Resumen: Un almuerzo universitario y el relato de una estudiante llevan a una crónica sobre la soledad y el arte de habitar el propio silencio.
«Soledad… compañera inseparable de mi camino; soledad… que duermes aquí a mi lado y te levantas conmigo. Soledad, soledad, soledad, que vives en mi pensamiento, apártame del sufrimiento; no me mates, soledad». Esta estrofa de la canción Soledad, interpretada por El Combo de las Estrellas, vino a mi mente después de escuchar aquel relato. He dicho en varias ocasiones que me gusta almorzar solo, porque aprendí de mis padres que «a la cama o a la mesa uno no lleva a cualquiera»; comer y dormir, para mí, son actos sagrados. Pasaba por la cafetería universitaria en busca de mi almuerzo cuando una estudiante me hizo señas para que me sentara a su lado y almorzáramos juntos. Acepté. en su rostro se dibujaban un sinnúmero de angustias; yo solo atinaba a mirarla mientras ella permanecía ensimismada en su silencio. Por un momento me pregunté: ¿para qué me invitó a su mesa si no dice nada? Como no acostumbro a preguntar y menos a meterme en la vida de los demás, respondí a su silencio con mi calma, serenidad y reposo.
De un momento a otro levantó la cara, me miró fijamente y me dijo: —Profesor, me siento sola, muy sola.
—Por lo que veo en tu rostro —le respondí—, estás atravesando una sobredosis de soledad.
El silencio se volvió a apoderar del espacio. Cuando terminamos de consumir los alimentos, permanecimos en la mesa y la estudiante me empezó a contar cómo, estando en casa con su mamá, su papá y sus dos hermanos, se sentía sola, muy sola. El comedor de su casa ya no se usa: cada quien come en su cuarto. Igual ocurre con la televisión: cada uno se encierra a ver las series o películas que quiere, -me dijo- el sofá de la sala, donde otrora la familia se sentaba, hoy está más solo y abandonado que ella. —En mi casa —adujo— le prestan más atención al celular que al grito silencioso del alma implorando ser rescatada de la soledad en que todos estamos sumergidos.
Vivimos en familia, pero estamos solos, apartados unos de otros; nuestras vidas giran en torno al culto a un aparato que, en vez de unirnos, nos arrebató los momentos de compartir y estar juntos. La vi llorar, la escuché un rato más y me alejé. Solo atiné a preguntarme: ¿cuántas estudiantes más estarán viviendo esta sobredosis de soledad? Todos los días aprendo.
Aquella noche, al llegar a mi casa, en mi mente persistían un montón de preguntas: si hay tanta gente a nuestro alrededor, ¿por qué nos sentimos solos? En otros escritos me he referido a la soledad de los presos, de los ancianos, de quienes viven en el exterior lejos de sus familias… pero, hablar de soledad en medio de tanta gente suena muy raro. Estoy convencido de que la soledad puede convertirse en un goce o en un sufrimiento; todo depende de quien la viva. La soledad se admira y se desea cuando no se sufre; no podemos desestimar que el hombre es un animal social —así lo dijo Aristóteles— por lo tanto, está diseñado para vivir en comunidad. Una sobredosis de soledad destruye y puede generar una angustia tan profunda que algunos se suicidan al sentirse desamparados en medio de la multitud. Para el suicida el mundo muere cuando percibe que nadie está a su lado. El mundo muere para él y él muere para el mundo. Acompañemos a los demás en sus soledades, no los dejemos solos, salvemos vidas.
Yo creo que la soledad debe permitir encontrarme conmigo mismo. He escuchado decir que muchos le temen a la soledad, el ser humano debe aprender a vivir solo, algún día nos quedaremos solos, nuestros hijos y nietos se casarán y se irán, yo creo que la vejez es el escenario propicio para vivir una comedia o tragicomedia llamada soledad; todo depende de quien la viva. Algunos dicen: “es mejor estar solo que mal acompañado”. En esta era hiperconectada, nos rodeamos de pantallas que emiten luces y sonidos, pero no brindan calor humano; acumulamos contactos y tenemos amigos a granel, pero carecemos de vínculos afectivos.
De mi parte creo que para superar la sobredosis de soledad se requiere aprender a habitar el propio silencio sin temor, dejar a un lado los miedos, al final uno muere solo, nadie muere con uno. Puede sonar muy tonto y repetitivo, pero, creo que debemos apagar tantos aparatos y encender la mirada, volver a habitar la mesa, escuchar la voz de quien esté a nuestro lado, debemos volver a la humanidad.
Para terminar, quiero decir que me gusta visitar los cementerios, allí encuentra uno todo tipo de literatura; cartas, versos, canciones, alegorías y mucha poesía. Un día caminando por los pasillos, entre las bóvedas vi una de que estaba muy adornada, allí encontré la verdadera soledad. Debajo del nombre de la joven difunta, pegada con cinta adhesiva, estaba la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, conocida como la Rima LXXIII. “Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. / ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! / De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. / ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! / En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo”.
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