Soñar y estudiar

No es ningún secreto que la educación superior, desde las primeras academias de la Antigua Grecia, no es un derecho sino un privilegio. No se refiere, por supuesto, al privilegio económico ni a las clases sociales, sino a lo intelectual. Las universidades están abiertas a todos, pero no todos se gradúan. En la mayoría de las universidades, donde no existe el riguroso proceso de selección intelectual, el porcentaje de los graduados no sobrepasa el 50% respecto a los ingresados.

Antón Toursinov

Es más, un alto porcentaje de los estudiantes tardan en graduarse, lo que demuestra varias cosas: falta de capacidad para estudiar e investigar en una universidad, falta de recursos (de todo tipo) para mantener el ritmo de los estudios y, tal vez lo más importante, falta de interés por la carrera elegida.

En un mundo globalizado la educación superior se ha convertido en el primer paso al éxito, a la competitividad y al desarrollo en general. El medio sociocultural (que incluye aspectos no solo propiamente sociales y culturales, sino también jurídicos, lingüísticos, económicos y políticos) de los países latinoamericanos, del desarrollo económico lento, provocó que las universidades se centraran en las carreras prácticas, que no requieren inversión ni elevado gasto, dejando de lado la investigación científica.

El progreso parece positivo desde todos los puntos de vista: sólo basta recordar que los que estudiamos las carreras hace unos 15 años o más íbamos a la biblioteca a cada rato a consultar muchos libros para la siguiente clase, dominábamos las técnicas de resumir las cantidades extraordinarias de la información en un tiempo récord (y con todo esto nos daba tiempo ir a parrandear) y otras tantas “barbaridades” que a los jóvenes de hoy ya se les olvidaron. Era un buen ejercicio no sólo mental, que desarrollaba las capacidades analíticas y de razonamiento, sino inculcaba la investigación y el criterio de independencia intelectual. Por supuesto, ello no quiere decir que ya no existan estos medios en actualidad, sino que el camino del desarrollo de las habilidades intelectuales cambió y las universidades están implementando nuevas tácticas para el desarrollo de estas habilidades.

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En efecto, el progreso es evidente y muy práctico. Ahora tenemos suerte de meternos en internet en las bibliotecas virtuales, ir a “la biblio” quince minutos antes de la clase para sacar copias de los libros, escanear, etc. Y aquí no nos referimos sólo a los estudiantes, sino también a los profesores. Desapareció esta aventura del pensamiento de antes, que a veces resultaba desgastante, dando lugar a la de ahora, que requiere quizá menos esfuerzo físico y menos gasto de tiempo pero permite abarcar más y conseguir más información.

Sin embargo, como dicen: “no hay que pecar por defecto ni por exceso porque hace daño”. El progreso al traer lo positivo, nos cobra y bastante caro. Una parte de este precio que pagamos es la falta de sueños en los estudios. Para ser francos: ¿cuántos de nosotros ha estudiado la carrera con la que soñó de adolescente? ¿Quién estudia en la universidad que considera realmente la mejor del mundo en su área? A primera vista estas preguntas no tienen nada que ver con el progreso, pero sí, junto con la tecnología, se pierde el interés hacia lo más importante, el futuro.

La mayoría de los estudiantes de nuestras universidades eligen (o, mejor dicho, eligen los padres o exige la realidad del país) las carreras que permiten muy rápida remuneración en un futuro: administración, sistemas, economía, derecho, etc. Pero, realmente se gradúa al terminar cinco años de estudios (o algunos seis, siete y más) un mínimo grupo que de veras está enamorado de lo que estudia. Hay carreras que son nuestro sueño, pero no las hay en países pequeños. Otra vez la pasividad (o sea, flojera), producto del progreso, no nos permite ampliar el horizonte y luchar por una beca en el extranjero.

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Según evidencian múltiples estudios realizados entre los alumnos de los colegios en los países latinoamericanos, hay una enorme cantidad de los jóvenes que quisieran estudiar ciencias, dedicarse a la investigación. Y no es en vano. A estas alturas de la historia de la humanidad, la investigación se hace cada vez más significativa. Se puede decir, que la investigación científica es el motor del progreso. Este tipo de actividades son las que hacen falta para que progresen países en vías de desarrollo, para que salgan de la pobreza y estancamiento y para que dejen de ser catalogados como países “pobres y atrasados”.

No obstante, por otro lado, se puede ver que la investigación requiere una inversión enorme que no siempre es a corto plazo. Por ello muchos países latinoamericanos no se lo pueden permitir. ¿Significa esto que no podemos soñar con ser científicos y con sacar adelante nuestro país?

¿Cuántos saben que casi todos los gobiernos “primermundistas” y las universidades de prestigio mundial ofrecen becas a los colombianos y latinoamericanos? Pero no lo sabemos porque nos asusta el esfuerzo que hay que hacer para obtenerlas, nos asusta salir de internet o esforzarnos un poco más de lo acostumbrado. Cada país “desarrollado” se elevó en el mundo precisamente por sus aportaciones y alcances científicos: basta ver el origen de los “premios Nobel” en las ciencias. Esto no significa que no tengamos este potencial en nuestros países.

En fin, sí es posible aprovechar lo bueno del progreso para alcanzar el sueño, la vida es una y hay que disfrutarla. Solo los hombres mediocres no saben qué hacer con su vida. @atoursinov

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