta en demanda de justicia para el temporero Eleazar Blandon, quien sufrió un infarto durante su jornada laboral en Lorca (Murcia) y fue abandonado en un centro de salud, donde murió. EFE/Jesús Diges

Madrid, 7 ago (EFE).- Mujeres nicaragüenses y hondureñas traídas a España para trabajar en el servicio doméstico y vivir en condiciones casi infrahumanas. Hombres rumanos, búlgaros y moldavos que recorren la geografía como temporeros y a los que los tratantes les arrebatan casi todo su salario. Es la otra trata, contra la que también lucha la Guardia Civil española.

Cientos de personas llegan cada año a España engañadas por sus tratantes con la promesa de un trabajo y un salario digno que les saque de la penuria y vulnerabilidad que viven en su países.

LA TRATA DE PERSONAS A CAMBIO DE SALARIOS «INDIGNOS»

Son numerosas las operaciones contra este tipo de explotación que lleva a cabo cada año la Guardia Civil, siempre de la mano de la Inspección de Trabajo y en muchos casos con la colaboración de las ONG, explica a Efe el jefe de la sección de Trata de Seres Humanos en la Guardia Civil, Vicente Calvo.

Pero esta actividad ilícita emerge cada año con cada campaña agrícola y extiende sus tentáculos allá donde la recolección apremia.

No hay en España mano de obra suficiente para realizar estos trabajos y propietarios de explotaciones agrarias recurren a empresas de empleo temporal para que les suministren temporeros.

Lo que no saben es que una parte de ellas han sido constituidas por organizaciones criminales dedicadas a captar a esos trabajadores, a los que les cobran por el traslado a España, el alojamiento e, incluso, por el transporte hasta las fincas.

Y no solo eso. Se hacen con sus tarjetas de crédito y les arrebatan prácticamente todo su salario de las cuentas bancarias que les obligan a abrir.

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Son redes formadas por personas de la misma nacionalidad que sus víctimas, rumanos y búlgaros la mayoría, que captan a los trabajadores en zonas rurales de esos países, donde viven en una situación muy precaria.

Calvo explica cómo desde hace un tiempo están llegando a España mujeres procedentes de Nicaragua y Honduras, captadas por sus propios parientes para cuidar a dependientes, mayores o enfermos. Estas víctimas llegan a contraer una deuda con sus captores del equivalente a unos 7.000 dólares por el viaje y la documentación. No logran saldarla.

Precisamente, en una de las operaciones la Guardia Civil desarticuló un clan familiar nicaragüense que desde 2016 había esclavizado a cincuenta mujeres.

Los empleadores las pagaban en «negro» y las víctimas tenían que entregar el 85 por ciento del salario a la red.

EL ALOJAMIENTO: BARRACONES, TIENDAS DE CAMPAÑA E, INCLUSO, POCILGAS

No ocurre en todos los casos, pero sí en muchos. Las redes también se encargan de alojar a sus víctimas y lo hacen en barracones, tiendas de campaña, viejas viviendas donde tienen que convivir hacinadas… Incluso, en naves antes dedicadas a criar cerdos y apenas adecentadas.

Comenta Calvo que en una ocasión pudo comprobar cómo los tratantes vivían en la zona «buena» de la casa, con varios baños incluso, y alojaban a las víctimas en lo que antes eran cuadras.

También en otra operación pudieron ver cómo los explotadores vivían en un chalet y los explotados en «roulottes» de desgüace hacinados.

En algunos casos, cuando las víctimas terminan su jornada en el campo, les obligan a hacer otras tareas, como preparar el alojamiento para otros temporeros, trabajar en las huertas o arreglar el jardín.

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Pero es tan penosa su situación en sus países de origen, que alguna víctima ha llegado a decir a los agentes que al menos le daban de comer y un euro para tomar un café.

Ese conformismo no es generalizado en todas las víctimas. De hecho, algunas se atreven a denunciar.

Calvo dice que son más habituales estas denuncias que las de víctimas de explotación sexual. Se sienten engañados cuando comprueban que las condiciones y el salario no se ajusta a lo que les prometieron y acuden a las fuerzas de seguridad.

Por el contrario, en víctimas de explotación sexual, además del miedo a las redes hay un componente de sentimiento de culpabilidad, de creer que están haciendo algo reprochable.

EL TRABAJO DE LA GUARDIA CIVIL: MÁS ALLÁ DE LA LUCHA POLICIAL

Mas allá de la lucha policial y de las inspecciones preventivas en explotaciones agrarias, talleres o almacenes, junto con la Inspección de Trabajo, la Guardia Civil ha puesto su empeño en la sensibilización, con la puesta en marcha de algunas campañas.

No se ha olvidado de los empresarios, con los que también realiza una labor de concienciación, ya que la mayoría ignora lo que hace el intermediario.

El papel de los servicios sociales también es esencial, subraya Calvo.

Como en España, en otros países de Europa también existe explotación laboral, pero Calvo cree que es necesaria una mayor concienciación de la sociedad para erradicar un delito que tiene menor reproche penal que la explotación sexual. Por eso, hace un llamamiento a la sociedad para que lo denuncie.

Por: Sagrario Ortega

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