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La soledad de estar solo

Por: Carlos Mario Cortés Rincón

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Los regaños de la profesora fueron interrumpidos por el sonido agudo de una campana marchita y oxidada, la misma que por muchos años anunciaba la entrada y salida de la escuela. Aquel niño de cabello ensortijado y escasos siete añitos salió corriendo, pero, no para su casa, sino que esta vez se desvió rumbo al cementerio, sudoroso y cansado, corría y corría reflejando en su rostro unas ansias infinitas de llegar.

Una leve llovizna cubría aquel humilde caserío atravesado por un caudaloso río. Al llegar a la tumba de su madre, aquel niño detuvo su caminar mirando impávido la pequeña cruz de madera, que adornaba aquel sepulcro. Luego de tirar su mochila al piso, el niño se arrodilló juntando sus manos pequeñitas a manera de oración y, llorando, emocionalmente conmovido, exclamó, -suficiente mamá, ya dormiste demasiado, despierta y ven conmigo mañana a la escuela, ¡por favor! despierta, debes hablar con la profesora y explicarle un montón de cosas. Mamá, todos los días la profesora me regaña y me dice cosas malucas-. Por un instante el niño tomó aire fuerte, limpió sus lágrimas con la mano derecha y prosiguió, -la profesora me dice, “tu madre si es muy descuidada, te manda a la escuela sin lonchera, ni siquiera te viste bien y, por lo que veo no te ayuda con las tareas”-.

El niño hizo una pausa más y ahogado en su llanto entre sollozos y lamentos suplicó, -mamá, levántate, ven, acompáñame a la escuela, te lo pido, ven y le explicas a la profesora porque estás dormida, la vida sin ti mamá no es lo mismo. Levántate, mamá, levántate, no me dejes solo, estoy desesperado, por favor, mamá, despierta, me hacen falta tus caricias-. De manera intempestiva empezó a caer un fuerte aguacero y aquel niño permanecía impávido frente a la tumba de su madre.

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La anterior narración, hace parte de una serie de cuentos cortos que estoy tratando de terminar para publicarlos. Este cuento está lleno de dolor ante la ausencia de un ser tan amado como lo es la madre. Quienes me conocen saben que me gusta caminar y, en esas caminadas de forma imprevista observo y analizo todo, es así como surge este relato, lo hice después de ver y oír como una adolescente trataba mal a su madre en plena calle cuando yo pasaba junto a ellas, me dolió ver los gestos de dolor y vergüenza de aquella madre al sentirse ultrajada delante de muchos transeúntes, y es que algunos no miden las palabras que dicen a su madre y la maltratan de forma despiadada. Antes de herir el corazón de una madre con palabras disonantes, deberían todos preguntarse, ¿qué pasaría si mi madre muere esta noche?

En esa serie de cuentos cortos, estoy terminando otro que se me ha hecho un poco difícil y, es que en una discoteca del “Parque Lleras”, un lugar de rumba de la ciudad de Medellín, se encuentran sentadas en la misma mesa la Vida y la Muerte, ambas observan a todos bailar, beber y, algunos drogarse. Mientras toman Tequila, sin dejar de mirar a ambos lados, la Muerte le pregunta a la vida; ¿por qué a mi todos me miran feo y a ti todos te halagan? Sintiéndose orgullosa la vida responde, porque tú eres la única realidad existente, la gran verdad, todos mueren, en cambio yo soy solo una ilusión, la vida se acaba, la gente vive de ilusiones, yo soy una bella mentira.

Espero terminar este y otros cuentos más, el tema de la muerte no debe causarnos miedo ni temores. Guardo en mi memoria el día que pregunté a mi madre porque moría tanta gente, yo era muy niño, ella me respondió que la muerte era una señora fea vestida de negro que andaba de casa en casa buscando gente para llevársela, recuerdo que sentí un miedo horrible, un miedo que rondaba por todos lados envuelto en pánico y terror. Ciertamente, mi generación fue criada con el miedo como herramienta de control, nos hablaron del diablo, de brujas, duendes, espantos y todo aquello que pudiera intimidarnos. Recuerdo que cerca de la casa habían muerto varios vecinos, me angustié y esa noche casi no pude dormir esperando la dama de negro cubierta con su capucha y portando en su mano la guadaña para extirpar mi pequeño cuerpecito.

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En ese tiempo los velorios se hacían en las casas, no había salas de velación, de ahí que la gente del barrio acompañaba al difunto y a su familia día y noche hasta la hora del sepelio. Por muchos años no miré a los difuntos, les tenía miedo. Hoy debo decir que no le temo a la muerte sino al momento de morir, morir duele, eso creo. De mi parte sigo con la idea de que deberíamos aprender a morir, aceptar la pelona con tranquilidad, en fin, es un tema difícil de abordar, pero muy real. Considero que la Tanatología debería ser un tema recurrente, del cual se hable sin prevenciones o tapujos, al fin y al cabo, la muerte nos está matando.

A los muertos no les importa cómo son sus funerales. Las exequias suntuosas solo sirven para satisfacer la vanidad de los vivos.”

(Eurípides)

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