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¡Suenan los estómagos y no son mariposas!

Por: Dayan Alcides Marulanda Arroyave

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Suena la alarma biológica – el estómago – a las 5:00 am de la mañana y miles de niños y niñas se levantan con prisa, tienden su cama, se dan un baño, se ponen su respectivo uniforme escolar y abandonan sus hogares con la esperanza de encontrar en su escuela algo que en su rutina hogareña se les ha sido negado: ¡algo para comer ¡

Así es como llegan a sus escuelas ya no con el deseo de aprender sino de comer. El hambre que padecen miles de familias en el país se ha convertido en una emoción: ya muchos no diferencian entre tristeza, miedo o alegría, simplemente tienen/están con hambre.

Y por supuesto, he aquí la premisa que muchos nos planteamos cuando se tratan estos temas:

¿cómo es posible que, en un país agrícola, con alimentos, minerales, agua, etc; haya gente que aguanta hambre?

La respuesta es sencilla. Colombia funciona a través de un sistema democrático donde las instituciones y los políticos son los actores primordiales de la arquitectura social, por ende, el hambre, aunque es una problemática multicausal – por razones económicas, sociales y hasta climáticas -, es el resultado de un conjunto de decisiones políticas.

Según el último informe de la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura (FAO), en nuestro país más de 7 millones de personas enfrentan el riesgo de no poder acceder a los alimentos básicos para la subsistencia e incluye al país en la lista de los 20 países en riesgo de padecer Inseguridad Alimentaria Aguda.

A inicios del presente año el gobierno nacional se manifestó en contra de la FAO y el PMA por tal informe, alegando que se desconocían las acciones del mismo gobierno en contra del hambre. Sin darle mucha importancia al alegato vacío del actual gobierno nacional que cree al plantear sus argumentos a la FAO que sus acciones han sido “suficientes” para atajar el hambre en el país, basta con visitar un barrio de bajo estrato de algún rincón del país y observar rostros altamente preocupados por estómagos extremadamente vacíos.

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No se puede esperar que un país con hambre sea un país en paz. En 2015 la ENSIN (Encuesta Nacional de Situación Nutricional) dejó como producto un dato desalentador: más del 50% de hogares colombianos tenían complejidades para acceder al alimento y previo a la pandemia más de 560 mil niños padecían de desnutrición crónica.

Para el año 2020 en cuanto a cifras de pobreza extrema en Colombia 7,4 millones de personas subsistieron con ingresos mensuales inferiores a $ 145.000 y, según el DANE para septiembre de 2021 el 29% de los colombianos consumía menos de tres comidas al día.

Una de las poblaciones más afectada por el hambre es la rural. En el campo no hay grandes industrias como en la ciudad, pero hay grandes árboles, vegetales y frutas; sin embargo, con la reactivación del conflicto armado en varias zonas del país las familias se tienen que desplazar hacia ciudades donde ya no pueden contar con esos árboles ni pedazos de tierra para sembrar su alimento. El autoabastecimiento llega a su fin.

Otras poblaciones gravemente afectadas son las indígenas y la migrante venezolana. A los que lastimosamente ya se “normalizó” verlos en semáforos. Niños y niñas indígenas con la cara sucia, con hambre, expuestos al peligro de las calles y con madres y abuelas que, con gran esperanza tejen manillas de hilo para llevar un bocado de comida a sus hijos.

En materia económica, el país aún sufre las consecuencias de la pandemia, miles de empleos no se han podido recuperar y tenemos la inflación más alta en la historia (es un fenómeno mundial). En el 2002 la pobreza en Colombia según el DANE era de 49.7%, en los siguientes años tuvo una reducción progresiva, alcanzando en 2010 el 37,2% y en 2019 (antes de la COVID-19) 35,7%; para el 2020 se disparó y regresó a la misma cifra del 2008: 42%.

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Aquí es donde el sector empresarial cobra más importancia, tal como lo plantea el presidente de la ANDI Bruce Mac Master “los empresarios tienen un rol protagónico en el objetivo de contribuir al tejido social para ayudar a mitigar el impacto de la pobreza”, tal como lo es el hambre.

En medio del hambre no puede haber progreso social ni económico nacional, empero, no se puede aceptar que el progreso social pueda detenerse en el país: se deben plantear objetivos más grandes y rigurosos para que el esfuerzo nunca disminuya.

Para atajar el hambre es imprescindible el crecimiento económico, sin él no se sale de la pobreza. Creo que el Estado debe dar una mirada al campo y fortalecer la economía rural, si a los campesinos les va bien a todos nos va bien; también se debe asegurar la paz de los territorios para evitar desplazamientos forzados.

La lucha contra el hambre debe ser un propósito nacional. Es una problemática que no nos debería dejar dormir tranquilos.

Las anteriores no son simples cifras, son vidas humanas. Personas que tienen sueños, que aspiran disfrutar la vida, que viven con la esperanza de que no se les vea como un producto negociable, porque ellos no son dinero.

Tengo fe en que los políticos y las instituciones pueden mejorar. Ante el nefasto portafolio de problemáticas de nuestra patria sólo la unión de voluntades podrá deparar un destino más amigable con la vida. Por eso, mi fe en que llegará el día en que aquellos miles de niños al escuchar su estómago se pregunten si están enamorados y no cuántos días llevan sin comer.

 

 

 

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