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Opinión

Suicidios y velocidad

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Nelson Hurtado Obando

Siempre he encontrado, que es una contradicción y una política sofística, la promoción de la “protección de la vida”, a través de las cámaras de fotodetección y de la reducción de los límites de velocidad, como el mecanismo idóneo para ello y que la única ventaja que proporcionan, es el mantener las arcas del erario, rebosantes, de los “lixiviados sociales”.

Nelson Hurtado Obando

“Vísteme despacio que estoy de prisa”, sea que haya sido dicha por Napoleón, o no, es una síntesis de alta complejidad, para los tiempos actuales.

En Medellín y concretamente con la construcción de la vía distribuidora, se justificó en la necesidad de disminuir “los tiempos de viaje”, para lograr la ciudad competitiva, internacionalizada, inclusiva, equitativa. No obstante, pronto aparecieron las vallas de la alcaldía y la secretaría de tránsito, induciendo objetivamente, el “Vaya despacio…”

El concejo de Medellín, bajo la presidencia de Federico Gutiérrez y con iguales argumentos, puso en ejecución y sin la debida aprobación que requería, de otro modo en contra de la Constitución y de la ley, el llamado Plan vial El Poblado, por valorización y peor todavía, sabiendo que los tiempos de viaje, no iban a disminuir, ni las propiedades se iban a valorizar, como así consta en los estudios que reposan en las actas del concejo.

¿Qué subyace en el fondo, de toda esta complejidad?

Esta semana, tuvimos conocimiento de dos suicidios, al menos de los dos más “espectaculares”: el del hijo de Navarro Wolff y el de Juan David Arango.

En la década del 90, como diputado de Antioquia, junto a otros diputados y en compañía con el MD. Guillermo León Franco, director de “CARISMA”, antes Granja Taller, donde cumplí funciones de auditor, promovimos en la asamblea departamental, un debate sobre el tema de la salud mental en el departamento, a raíz del incremento de los suicidios, especialmente en el oriente antioqueño.

Hoy el tema, vuelve a cobrar actualidad, al menos, mediáticamente es “espectacular”, como alimento del morbo, de las “hipótesis”, de las razones y sinrazones, desde las decepciones amorosas, el no hallazgo o la pérdida de empleo y hasta las deudas y las hipotecas, estas últimas sí, verdaderos actos de inducción al suicidio, en no pocos casos.

Se me dirá, qué de que escribo, que no hay conexión entre la velocidad que controlan las cámaras de fotodetección y los suicidios.

Me remito entonces al dicho de los americanos: “el tiempo es oro”.

El mundo va con demasiada prisa, ya no es ante el más fuerte, que sucumbe el débil; ahora es, que, ante el más veloz, perece el lento, todo sucede ya en unidades de tiempo, menores al nanosegundo; el mundo está a un “click”, lo mismo que el e-amor y la e-vida.

Si en autos ha de irse despacio, ¿para qué entonces construir y ampliar vías? ¿Cuáles son entonces los escenarios, donde a través del auto puedan realizarse sus “valores agregados” de: libertad, poder, éxito, distinción, sexo…?

Indudablemente, la economía, el mercado global, han creado unas pautas que han alterado el alma de cada ser humano y en su conjunto social, lo que viene siendo reforzado por una serie de desarrollos sico-técnicos y de márquetin, que envidiaría E. Bernays, sobrino de Freud y hasta el mismo Mcluhan y que sirven de “doctorados”, a unos sistemas educativos, que hicieron de los proyectos de vida, auténticos planes de negocios, bajo el cuatrinomio de: HACER-TENER-ÉXITO-…ser. No es temerario decir, que nos tocó en suerte una época, en la que el único referente de los VALORES, es la “bolsa de valores”. “La bolsa o la vida”.

¿Qué subyace, en la psique, de un suicida? ¿Acto extremo de valentía o cobardía? No hay respuesta verosímil, ni desde la criminología, la sicología, ni la siquiatría, pero es una triste realidad y desafortunadamente in crescendo.

La complejidad del mundo actual, no solo ha exacerbado la posibilidad de todos los riesgos, sino que los ha hecho probabilidad de peligros inminentes, a los que hay que enfrentar en el diario vivir, de tal modo que, ya vivir, es peligro inminente: de no educación, de no empleo, de no alimento, de no salud, de no vestido, de no pensión, de no vivienda, de no recreación, de no derecho al ocio, de no familia, de sí al matrimonio, pero con “dama de compañía”, con pacto de no hijos o pacto de no alegría, de no más razones para creer, crecer, luchar, de no amor, de no tiempo…

A lo anterior hay que agregar, la esterilidad productiva, laboral, a edades promedios de 28 años, sobrevenidas por los desarrollos técnicos y tecnológicos y la volatilidad del aprendizaje o amaestramiento técnico, para el fácil e inmediato reemplazo, con sus huestes “innovadoras”, en las inmensas reservas cesantes. Producción, menores costes, eficiencia (Paradoja de Jevons), competitividad y cada vez, menos redistribución de la riqueza social.

El “reloj biológico” adelantado, por el reloj económico; “ejecutivos exitosos”, que almuerzan sobre el escritorio de trabajo o que viven en “desayunos y almuerzos de trabajo”, donde la ingesta más nutritiva, es un correo, o un dato o cifra por “whatsapp”, más la sudoración y palidez, en las salas de espera de los aeropuertos, pegados al computador antes de abordar…”exitosos”, sin tiempo para mear con ganas, sin brazos y sin manos, para abrazar y acariciar…sin palabras para amar, para consentir, para apoyar, para enternecer…solo para producir; “exitosos” de sonrisas solo para la revista o la televisión, para la fama, la farándula, la cotización, el éxito. Comprensible como el celular, a cada nanosegundo, le recuerda a la inmensa masa, que es exactamente eso: una masa en competencia, (educación por competencias), “sin minutos”, para vivir.

Infinito es el espectro de las causas, que explicarían un suicidio, pues tampoco bastaría a la “valerianización” de la sociedad, ni siquiera el hallazgo de la perseguida “carta del suicida”, tan cara a los “investigadores y criminólogos” y a los alcaldes administradores de las estadísticas.

Según se lee en alguna literatura, una de las causas más recurrentes de suicidio, son las deudas, ¿Quién no quiere suicidarse cuando llaman de los bancos, cualquier día y a cualquier hora y nos dicen: “Su día límite de pago fue ayer, le recuerdo que su crédito está en mora, ¿por qué no ha pagado su cuota?, ¿Cuándo va a pagar su cuota?, conforme al “acuerdo de pago que acabamos de hacer, le recuerdo que debe pagar el día que acabamos de convenir, en caso contrario pasará a cobro jurídico…” e interviene la esposa y remata: “¿Llamaron del banco? ¡Vio, ya nos quedamos sin apartamento…” y ras tas, tas..!

Presión indebida, abuso, tortura, constreñimiento ilegal, frente a los cuales la Corte Constitucional, no ha visto que un deudor hipotecario, ha hipotecado a los bancos, un bien, el patrimonio, pero nunca jamás el ALMA, a la que desde un call center o desde el “departamento de crédito y cobranzas”, el técnico (…hombre sin ideas y sin ideales, pieza del engranaje), le hurga el alma al deudor, con el dedo o con un destornillador, sin que nada le importe…Aquí tienen la Liga de Consumidores, la @SFCsupervisor, la @sicsuper y hasta la Fiscalía, para que hagan algo, por la SALUD MENTAL de los colombianos: meter en cintura a los “chepitos” telefónicos de los bancos.

Es innegable, que la velocidad del diario vivir, arrebata y sacrifica más vidas y más jóvenes y quizás más útiles a la humanidad, que la misma velocidad de los autos en las vías, que se construyen y amplían, contradictoriamente, dizque para minimizar los tiempos de desplazamientos, es decir para ir más de prisa.

Para bien o para mal, para regular la “excesiva velocidad de la vida”, aún en Medellín, ni en el resto de Colombia, han “innovado”, cámaras de fotodetección, para estos “excesos de velocidad”, pues hasta los “suicidas”, tendrían sus infracciones al “Tránsito vital digno” y los municipios otra “gallinita de huevos de oro”.

Los suicidios, (ojalá me equivoque), seguirán en incremento, cuando la confrontación con la realidad, demuestre a cada quien, que el empleo y la remuneración, formal y estable, no crecen en la misma proporción, en que crece la formación educativa, en sus distintos niveles, por su intrínseca volatilidad, incrementándose siempre, la reserva de cesantes, que por lo general cargan también, deudas educativas.

Sin lugar a dudas, muchos de los suicidios, además de problema de salud pública, son producto, de una economía más que “extractiva”, avasalladora, que hizo del hombre-ciudadano, un mero consumidor y es consecuencialmente, un referente de la inseguridad humana, que campea en todos los ámbitos de la vida.

La muerte que campea, en los territorios enemigos de la vida, las vías, como la muerte propia del suicida, en muchos casos, más que a la velocidad física, de un auto o de un proyectil, son una y la misma muerte, a la que subyace, como impulsión, la velocidad frenética, de la vida actual. En alguna medida, todos matamos al actor del tráfico, como también al suicida.

Vamos muy de prisa, sin tiempo para hacer real a Neruda, cuando nos dijo: que si pudiera volver atrás,“…Caminaría más despacio…cometería los mismos errores, disfrutándolos más…”

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